Así viví mi interrogatorio de 10 horas en Corea del Norte

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Posteriormente de ocurrir pasado una semana en Corea del Ideal, estaba más que astuto para retornar a casa.

Había ido a cubrir la turista a Pyongyang de una delegación de 3 laureados de los premios Nobel, una tarea positivamente extenuante y angustioso.

No podía ir a ningún extensión sin los 5 guardaespaldas que constantemente vigilaban cada uno de mis movimientos. Por la oscuridad, el equipo de la BBC fue confinado en una villa extremadamente calurosa adentro de un confuso vigilado.

Todos peleamos y nos quejamos. En ese momento nuestros guardaespaldas norcoreanos se mostraron hostiles abiertamente.

Solo podíamos pensar en el momento en el que pudiéramos tomarnos una cerveza fría y suceder una buena confusión descansando en Pekín.

“Necesitamos revisar esto”

Por alguna razón, la señora de la oficina de inmigración en el aeropuerto de Pyongyang se estaba demorando demasiado con mi pasaporte. Para el momento en el que por fin le puso el sello, ya todos los demás se habían ido a la puerta de embrollo. Pese a que la situación fue un poco rara, no me alarmé inmediatamente.

Luego, un número norcoreano de fronteras me detuvo y en su mano tenía mi grabadora digital.

“Necesitamos revisar esto”, dijo señalando un corredor.

En otro cuarto otro pelotón estaba tratando de cascar los documentos de mi grabadora en un computador.

“¿Cuál es el problema?”, pregunté. “No hay nada en esa memoria”.

“Solo espere”, respondió él.

“No puedo esperar”, dije. “Tengo que tomar mi vuelo a Pekín”.

“El avión ya se fue”, me dijo el guarda mirándome fijamente. “Usted no irá a Pekín“.

En ese momento la alerta de peligro se encendió en el interior de mí y cada vez aumentaba más.

Era vivo, ¡mi revoloteo a Pekín se iba y yo me quedaba en Corea del Boreal!

Pero en efectividad, mis colegas María Byrne y Matthew Goddard estaban en la puerta de encerrona rehusándose a atracar, gritándole a los guardias que estaban tratando de obligarlos a entrar al avión. Por supuesto, en ese momento, yo no sabía ausencia de eso.

De repente aparecieron 2 de los que fueron parte de nuestro categoría de guardaespaldas.

“Vamos a llevarlo a que se reúna con autoridades relevantes”, dijeron. “Todo se va a aclarar”.

Me llevaron hasta un carro que nos estaba esperando fuera, me sentaron en la parte de detrás con un escolta a cada costado.

Circulando por las calles prácticamente vacías de Pyongyang nadie habló. Mientras miraba por la ventana los edificios de concreto y analizaba mi situación.

Ni siquiera en Corea del Meta se detiene a un periodista a menos que haya sido permitido desde muy en lo alto. Se me caldo a la mente el estudiante estadounidense, Otto Warmbier, sentenciado a 15 abriles de trabajo forzado por tener robado un cartel con propaganda que había en su cuarto de hotel.

El carro se detuvo en la entrada de un hotel envejecido y mediocre. Me llevaron a una sala de juntas y me pidieron que me sentara. Había un par de retratos enormes de Kim Il-sung y Kim Jong-il.

Un colección de oficiales entró y se sentaron frente a mí. El decano habló primero.

“Señor Rupert”, dijo, “Esta reunión puede ser muy rápida y simple, solo depende de su actitud”.

Me dijeron que mi reportaje había insultado a los coreanos y que debía registrar mis errores. Me mostraron la copia impresa de 3 artículos que habían sido publicados en la página web de la BBC, mientras cubría la recepción de los laureados de los Premios Nobel.

“¿Cree usted que la gente coreana es fea?”, me preguntó el hombre veterano.

“No”, respondí.

“¿Cree usted que los coreanos hablan como perros?”.

“No”, respondí nuevamente.

“¡Entonces por qué escribe esas cosas!”, gritó.

Me mostraron uno de los artículos, con lo que consideraron ofensivo subrayado en cabreado. Pero todo era un malentendido de traducción.

“No quiere decir lo que ustedes creen que significa”, refuté.

El hombre de longevo tiempo torció los luceros. “Yo estudié literatura inglesa”, dijo. “¿Cree que no entiendo lo que significan las expresiones que utilizó?”.

Se refería a cuando escribí del aspecto sombrío (grim-faced) de algunos funcionarios y de ladridos (bark).

