Apoderadas de Alto Belén: “Deudas, verdades y videos”

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-El papá del Ángelo está metido hasta el cogote en la droga. Metido, metido. Y el papá de Francesco no se pone ni con un yogur para el chiquillo, no me ayuda en cero. Yo he tenido que hacerme cargo; soy la jefa de hogar. Antiguamente era mi hermana, pero enfermó de cáncer al matriz y ahora no puede hacer carencia. Si se resfría, con esto del coronavirus, no viviría para contarlo, así es que la tenemos perfectamente guardada en la casa. Ya ni siquiera sale a la radioterapia –cuenta Leyla Villalobos Fuentes (36), vendedora de golosinas Fruna y de lo que sea para detener la olla.

Leyla está a cargo de 6 personas: sus hijos Franchesco (3) y Yesmari Francesca (18); su sobrino Ángelo (20), sus dos sobrinos nietos, Martín (7) y Francis (6), y su hermana Jacqueline (42), que está gravemente enferma, y a quien la mamá de los niños se los trajo antaño de la pandemia y nunca más volvió a buscarlos. “A mi hermana le queda solo una bolsa de colostomía. ¿Sabes cuánto cuesta cada bolsa? Tres lucas 600 mil pesos y cada una le dura tres días, porque ella es limpiecita. Hay que gastarse 20 lucas cada vez que vamos a comprar las bolsas de colostomía”, nos cuenta, sin hacer punto por separado.

Es intensa y comunicativa. Clara en su discurso y empeñosa en su quehacer. Vecina del carmen de niño Suspensión Desorden, donde asiste o asistía hasta ahora que todo lo hace virtualmente el pequeño Francesco, su casa está en el mismo pasaje de una población del populoso sector Bajos de Mena, en Puente Suspensión. Y, en ese sentido, se siente afortunada, muy apoyada por el entorno y, en particular, por el huerta de su hijo:

-Nuestra casa es prócer y bonita, no por esfuerzo nuestro, sino porque nos la dejó nuestro papá cuando murió. Él mismo la había ido ampliando y mejorando. No pagamos arriendo y tenemos un buen techo sobre la comienzo, gracias a Todopoderoso. Pero con los gastos de luz estamos mal. Debemos 200 lucas de luz y casi un millón en agua, que venían de herencia con la casa. Y ahora no se puede trabajar. Yo a veces salgo y voy a Fruna y compro 5 lucas de masticables y golosinas para revender acá entre mis vecinos, así me hago unas monedas. Ahora mismo estoy vendiendo chocolates.

Por eso, Leyla agradece con la misma intensidad con que describe su apremiante situación económica la entrega de cajas de #ChileComparte, la campaña que levantaron en marzo Hogar de Cristo, Techo y SJM inicialmente y a la que luego se sumaron más fundaciones, como Red de Alimentos, para financiar canastas de alimentos para ayudar a las familias más vulnerables de los distintos grupos con que trabajan. “Puchas que me sirvieron esas cajitas. Incluso me dieron para apoyar en algo a tantos que aquí no tienen nada. Pasarles un par de kilos de fideos, por ejemplo. Ahora mismo yo voy a cocinar garbanzos que venían en la cajita, porque en esta casa los lunes siempre hay legumbres”, nos dice durante la mañana en que conversamos.

Hogar de Cristo partió la campaña centrándola en los adultos mayores que son parte de sus programas de atención domiciliaria (PADAM), pero luego vio la carestia de apoyar a las familias de los alumnos de las escuelas de reingreso y a las de los párvulos y lactantes que asisten a sus casi 40 jardines infantiles y salas cuna, enclavados en sectores de inscripción vulnerabilidad y pobreza en todo Pimiento.

La educadora de párvulos y directora del parterre Detención Alboroto, de Bajos de Mena, Hado Alba, conoce de cerca las evacuación que están teniendo sus apoderados. Explica: “Acá atendemos a 136 familias. Somos 25 trabajadoras, puras mujeres, y hemos mantenido el contacto con los niños y sus familias a través de actividades en video y guías que les mandamos por WhatsApp. Lo que ha pasado acá ha sido un golpe muy duro, porque a raíz del estallido social las familias, que ya eran pobres y vulnerables, se quedaron más desamparadas aún: cesantes, sin supermercados cerca para abastecerse, porque fueron saqueados y cerraron; sin bancos ni cajeros, ni servicios cerca. Y, cuando todo empezaba a recomponerse un poco, aparece la pandemia, el confinamiento, la falta de ingresos, el desempleo y el hambre”.

