¿Está de vuelta Bachelet?

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Se le ve más relajada a la Presidenta, incluso de mejor humor. Da la sensación de que se hubiera libertino, sacado un peso de encima. El primer signo de que estaba buscando marcar una nueva etapa, fue cuando confesó en una entrevista que, luego de terminar su período, abandonaría la política. Creo que constituyó un acto de sanación, una guisa alejarse de esos momentos difíciles en que se vio cuestionada desde todos los frentes por las reformas impulsadas –contra rumbo y marea–, así como por el contrariedad irreversible infligido a su imagen y credibilidad por parte de su nuera e hijo. No cerca de duda de que Caval se había convertido en una mochila que Michelle Bachelet cargaría hasta el 11 de marzo de 2018.

Lentamente, la Presidenta ha ido dejando detrás esa época en que, incluso, se llegó a rumorear su renuncia. Incluso los tiempos en que evitaba a los medios o restringía el clase de periodistas en sus giras. Los números eran categóricos. Su popularidad se desplomó. Del asfalto histórico con que terminó su primer gobierno –80%, un cierto récord mundial– y del 55% con que comenzó el mandato flagrante, solo quedaba un bello reminiscencia. Sin ir más acullá, a los dos abriles y medio de Gobierno, su apoyo alcanzó el magro 18%. Todo parecía peregrinar mal para la Mandataria.

Pero desde febrero en delante –en la misma aniversario en que empezó la ruina dos abriles antaño– el tablas para Bachelet ha ido cambiando. Es cierto que el superior proscenio presidencial 2018 y el rico número de postulantes han influido para que la figura de Bachelet saliera del foco principal, pero asimismo otros factores permiten entender este desvío en la tendencia. El megaincendio terminó convirtiéndose en una trágica oportunidad. Pese a los desaguisados de la Conaf, la Jefa de Estado actuó de forma oportuna. Partió por postergar sus descanso a la simbólica Caburgua y abocarse a la emergencia.

A pesar de las críticas, Michelle Bachelet asumió el liderazgo de la crisis, pero no solo desde la toma de decisiones y coordinación de esfuerzos, sino desde los afectos. Fue capaz de conectarse con el drama humano y dar acogida. Creo que un sector de la ciudadanía, a nivel inconsciente, logró conectarse con una parte de la imagen de esa mujer de antiguamente. Fue un primer punto de quiebre.

La Presidenta tiene hoy entre 25 y 28 puntos de aprobación ciudadana, siete más que hace tres meses, y Piñera –el mejor presidenciable evaluado– alcanza 24 de apoyo. Es asegurar, y sin darnos cuenta, Bachelet ha recuperado la pole position.

Tres situaciones permiten explicar, en parte, este cambio, así como el mejor posicionamiento notorio de la Mandataria: su proceder en el censo, la cita a Nabila Rifo y el fresco alucinación a Asia. Partamos por la repetición del “mejor censo de la historia”. Michelle Bachelet encuestó a 20 hogares, sorprendiendo a su moradores, incluido un dueño de casa que la recibió en pijama. La gobernador llegó vestida de sport, sonriente y cariñosa con sus encuestados. En cierta forma, logró romper esa barrera enorme que en el posterior tiempo se ha generado entre el ciudadano desconfiado y los representantes de la clase política. Bachelet reemplazó, simbólicamente, el delantal blanco que usaba en su primer período para ir a ámbito, por una parka azur. Se bajó del pedestal de La Moneda y realizó “la pega” de miles de voluntarios en todo el país.

Por otra parte, con las declaraciones de apoyo a Nabila, proyectó a una Presidenta preocupada de una efectividad cotidiana –el injusticia y maltrato a la mujer– y levantó un drama humano a nivel del Estado. La invitado a la víctima fue un momento emocionante y una señal clara. Sin retórica, sin discursos. Las palabras sobraban. En la misma semirrecta, unos días a posteriori, Bachelet expresó su sorpresa por el tétrico movilidad “la ballena azul”. Temas de las personas y las familias. Sin política ni reformas de por medio.

Con las declaraciones de apoyo a Nabila, proyectó a una Presidenta preocupada de una efectividad cotidiana –el alcaldada y maltrato a la mujer– y levantó un drama humano a nivel del Estado. La visitante a la víctima fue un momento emocionante y una señal clara. Sin retórica, sin discursos. Las palabras sobraban. En la misma columna, unos días posteriormente, Bachelet expresó su amenaza por el triste entretenimiento “la ballena azul”. Temas de las personas y las familias. Sin política ni reformas de por medio.

Y finalmente, con la excursión a Indonesia y China, la Mandataria reapareció ocupando ese sitial de liderazgo en un disputa mundial, esos que generan orgullo e identidad en el chileno, como en su momento fue el cargo que ostentó en ONU Mujer. Durante el alucinación, pudimos asimismo observar a Bachelet descartando ser evacuada en el signo de incendio del aeropuerto de Auckland, argumentando que ella prefería quedarse con la delegación y no ser conducida a un salón vip. Y al embarcarse, anunció que se reuniría – una hora a posteriori de aterrizar– , con el Comité de Emergencia conformado para enredar la catástrofe del norte, aplacando rápidamente cualquier sensación de la cita de Piñera a la zona, quien se trasladó mediáticamente a la Tercera Región, presentándose –fielmente–  como Presidente, frente a la partida obligada de la Jefa de Estado. De más está sostener que este fue un traspié del candidato, ya que dejó una cierta sensación de usufructo político.

Pareciera ser que la Presidenta hizo un desvío más ciudadano, para desprenderse de los temas políticos controversiales. No sé si será parte de una organización o una reacción más acertadamente espontánea. Pero la verdad es que – por ahora– lo está logrando, cercano con retornar a reaparecer el personaje que logró conquistar al ciudadano en 2006.

Si sigue repuntando, Michelle Bachelet podría cumplir un rol insospechado hace un par de meses. Frente a la crisis terminal de la Nueva Mayoría, la desaparición de liderazgo y el temor de sus integrantes, no solo a perder el poder sino encima a sufrir una catástrofe electoral a nivel parlamentario, la Mandataria podría intentar esmerilar las diferencias en el coalición y articular una salida. Hoy por hoy, no existe nadie capaz de rescatar el “espíritu” diferente de la alianza oficialista. Lagos aún debe recuperarse del rebelión, Frei está más preocupado de lo que pasa en Asia que en Pimiento y, por supuesto, Guillier y Goic producen el sensación contrario a la pelotón.

Convengamos que Bachelet no llegará a tener los niveles de apoyo de 2009, sin requisa, es probable que logre situarse por el orden del 40 o 45 por ciento de aprobación al final de su período. Si eso fuera efectivo, la Presidenta podrá sentirse tranquila con que el retorno a La Moneda valió en parte la pena. Pero sí es una certeza que, en su caso, la tercera no será la vencida.