La confesión de Carla: carne fresca para una jauría hambrienta

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Escasamente llegó a la pequeña sala, los flashes llovieron sobre Carla González Aranda (19), vestida de indignado, nerviosa, flanqueada por el vocero del Movilh, Rolando Jiménez, enfrentando por primera vez a una especie de traílla hambrienta.

A posteriori de una breve presentación sobre qué hacía ella ahí, comenzó el descalabro.

Antaño de todo esto, antaño de que ella cruzara la puerta del segundo pavimento del Movilh, en el centro de Santiago, para departir frente a los periodistas, uno de los miedos de quienes han trabajado en materias legales vinculadas a la no discriminación de las personas trans en Pimiento, era que un proceso personal se transformara en un show, en un ataque a Marcela Aranda –vocera del “bus de la libertad”–, en un espectáculo morboso respecto a la relación de la inexperto y su madre, un espacio íntimo al que resulta hasta violento penetrar en una conferencia de prensa donde anhelo quien grita más resistente: “Carla, para el matinal…”.

Y todos esos miedos no fueron más que una certeza.

“Hay mucha gente que se pregunta cómo fue tu vida con tu mamá”, lanzó una periodista. Y Carla respondió una frase incómoda sobre un tema en el que no quería averiguar.

¿Por qué estaba ella ahí? ¿Por qué voluntariamente se expuso a un show que anticipadamente se sabía que tendría más de morbo que de respeto por la dignidad? Tal vez para decirles a otros que han experimentado lo mismo que “sientan confianza en que no están solos, porque el proceso es súper complicado y difícil de llevar. Busquen apoyo, independiente de si es familia biológica, amigos o instituciones”, según ella misma explicó.

Pero no. Las preguntas fueron más insistentes, abiertamente irrespetuosas, como si de alguna forma al sentarse en esa arnés Carla tuviera que desplegar obligatoriamente las puertas de un tema emparentado e íntimo que nadie sabe si ha procesado lo suficiente.

¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu mamá? ¿Tu audacia tiene que ver con el paso del “bus de la libertad”? ¿Qué sientes? La multitud se pregunta… La parentela en sus casas… La concurrencia quiere entender… ¿La gentío? Como si la multitud fuera un espacio vano, identificable, y los periodistas no pudiéramos hacer cero más que representarlos sin pensar, a costa de cualquier cosa. Sobre todo con la premura del “en vivo” como un verdugón.

Ese formación no nos incluye solo a nosotros, a los periodistas. Suma a la esclavitud inhumana que se genera en redes sociales, como si en ella no existieran personas sino que robots insensibles y opiniones sin familia. La confesión de Carla en la sede del Movilh todavía cuestiona a quienes se adelantaron y revelaron su identidad, a su madre que prefirió asimismo un comunicado para cuchichear del conflicto más íntimo que puede estar viviendo y, por supuesto, a quienes la acompañaron y apoyaron en contar poco tan vasto como quién es, frente a las preguntas de una traílla hambrienta.

Incluso le preguntaron si en la clan la habían tratado de “sanar” y una periodista fue más allá: pese a que estaba de pie frente a Carla, una mujer, ella quería entender sobre su vida “cuando niño”. Ahí solo quedaba clara una sobredosis de lugares comunes y una desatiendo de preparación enorme frente a temas de productos. Si Carla hubiera reaccionado como Jorge González, lanzando los micrófonos por el ventilación, habría sido comprensible.

Porque la ligereza del periodismo se entiende. Trabajamos siempre contra muchas cosas: contra el tiempo, contra los equipos reducidos, contra una hoja en blanco o una nota sin “monos”. Trabajamos contra el sueldo, contra los codazos de los propios compañeros, contra los llamados de autoridades, contra la furia de quien no entiende que hacemos nuestro trabajo, pero a veces todavía contra quienes solo tienen ese par de micrófonos para contar una historia –que para nosotros son páginas, notas y cuñas, pero para ellos es la vida entera–.

Así como los periodistas aprendimos de fútbol, de patrimonio o de política, vamos a tener que ilustrarse sobre  este tipo de temas. Vamos a tener que asimilar a tratar los temas de tipo y violencia con el mismo ímpetu que nos preparamos para descifrar un referencia sobre crecimiento crematístico por ramas. Vamos a tener que cultivarse incluso que el periodismo siempre necesita de una útil tan básica como el sentido popular. Que es ficticio interpelar a un hombre si le hablamos a una mujer trans; de la misma forma que es inasequible departir de “matar por celos” cuando estamos frente a un femicidio o pulsar monga a una mujer.

Pero ese formación no nos incluye solo a nosotros, a los periodistas. Se suma a la prisión inhumana que se genera en redes sociales como si en ella no existieran personas sino que robots insensibles y opiniones sin muerte.

Por supuesto igualmente al Movilh, que apoyó a Carla en el formato más impersonal para susurrar de su vida.

Marcela Aranda habló de la “utilización mediática e inhumana que hace el Movilh como si un hijo fuera un producto o un arma con el que se puede destruir”.

Y aunque se trata de una instrumentalización que Carla negó, claramente sí fue una sobrexposición a la que Carla voluntariamente se expuso.

Al final era ella, con 19 abriles, contando poco tan noble que no calculó en su dimensión y que, al final, no fue más que carne fresca frente a las preguntas de una traílla hambrienta.