Invisibilización y precariedad: la violenta realidad de la industria del vestuario en Chile

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Es martes en la población La Triunfo. En un pasaje emplazado entre las calles Dispositivo Popular y Carlos Marx, se ubica la casa-taller de Danila Oliva (47), una de las mujeres que es trabajadora textil domiciliaria, es proponer, que confecciona y arregla vestuario desde su casa. Ella hace nuestra ropa.

Se encuentra sentada unido a Yanet Uribe (58), otra vecina que trabaja desde su casa, solo que ahora recibieron un pedido juntas. Mientras conversan sus manos no dejan de moverse y a su costado se levanta una pila enorme de morrales color rosa. Cuentan que están atrasadas con el pedido. Les encargaron 1.200 morrales y no dieron abasto; sabían que era un trabajo difícil, pero necesitan tomar. Por cada morral completo, ganan $200 -por lo que cada una se lleva $100-. Bostezan y se quejan del dolor en sus dedos y espalda. Continúan trabajando y dejando morrales en la pila, morrales rosa estampados con una R titán. Danila y Yanet están elaborando piezas para la multitienda Ripley. La gran R es seguida por la palabra kids. Una ironía de la precarización sindical, porque aquellos morrales son hechos por niños, para niños.

El país con más consumo de ropa en Latinoamérica es Pimiento y las cifras oficiales lo posicionan como la fracción del consumo que se estructura en la región que desde 2012 a la aniversario, ha aumentado un cerca de un 80% por persona en un promedio anual, sin confiscación, estos porcentajes son solo un reflexivo de cómo se mueve la finanzas en el país, ya que, en el mercado del retail, el subsector del vestuario es el tercero más magnate luego de los hipermercados y la comida envasada, por lo que a nivel iberoamericano, Pimiento está entre los países que más consume a la hora de vestir.

La industria textil y de confecciones es un rubro que tiene mayoritariamente mujeres como parte de su fuerza de trabajo. Desde la dictadura de Pinochet, durante los ’80 se produjo un proceso de externalización del trabajo para que el mercado doméstico fuera competitivo a nivel mundial, esto conllevó despidos masivos ya que se buscaba desarticular las fábricas para transigir el trabajo a las casas y así desencarecer costos.

En este contexto es que decae completamente la industria textil chilena, que durante los ’70 un 97%  del vestuario de las familias chilenas era hecho en Pimiento, actualmente esa monograma cae a un 7%, produciendo adicionalmente un corte en la condena productiva y siendo tierra fértil para estos talleres de ex-operarias que fueron despedidas o mujeres que heredaron el oficio, “generalmente las mujeres tienen maquinas industriales en sus casas, se las dieron como indemnización por años de servicios y ellas se las llevaron cuando quebraron las empresas por lo tanto, mantuvieron su fuente de trabajo.” comenta Patricia Coñoman, trabajadora social y presidenta de la Confederación Doméstico de Trabajadores Textiles (Contextil) durante 20 abriles.

Un rubro invisible y tenebroso

El trabajo a domicilio funciona sin contratos, horarios ni tarifas fijas. Es más aceptablemente un acuerdo de palabra y de confianza. Existe la figura del “enganchador” que es quien tiene contacto directo con las grandes empresas de retail, investigación a las trabajadoras, les hace el pedido y luego solicita el cumplimiento de una plazo para la entrega de los productos a los que les puede sacar el doble de ganancias sin hacer ningún esfuerzo más que un contacto para tercerización del trabajo.

“Yo trabajo toda la noche. Al otro día me meto a la ducha, pestañeo una hora y sigo con la pega. Tengo hijos que de los 11 años se amanecían conmigo trabajando. El que ahora tiene 19 años. Se amanecía pegando botones y al otro dia se iba al colegio. La familia de repente te ve tan desesperada por entregar una pega que todos te ayudan, si al final es para nosotros. Son monedas que una no tiene y necesita”, comenta Danila, mientras desliza cordones entre las costuras de los morrales. Los toma con firmeza, pero de guisa dificultosa. Trata de estirar la mano para mostrar sus dedos, sin secuestro, estos solo varían un poco su ángulo para continuar rígidos.

Bolsa tras bolsa, Danila y Yanet continúan trabajando sin detenerse. El involución en los pedidos conlleva multas y sanciones económicas anejo con amenazas constantes de perder la consideración para futuros trabajos, porque se hace una situación popular que toda la clan, desde los niños y niñas a adultos mayores, se involucren en la producción y confección para cumplir con los plazos, según expone el Estudio del Trabajo en Domicilio en la cautiverio del vestuario en Pimiento de la Fundación Sol. Este adicionalmente señala las enfermedades a las que se ven expuestas: artrosis, discopatías, lumbalgia, pérdida de masa muscular en la espalda, Cifosis (desvío de la columna), hinchazón y dolor de piernas, tendinitis y desgaste en los ligamentos de las rodillas, son algunas de estas.

