[ARCHIVO] Frente Amplio, pinochetismo y la herencia de los vetos en la joven izquierda

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Por Edison Ortiz

5 de abril 2017

Si hay algún escollo sobre el cual se reconstruyó de mala guisa nuestra alicaída democracia, fue el de los vetos de la minoría a la mayoría mediante reglas supramayoritarias en la formación de la ley, los famosos candados de la Constitución del 80. Esto, según testigos de la época, se aceptó temporalmente por indigencia del momento político, para recuperar un régimen de libertades y avanzar a la brevedad alrededor de una democracia en forma. Pero luego los Correa y otros les fueron encontrando virtudes a los “consensos” impuestos por reglas ilegítimas y la incipiente transición se acomodó a la persistencia de los enclaves autoritarios.

La civilización política autoritaria, la remoto y la reformulada por Jaime Guzmán en Pimiento, ha postulado históricamente que las mayorías son intrínsecamente irresponsables y veleidosas y que, por lo tanto, hay que ponerse a salvaguarda de ellas. De allí que la Constitución del 80 –la principal herencia política de Guzmán y de la dictadura pinochetista– hizo posible que 1/3 fuese igual a 2/3, bajo la razonamiento de cuestionar la legalidad de las mayorías simples.

Para cumplir con tal propósito, se creó una serie de mecanismos –sistema electoral, bipartidismo, senadores designados, cuórums imposibles y, por final, el Tribunal Constitucional–, cuyo objetivo era anular, mediante un completo entramado institucional, la voluntad soberana de las mayorías.

A pesar de la desaparición de algunos enclaves, se ha mantenido el cerrojo fundamental constituido por el veto que consagran los altos cuórums en la formación de la ley, especialmente eficaz a la hora de perseverar las bases del maniquí crematístico ultraliberal instaurado por la dictadura, como respuesta a los sucesivos avances del Estado de Compromiso construido desde los abriles 20 en delante.

El obstrucción fue reforzado por la captura de buena parte del espectro político por los intereses del gran patronal y tiene hoy a nuestra democracia en un efectivo camino sin salida en su necesaria desarrollo alrededor de mecanismos que expresen plenamente la voluntad del pueblo. Lo que piensan las mayorías sobre diversos temas y lo que se legisla, están hoy separados por un losa.

En esas condiciones, la neodemocracia chilena de los “acuerdos” ha perdido buena parte de su escasa legalidad de origen.

“Como pez en el agua” del neoliberalismo

Michel Foucault, no sin provocación (como acostumbraba), aunque sin deslumbrarse, decía que “el marxismo, en el contexto del pensamiento económico del siglo XIX, se movía como pez en el agua”. Poco similar, a veces, se observa en las declaraciones y modus operandi de los nuevos referentes y liderazgos políticos en la izquierda chilena, que se mueven como pez en el agua en los equivocados códigos de la transición y en los sustratos autoritarios y caudillistas de la sociedad chilena, que constituyen un aberración históricamente situado y llamado a desaparecer, pero que toman como si fueran naturales y en algunos aspectos los llevan hasta su paroxismo.

Ejemplo: a la hora de dar división a un proceso de selección de candidatos presidenciales que expresen una voluntad de cambio, por sí y delante sí deciden suplantar la voluntad soberana de sus adherentes por la opción que a un par de dirigentes le parece apropiada. Luego, abruptamente y sin debate alguno, es sometida a la brío de las redes sociales, olvidando que la izquierda es pueblo y no grupos etarios o particulares, deliberación y no imposición, emancipación y no dominación, que las vanguardias –si azar las hubiere– están para dirigir y nunca para sustituir al pueblo.

¡Claro!, a menos que una parte de la dirigencia nueva de izquierda piense que los principios democráticos son patrañas que no deben cultivarse por inútiles, haciendo una mala ojeada del hecho de que en nombre de esos principios la transición terminó consolidando un sistema de representación en el que las minorías mandan y en el que el poder del billete y el de las oligarquías políticas son los que predominan, en cuyo caso el plan no es insistir en los principios democráticos como horizonte irrenunciable sino construir un poder político identitario propio y punto.

En eso tienen razón: la identidad etaria y grupal se disuelve en procesos políticos basados en proyectos colectivos sustentados en títulos sociales democráticos y en modelos de sociedad que se proponen alterar el orden desigual existente.