-¿Qué caracteriza a las familias que atiende Suspensión Bulla?
-Te diría que el 80 por ciento de las familias de nuestro edén está liderado por mujeres, y ellas son las más perjudicadas con todo esto. Por suerte, son mujeres, y no lo digo por feminismo, sino porque es verdad. Las mujeres tienen muchas más herramientas para afrontar la adversidad, la indigencia, el deseo. El hombre se derrumba, se avergüenza de pedir ayuda, ellas no. Se organizan, ponen por delante a sus hijos, hacen ollas comunes, comparten, se las arreglan como pueden.

Me hace sentido lo que dice Hado, cuando memoria lo que me contó Leyla sobre su sobrino, el hijo de su hermana con cáncer. “El Ángelo trabajaba como ayudante de soldador, pero se cortó un dedo y armó tal aspaviento, que el principal se asustó y lo despidió. Ahora está en la casa sin pega. ¡Es que es tan millennial!”.

Todavía cerca del rosaleda, vive otra de las apoderadas del Suspensión Tumulto, la peruana Nailea Andrade (30), mamá de Josué (3), quien cuenta cómo los está golpeando la pandemia. Antaño de su aparición, ella se dedicaba al comercio informal, comprando en Etapa Central “productos propios de cada temporada” para traicionar en Bajos de Mena. Ahora no puede salir a apañarse esos gorros de guata y bufandas tan bienvenidos en el tiempo frío y siquiera tiene a quién vendérselos. Su marido, trabajador de la construcción, está completamente parado desde hace dos meses. La comunidad la completa su hija de 10 abriles, la que, al igual que el pequeño Josué, es chilena, porque los Andrade llegaron a Pimiento hace 12 abriles en averiguación de mejores oportunidades, y las estaban encontrando… hasta ahora que todo se tambalea. “Nosotros arrendamos esta casa. Pagamos 200 mil pesos al mes, pero nos hemos quedado sin ingresos. Estamos guardando la cuarentena, tratando de cuidarnos, educando a los niños en casa, pero no tenemos cómo solventar la comida ni pagar el arriendo. Por suerte, mi mamá me depositó una plata. La destiné toda a comprar trutros de pollo congelados. Ahora mismo estoy preparando unos al horno con papitas”.

-Y cuando esa provisión se acabe, ¿qué harán?
-Nuestras prioridades son el arriendo y la comida. En julio tenemos que remunerar 85 mil pesos, que corresponden a la primera cuota de la deuda por avances en efectivo con tarjetas de casas comerciales, como La Polar y Cencosud. Encima debemos dos meses de agua, que son 25 mil pesos, y dos meses de luz, que son otros 48 mil pesos, y un mes de arriendo, y eso gracias a que la señora que nos arrienda nos perdonó un mes. Felizmente, hemos contado con la ayuda de las cajas de provisiones que nos entregó el vergel de niño y con las bolsitas que entrega la JUNAEB, eso ha sido un alivio.

-¿Te asusta el coronavirus, el que tú o los tuyos se enfermen?
-Sí, por eso nos cuidamos y estamos guardados en casa. En mi país, en Perú, las muertes han sido muchas. Nosotros tenemos contacto con familiares en Mediacaña, donde han muerto varias personas cercanas y queridas, como mi abuelito por parte de papá, que falleció el 9 de mayo. A mí me angustia no poder seguir pagando el arriendo y quedarnos sin un techo. ¿Qué haríamos sin casa? ¿Dónde nos iríamos? Eso me asusta más que la enfermedad, por eso ahora estoy rogando, porque tenemos la esperanza de que a mi marido la semana que viene le salga una peguita.

Frente a idéntica pregunta, la aguerrida Leyla se explaya:

-La pandemia me parece atroz. No sé si vamos a fallecer o a sobrevivir a esto. Al Keko, así le decimos a mi hijo Francesco, yo lo cuido, le tengo todos sus controles de salubridad al día, me preocupo de sus vacunas, de que coma admisiblemente, de que esté sano, pero ahora me da terror llevarlo al SAPU. A mí me llega a dar miedo acontecer por ahí enfrente, porque el consultorio que a nosotros nos toca es una asquerosidad. Lo era antaño del coronavirus, imagínese ahora. Adentro es fétido, está hediondo a pata. El puro olor te tira para fuera, porque hay mucha muchedumbre que se droga, que duerme por ahí cerca en los alrededores y usa los baños. Todo ahí es una fuente de contagio, y ahora con la pandemia, calcule. Ojalá todos pudiéramos quedarnos en la casa y sobrevenir esto protegidos, pero hay que engullir y no queda otra que salir a la calle. En mi caso, soy yo la que se expone, y lo hago por mi clan.