Nopales y verdolagas, el secreto de la mexicana María Félix para llegar a los 116 años

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María Félix vive en Jalisco y tiene 116 abriles y 9 meses, solo unos pocos menos que la mujer más vieja del mundo —la jamaicana Violet Brown, de 117 y un mes— asegura que su secreto ha sido  tomar “buena comida” típica del desierto.

“A mí lo que me ayudó fueron los nopales (chumbera), la pingüica (un tipo de fruto), la verdolaga (una verdura) y el quelite (una hierba)”, dice la mujer, que se crió en los poblados áridos del estado de Zacatecas (noroeste de México).

Hasta hace unos abriles mantenía la costumbre de ingerir esos frutos y plantas, pero ahora se alimenta de nata de soja porque, explica, tiene las vitaminas necesarias para mantenerla saludable.

Sentada en medio del patio de su casa en un barriada del municipio de Tlaquepaque, en el occidental estado de Jalisco, la anciana asegura no tener miedo a la homicidio, a la que ha “visto pasar” y usar a familiares, amigos y vecinos.

“Pasa por aquí, llega ahí en medio, va a esa otra punta, pasa por la otra cúspide, se lleva a dos o tres, pero aquí no voltea, ¿por qué será?“, dice la mujer de rostro curtido por los abriles.

Afirma que quizás su “padre Dios” la castiga por lo mala que ha sido y por la vida “difícil” que ha llevado, aunque afirma que acata “su voluntad” de mantenerla viva.

Huérfana desde pequeña

Doña María o Mariquita, como la llaman su comunidad y amigos, nació el 20 de julio de 1900 en Zacatecas y quedó huérfana de pequeña ya que a su padre lo mataron por ser partidario del desobediente Pancho Villa durante la Revolución mexicana.

Con todo ostentación de detalles narra la guisa en que emigró sola de un empleo a otro, viviendo de la caridad de los demás o limpiando casas por comida, en una época en donde el conflicto armado había dejado a miles de personas en la pobreza.

“Lo que había era mucha deseo, no había maíz, no había fríjol, no se conseguía qué tomar“, cuenta mientras se le llenan los luceros de lágrimas.

Al costado de su cónyuge por más de 50 abriles procreó 10 hijos, de los cuales ha gastado vencer a seis; tiene 20 nietos, 53 bisnietos y 23 tataranietos

Al costado de su cónyuge por más de 50 abriles procreó 10 hijos, de los cuales ha manido sucumbir a seis; tiene 20 nietos, 53 bisnietos y 23 tataranietos que viven entre Jalisco, Zacatecas y la Ciudad de México. Algunos de ellos no la conocen más que en foto.

Mariquita no sufre de los achaques de una mujer de su existencia: no padece diabetes, ni hipertensión y sus pulmones están sanos, incluso de vez en cuando se toma “un trago” o una cerveza para “darle al gusto”, afirma con cierta picardía.

Tiene dolencias en la pierna derecha, donde lleva una placa de metal tras una fractura, y padece de una paulatina pérdida de visión que le impide salir a dialogar con las vecinas, como a ella le gusta.

“Ya no salgo a ningún costado, a veces voy a la tienda de la reverso con mi amiga. Si yo tuviera mi paisaje, otra cosa sería“, asegura.

Con más de un siglo de historias y vivencias a cuestas, dice que los abriles pesan “sabroso”, pero mantiene la sonrisa y la fortaleza a requiebro de piel.

“Es muy atún enterarse afirmar las cosas, lo que (una) sufre, lo que anhela, lo que le pasa, porque no queda encerrado. El puro gracia (alegría) es el que tengo“, expresa.

Ayuda denegada

Esa alegría la mantuvo incluso hace unos días, cuando una institución bancaria se negó a darle el apoyo crematístico que otorga el gobierno estatal a los adultos mayores, con el argumento de “que tenía más de 110 abriles”, explica su hija María.

Tras la denuncia, su rostro circuló en los medios de comunicación locales. Ella recibió con el mismo cariño y alegría a los periodistas que llegaron a su casa a entrevistarla, como a los casi 20 funcionarios que acudieron para ayudarla con el problema.

Confiesa que estaba “sorprendida y asustada” pero agradecida “porque su corazón los hizo venir” y le regresaron el apoyo crematístico.

A unos meses de cumplir 117 abriles, Mariquita afirma que lo único que quiere dejarles a sus hijos y nietos es “un consejo, un amor, una fe y una esperanza en Dios”. “No quiero ver ni saber que les dieron un golpe por andar robando, por mantenerse de sinvergüenzas”, concluye la anciana.

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