Yanet al igual que Danila, trabaja en el rubro textil desde los 15 abriles. Ambas no terminaron la enseñanza por la carestia de mantenerse. Hoy con aproximadamente de 58 abriles dice que ya no puede ver sin gafas y que los dolores de capital son terribles mientras cuenta del problema a los riñones, la espalda y las rodillas encima del estré ya que, por estas mismos morrales hace unos días colapsó.

-Llamé llorando a la Dani diciéndole que no podía. Tenía 2.000 bolsas, se acercaba el plazo y en un día tan pronto como hago 100. Llamé todavía llorando a la empresa diciendo que ya no quería más… que ya no podía más…

-¿Y qué le dijeron?

-Mínimo po. Que tenía que reponer no más. Que dónde las iban a mandar, que ya me había comprometido, que posteriormente me iban a compensar con un trabajo mejor pagado.

Producto de la informalidad y desidia de regulación con la que operan estos niveles de la radio de producción textil, las trabajadoras no tienen previsión de vigor. Asimismo no cotizan en AFP ni pueden ampararse bajo las leyes laborales. “Nos pasan el dinero no más. Una solo firma para comprometerse por los plazos. A los grandes no les vemos las caras, solo a las personas que toman la pega y la ofrecen. Es gente siempre de allá arriba. La industria nos necesita porque pagan muy poco. Se evitan de pagar. Nosotros no tenemos previsión, no pagan la mantención de las máquinas, se evitan los gatos”, resume Danila levantándose dificultosamente para cortar más cordones. Usa una jubón metálica para suministrar recta su columna y aplacar los dolores de espalda que no puede atender por desidia de caudal.” Una no tiene derecho a enfermarse”, susurra.

Las trabajadoras textiles domiciliarias, producto de la presencia del intermediario, solo conocen las marcas para las cual trabajan oportuno a las etiquetas. Muchas veces es el mismo enganchador quien va a retirar los productos, pero todo varía según la empresa.

Patronato

Caminar por Patronato siempre es un hostigamiento de las últimas tendencias a muy bajos precios. Las pequeñas calles abarrotadas de maniquíes, ofrecen vestuario desde los $2.000. Al caminar es usual escuchar el ruido de máquinas de coser provenientes de los mismos talleres de confección ubicados en las cercanías, pero al parecer el precio tan atractivo tiene una relación con la explotación que se instala en el origen del característico sonido.

Pablo Galáz es representante en Pimiento de la estructura internacional emplazamiento Fashion Revolution, la cual vela por la matanza de todo tipo de violencias en la industria textil mediante el fomento del rol fiscalizador que posee el consumidor. Él sostiene que esta violencia está más presente de lo que uno cree y que es directamente proporcional al costo de las prendas de vestir: “los costos bajos que aparentemente tiene la ropa en los países en vías de desarrollo, o con muchos tratados de libre comercio (como el nuestro), viene de la presión que se ejerce sobre las personas. Nadie hace el recorte del precio a partir de las utilidades, el transporte o la distribución; se recorta en la calidad, la protección de los derechos de los trabajadores, en salario y seguridad.”

Marcela Meneses es diseñadora de vestuario con 35 abriles de experiencia. Ha trabajado en fábricas de ropa corporativa, diversas boutiques y elaboró el vestuario del reality “Mundos Opuestos” de Canal 13. Durante su trayectoria han habido momentos donde ha precisado apoyo de talleres externos, comenta que así conoció los talleres de bajo costo de Patronato. Donde por un muy bajo costo, reciben el total del encargo en un tiempo muy corto. De eso ya han pasado 10 abriles.

En este contexto es que decae completamente la industria textil chilena, que durante los ’70 un 97%  del vestuario de las familias chilenas era hecho en Pimiento, actualmente esa emblema cae a un 7%, produciendo adicionalmente un corte en la cautiverio productiva y siendo tierra fértil para estos talleres de ex-operarias que fueron despedidas o mujeres que heredaron el oficio, “generalmente las mujeres tienen maquinas industriales en sus casas, se las dieron como indemnización por años de servicios y ellas se las llevaron cuando quebraron las empresas por lo tanto, mantuvieron su fuente de trabajo.” comenta Patricia Coñoman, trabajadora social y presidenta de la Confederación Doméstico de Trabajadores Textiles (Contextil) durante 20 abriles.