Los nuevos dirigentes parecen querer ponerse en el peor de los mundos posibles en la influencia política con voluntad de cambio emancipador: sin otro plan que la mantención de la identidad grupal, con el solo afán de obtener poder para el asociación y, al parecer, los amigos incondicionales.

Porque, más allá de las declaraciones para construir “colectivamente”, se ha podido observar, en parte del Frente Amplio en construcción, conductas propias de un autoritarismo e individualismo que, pensábamos, comenzaban a ser extirpados de la izquierda chilena, especialmente por las nuevas organizaciones políticas.

Una de sus expresiones fue la reinstalación de una civilización del veto que suponíamos era propia de la derecha chilena.

La primera víctima implícita fue Cristián Cuevas y, luego, Boric y Depolo fueron más concretos y en enero explícitamente indicaron que ejercían un veto personal sobre Alejandro Navarro. Posteriormente fueron un poco menos explícitos con Alberto Mayol, pero con la misma voluntad de no poner por delante el principio tolerante de que los adherentes a un esquema decidan quiénes serán sus dirigentes y representantes, practicando el derecho a designar y a ser seleccionado.

Más allá de la errada y cuestionable fórmula mediante la cual se proclamó a Sánchez y se pretende imponerla como candidata única sin competencia, lo deseable es que al interior de la tercera fuerza política (ojalá aún en construcción) pueda fugarse una amplia discusión y proceso de décimo que posibiliten que la periodista, Alberto Mayol, Alejandro Navarro, Carlos Ruiz, y quienquiera que se adhiera a sus cinco principios fundamentales –que incluyen la completa independencia del poder empresarial– y que desee participar de un proceso de primarias, pueda hacerlo.

Y esta semana –ateniéndome a las declaraciones que aparecieron en los medios–, algunos de los protagonistas del Frente Amplio, encima de comunicarnos que no serían capaces de realizar una primaria admitido, al más remoto estilo de Jaime Guzmán, nos indican –sin el último rubor– que las miniorganizaciones que lo constituyen tendrán poder de veto sobre la presentación de candidaturas, al estipular que cualquier presentación a una primaria requiere de la aprobación de 2/3 de ellos (ni más ni menos que el cuórum más detención de la Constitución de Pinochet), encima de acontecer por el filtro posterior de algún partido que haya acabado ser legalizado.

Más que hijos de Allá –quien nunca tuvo problemas en competir hasta en las peores condiciones, pues confiaba en que obtendría su triunfo con el apoyo del pueblo– o de Recabarren –quien sembró en el desierto–, están heredando la siembra antidemocrática de Jaime Guzmán.

El paso subsiguiente, sin duda, será invitar a Navarro y otros a participar de un método que se parece más a la consulta de Pinochet de 1980 que a una primaria entre fuerzas democráticas.

La democracia es delante todo el derecho a designar y a ser favorito –principio primordial que rompía con la idea actual hasta la Revolución Francesa, respecto a que había unos privilegiados que, por su naturaleza social-patrimonial-hereditaria, debían gobernarnos–, del mismo modo que las primarias se crearon para permitir que quienquiera que adhiera a un plan pueda aspirar a dirigirlo y para que, así, las opciones de liderazgo se diriman de cara a la ciudadanía.

El principio tolerante de la igualdad de sufragio, el gobierno de la mayoría respetando el derecho de las minorías a agenciárselas transformarse en mayoría, y la décimo popular periódica, han sido consustanciales a las luchas de la izquierda occidental.

Verdaderamente no se entiende que, en peculiar en actores políticos que han aportado frescura y renovación al agarrotado sistema político, comiencen a reproducirse algunos de los peores males que han afectado a nuestra democracia: estabilizar el triunfo de cualquiera en la esfera política por secretaría.

Lo antecedente es poco en lo que debe reflexionarse, pues de lo contrario estaríamos ingresando a un nuevo tipo de gatopardismo que ya vimos a fines de los 80: “Cambiar todo para que nada cambie”.

Nuestra principal diferencia con la derecha y el segmento tradicional de la Nueva Mayoría, no es solo plástica, sino igualmente de principios. De lo contrario, lo mejor sería simplemente realizar un casting, como lo hace cada vez más el duopolio, para que un pequeño categoría iluminado seleccione candidatos.

La candidatura de Sánchez: ¿más de lo envejecido que de la nueva política?