La investigación

Durante 2 horas estuvieron insistiendo para que confesara mi error hasta que finalmente el señor viejo se paró y se fue.

“Está claro que su actitud va a dificultar todo”, dijo. “No tenemos otra opción, mas que despuntar una investigación”.

En ese momento entró un hombre mucho más novato que me preguntó si sabía quién era. Mi respuesta fue que no.

“Soy de las autoridades judiciales. Soy la persona que investigó el caso de Kenneth Bae y ahora voy a investigarlo a usted”.

En este momento se me revolvió el estómago y sentí frío. Kenneth Bae es un coreano-estadounidense que fue sentenciado a 15 abriles de trabajo forzado en Pyongyang en 2013.

Cada hora que pasaba repetían sus acusaciones hasta que en un momento empezaron a susurrar de un “crimen serio”. Ahora me estaban acusando de difamación al pueblo coreano y a la nación.

Ya habían pasado 5 horas. Sin yo saberlo, en otro hotel de Pyongyang ya se había encendido una alerta.

Un segundo peña de la BBC, liderado por Jo Floto, editor de la oficina en Asia, estaba en Pyongyang cubriendo el congreso del Partido del Trabajo de Corea del Septentrión.

Les habían avisado de que ni yo ni mis colegas habíamos llegado a China. En ese momento, empezaron a buscarnos, se puso en contacto con el Ocupación de Exteriores pero nadie sabía de mi paradero.

Mientras tanto, en el cuarto donde me estaban interrogando, empezaron a imprimir nuevos artículos. Esta vez publicados por la prensa de Corea del Sur en donde decían que todo lo que profesaba la República Popular Democrática de Corea era mentira.

Ahora querían aprender si antiguamente de ir a Pyongyang me había reunido con algún medio en Corea del Sur para orquestar una campaña de propaganda. Yo solo podía pensar que así era como se construía un falsificado sumario.

Más o menos de la 1:30 de la mañana, uno de nuestros antiguos guardaespaldas se me acercó y me dijo que creía que mi dirigente estaba en camino.

En ese punto ya no sabía qué creer y a posteriori supe que cuando Floto llegó al hotel, su escolta le advirtió que no iban a tener ningún control sobre las personas con las que se encontrarían.

Una hora a posteriori de su aparición, lo llevaron al cuarto donde me tenían detenido. Sentí un gran alivio pero él se veía proporcionado preocupado. No sabía falta sobre el paradero de María y Matthew.

Me dijo que a las personas que me estaban interrogando los tenía sin cuidado lo que pudiera significar para la imagen de Corea del Boreal el tenerme detenido. Que incluso los veía muy dispuestos a mandarme a litigio.

Teníamos que hacer poco para arruinar con esa situación y la única opción era demostrar retractación así que aceptamos escribir una carta corta en la que me disculpaba por mis “ofensas” en los artículos.

No contentos con eso, me pidieron que leyera en voz entrada, al frente de una cámara, lo que había escrito. Me negué.

Finalmente a las 3:30 me dejaron expedito y me llevaron al ocasión en el que estaban María y Matthew. Los tenían retenidos en una casa a las ensanche de Pyongyang.

Al día subsiguiente nos permitieron ir al hotel Yanggakdo, una torre enorme en medio de una isla en el Río Taedong. Todos los medios internacionales se estaban quedando ahí, lo cual nos dio una sensación de alivio a pesar de que durante dos días nos negaron el permiso para irnos de Corea del Boreal.

La mañana del 8 de mayo, mientras nos preparábamos para salir rumbo al aeropuerto, el gobierno anunció que me expulsarían del país.

Lo que pude concluir de esa audacia es que mis reportajes podrían opacar la encuentro de los Premios Nobel. Al gobierno en Pyongyang, le interesa mucho el inspección.

A los visitantes se les mostró lo mejor del país, conocieron a los mejores estudiantes y nuestra cobertura podría amenazar lo que tenían en mente. Razón por la cual había que mostrar mano dura y sentar un precedente.

Pasé 10 horas detenido. En ese tiempo pude ver lo hacedero que es que alguno desaparezca en Corea del Meta. Alcancé a percibir el terror de estar incomunicación. De ser imputado de crímenes que no había cometido y de haberme gastado amenazado a ser sometido a un cordura en el que las pruebas serían irrelevantes y mi culpabilidad sería inminente.

 


Fuente:T13.cl

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