Asimismo, L. -que ha preferido resguardar su identidad- es diseñadora de vestuario hace seis abriles. Hoy cuenta con su marca y tienda propia. Relata que por la penuria de apoyo en la producción llegó a uno de estos talleres. “Lo que ví me dejó impactada. Era una bodega cerrada con candado por fuera, donde habían unas cuarenta personas. Prometían tener todo a plazo porque tenían que trabajar toda la noche si era necesario. Ellos cobraban por prenda. Estaban todos hacinados, sin protección”, cuenta L. con preocupación.

Al caminar por Patronato, parece ser un secreto a voces. Al preguntar por los talleres de bajo costo nadie sabe, sin requisa hilván con insistir un poco y musitar de grandes volúmenes para que lluevan las direcciones. Los procedimientos son especificados con detalle: “ve a tal lado, pregunta por David, di que te manda Juan Antonio”, “entra por tal cité, golpea la puerta al costado de la casa amarilla”. Los precios se mantienen adentro de un mismo rango: $600 por una polera confeccionada desde cero, $200 por coser, $100 por cortar. Ofrecen tener 300 prendas en menos de una semana.

Las instituciones que deberían velar por la dignidad del trabajo operan de forma contradictoria, por una parte, el Estado de Pimiento no reconoce ni tiene conocimiento de esta forma de trabajo, así lo explicita la Dirección del Trabajo por medio de su encargada de comunicaciones. Sin bloqueo, para el Servicio de Impuestos Internos estas trabajadoras son vistas como “trabajadoras independientes”, “microempresarias” y “emprendedoras”, cuando en existencia se omite la desidia de convenio, previsión de sanidad y sistema de pensiones, elevando aún más los niveles de precarización, quedan totalmente coartadas para postular a cualquier beneficio social.

Durante la dictadura marcial se implementó el denominado “plan laboral”, un conjunto de disposiciones que cambiaron por completo las normas sociales que contenía el Código del trabajo de 1931: Decreto Ley 2200 de 1978, que legisló en relación convenio de trabajo y la protección de los y las trabajadoras. Esta reforma es esencia para entender la situación de las trabajadoras en domicilio en Pimiento “cuando se hace el código laboral 2200, las trabajadoras en domicilio quedan fueran de él. Por lo tanto, no existen en el código del trabajo y al mismo tiempo, Chile nunca ha firmado los contratos (internacionales) relacionados al trabajo en domicilio” explica Patricia Coñoman.

En la misma sarta es necesario entender que para que este sistema funcione adentro de la reglamento válido es porque “hay muchos vacíos legales y falta de preocupación del Estado. Estamos bajo una forma que reformó el sistema de negociación colectiva” explica Nicole Henríquez, abogada especializada en Derecho Sindical.

Frente a este panorama, Alexander Paéz, Investigador de la Fundación Sol apunta al Estado como principal negociador en la precariedad inducida a los hogares de las mujeres trabajadoras “tanto las empresas, el Estado y su legislación social, son co-autores, sin embargo, el Estado actúa invisibilizando y precarizando la normativa laboral, no garantizando derechos ante la ausencia de un sistema de seguridad social y al fomentar medidas ideologizadas y paliativas de microemprendimiento, capacitación y capitales semillas”. Sin confiscación, existe otro camino que puede aportar de forma positiva.

La sindicalización como respuesta

La creación de sindicatos de trabajadoras en domicilio ha sido un pilar fundamental para la estructura y sobre todo, formación de las trabajadoras para educarse a producir espacios de argumento colectiva y postular a ferias locales o proyectos más grandes como fondos de financiamiento, encima de las actividades propias de un sindicato, donde fomentan vínculos de cooperación y adicionalmente, en este caso de sororidad.

Jabonar la ropa, hacer desayuno, ir a dejar los hijos al colegio, preocuparse de todos los quehaceres del hogar y adicionalmente trabajar confeccionar el pedido irresoluto son solo parte de las obligaciones que estas mujeres asumen todos los días, sin refrigerio ni horarios. Esta situación genera empatía entre las trabajadoras que no solo comparten la situación de precariedad, si no su condición de mujeres que es impracticable no vendar con experiencias vitales donde la clase y el índole se cruzar.

En este contexto es que difundir espacios de estructura se transforman en instancias para promover el empoderamiento y que así, estas mujeres comienzan a alzar la voz para hacer frente a las violencias de su espacio gremial y todavía doméstico. Los distintos sindicatos de mujeres organizadas, siendo el de Coquimbo el más excelso del país con cerca de 60 socias, se convierten en espacios de socialización y autoformación.