Recibí, no sin sorpresa, el anuncio del dúo Boric-Jackson sobre su respaldo, de por sí y delante sí, a una candidatura presidencial de Beatriz Sánchez, la reconocida periodista de radiodifusión y televisión. Se trató de una notificación que no fue discutida colectivamente al interior de sus organizaciones –como estos líderes suelen evidenciar sus decisiones– y, luego, plebiscitada a la rápida por redes sociales sin opciones, con la idea de ser impuesta al Frente Amplio a partir de reglas basadas en el veto.

Y es que mi reparo a la proclamación de Sánchez no tiene falta ver con las competencias de la destacada profesional de los medios sino con la fórmula que se impuso al interior de este nuevo referente político, donde, al parecer, vuelve a reproducirse el mismo síndrome que hoy tiene hechos pedazos al PS y al PPD: el secuestro de la soberanía colectiva por sus líderes y grupos de poder.

Si poco necesita la izquierda es precisamente preservar su institucionalidad y las decisiones colectivas para que no vuelva a ocurrir lo de Lagos y Bachelet, que hoy –entre otras cosas– tiene a ambas figuras por el suelo: la tentación de suplantar lo colectivo en función de la discrecionalidad personal.

El dedazo a crédito de Beatriz Sánchez, previos vetos a Cuevas y Navarro y el portazo a Alberto Mayol –un hombre de su engendramiento, pero al parecer un competidor no del antojo de los nuevos líderes–, así como la reiteración de frases autoritarias, van configurando una imagen muy distinta de la frescura original que acompañó al surgimiento de nuevos liderazgos: políticos personalistas y soberbios que poco se diferencian de quienes critican.

Más allá de la errada y cuestionable fórmula mediante la cual se proclamó a Sánchez y se pretende imponerla como candidata única sin competencia, lo deseable es que al interior de la tercera fuerza política (ojalá aún en construcción) pueda largarse una amplia discusión y proceso de décimo que posibiliten que la periodista, Alberto Mayol, Alejandro Navarro, Carlos Ruiz, y quienquiera que se adhiera a sus cinco principios fundamentales –que incluyen la completa independencia del poder empresarial– y que desee participar de un proceso de primarias, pueda hacerlo. Y que ese proceso transforme, efectivamente, a esta fuerza política en un competidor relevante en la próxima contienda presidencial.

Lo peor sería que, por personalismos y conceptos políticos de matriz autoritaria, se eche por la baranda la magnífica oportunidad para que esta tercera fuerza política pueda irrumpir como un actor relevante en la política doméstico y ser una auténtica alternativa a los métodos y contenidos de defensa del orden existente del duopolio que domina a la política chilena y cuyo rechazo la ciudadanía volvió a reiterar en la gran marcha del domingo pasado.

La política debiera estar hecha de principios y deliberación sobre proyectos de sociedad que representen a intereses colectivos, pero asimismo lo está de ripios y errores humanos y grupales, así como de amplios conflictos de interés, a veces subalternos, a veces legítimos, por lo que no hay nadie que pueda sostener “yo de esta agua no beberé” y que esté inmune al error, al conflicto y al arbitraje incierto de intereses y principios. Lo positivamente significativo es que de los desaciertos se aprenda y que los nuevos liderazgos puedan extraer sus propias lecciones, que les permitan enmendar el rumbo y distanciarse de la herencia y de los reflejos autoritarios y caudillistas.

No puntada con ser la novedad, hay que ser incluso el cambio (o la diferencia solo es plástica).

Y si proporcionadamente es cierto que el recambio debe ser igualmente “plástico” –estético–, aquello lo deben arriesgarse a la postre los ciudadanos. No se debe incurrir en el mismo error de la vieja Concertación –primarias truchas entre Frei y Lagos y posteriormente entre Frei y Gómez–, pues una nueva política debe alejarse de la método de los “cerrojos” para estabilizar triunfos por secretaría o, proporcionadamente, mediante manipulación, al beneficio de la deliberación y la décimo, que deben ser el sello de la construcción de una nueva fuerza política.

De lo contrario, si continúa primando el individualismo y la civilización del veto, que terminará por desgastar el surgimiento de una alternativa efectivo de Gobierno al duopolio, lo más probable que suceda en Pimiento es que triunfe nuevamente Piñera, con todo su prontuario (y el de sus compañeros de alucinación), a pesar de la tonelada de evidencia negativa que se cierne sobre ellos.

Es nuestra izquierda, tan llena de profetas, relatos y egoísmos y, a veces, tan equivocación de sentido popular, fraternidad y compañerismo.

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