Al mismo tiempo, la estructura sindical pesquisa que las mujeres se hagan conscientes de la penuria de una reivindicación de sus derechos y el impacto que este tipo de trabajos conlleva tanto a nivel personal como político, siendo su mismo hogar el oportunidad de explotación, por lo conlleva un nuevo concepto de condado, en consecuencia, este tipo de estructura entre trabajadoras se empeña en dar valencia al trabajo y investigación reflejar las grandes consecuencias del aislamiento e invisibilización del rubro.

En el caso de Yanet y Danila, ambas forman parte de la Confederación Doméstico de Trabajadores Textiles (Contextil). Cuentan con gran confianza como este espacio les ha permitido alcanzar a información a la cual nunca habrían podido arribar. Gracias a la realización de reuniones y subvención de expositoras extranjeras se enteraron de que su trabajo era valorado anteriormente, de sus derechos, del actual precio de su trabajo, de lo que es la trata de personas y por sobre todo que la estructura es una utensilio fundamental.

Gracias a esto, ellas mismas levantaron un sindicato con sus otras compañera de la población La Vencimiento. Sin requisa ese esquema quedó estancado por la yerro de tiempo. Asimismo no han podido asistir a otras reuniones de Contextil por desidia de fortuna. De esta forma se genera una helicoidal que bloquea la estructura: para tener metálico deben trabajar, al tomar los encargos deben cumplir los plazos de entrega por lo que no tienen tiempo. Y así sucesivamente. A pesar de ello, los consumidores incluso tienen un rol activo en la violencia.

Consumidores conscientes

 La violencia presente en el vestuario, se mantiene durante su operación y posterior uso. Va incluida en el valencia que pagamos: la polera de $10.000 incluye los $600 para su confección y los $9.400 en ganancias para la empresa. Por ello Pablo Galaz, representante en Pimiento de Fashion Revolution, sostiene que un seguro delegado de cambio es el impacto en estas ganancias, y esto solo se conseguirá mediante la visibilización que fomente una conciencia personal “porque en el fondo es una responsabilidad ya que tú pagas por un producto hecho en cojín a explotación. Si tú tienes esa información transparéntala. Si te das cuenta de las malas condiciones, influye para que eso cambie. Entonces en la medida que nosotros logramos anciano protagonismo de los consumidores en las marcas a las que compramos -para exigirles anciano transparencia y hecho sobre proveedores- estos generarán acciones y cambios. Y se han acabado cambios.

Así, al intentar consultar a Ripley y Cannon por su postura frente al hecho de que los productos que comercializan fueron hechos mediante trabajo de niño, no se logró concretar una respuesta.

Danila y Yanet sostienen que quieren seguir trabajando con las empresas, pero obtener una mejoría en sus condiciones laborales. “Ustedes todos se visten porque nosotras trabajamos, porque sin nosotras, no habría gente que hiciera ropa”, dice empoderada Danila. “No tengo los contactos ni recursos, pero sería bueno poder hablar con ellos directamente y decirles esto ofrezco y en estas condiciones. Pero ¿cómo voy a competir en un concurso frente a los grandes?, al final vivo acá y por eso te discriminan”, concluye dejando de flanco los morrales que tuvo en sus adoloridas manos durante toda la entrevista.

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En La Triunfo las calles están adornadas con banderines de papel que las atraviesan desde las directiva. Yanet se retira porque debe ir a dar desayuno a su nieto “estaba dando la PSU, ojalá le vaya bien. Al final uno hace esto para que ellos puedan tener una vida mejor que la que una tuvo”.

“Mi sueño es arreglarme los dientes, yo ya estoy vieja y no he podido hacerlo en el consultorio. Al ir con dolor de muela, te la sacan, no la arreglan. Para mi eso sería mi sueño, arreglarme mis dientes y tener un local donde vender mis cosas” dice Yanet dejando de flanco los antiparras que la guían en cada puntada que da.

“No. Yo ya no creo en los sueños… tengo muchos pero uno sabe que no se van a cumplir. No me proyecto. Lo único que he querido es tener un local para poder trabajar tranquila y poder confeccionar lo que uno realmente quiere hacer. Cuando chica se suponía que sería diseñadora de vestuario, pero la falta de recursos po. Estoy cansada de la vida, pero lo único que me impulsa a seguir son mis nietos” concluye Danila, mientras mira la hora irresoluto de ir a preparar el refrigerio para la comunidad.