“Bombardeamos todo lo que se movía”, los ataques aéreos masivos que explican el histórico rencor de Corea del Norte hacia Estados Unidos

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Todo lo que se movía”.

Con esas palabras definió el exsecretario de Estado de Estados Unidos, Dean Rusk, los objetivos de los bombarderos de su país sobre Corea del Boreal durante la Pugna de Corea (1950-1953).

Los estrategas del Pentágono bautizaron la representación como Operación Estrangular (Operation Strangle, en inglés).

Fueron, según la mayoría de los historiadores, tres abriles de incesantes e indiscriminados ataques aéreos que arrasaron ciudades y aldeas en la república comunista, y causaron decenas de miles de muertos entre la población civil.

Según le cuenta a BBC Mundo James Person, práctico en política e historia coreanas del Centro Wilson de Washington, esta es una página de la historia de su país no muy divulgada entre los estadounidenses:

“Como se produjo entre la Segunda Erradicación Mundial y la tragedia de Vietnam, la mayoría del manifiesto estadounidense no conoce mucho de la Querella de Corea”.

En Corea del Septentrión, sin bloqueo, no la olvidaron nunca. Su remembranza sigue siendo una de las razones de la animadversión que impera en el país en dirección a Estados Unidos y el mundo capitalista.

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Desde entonces, Pyongyang vio siempre a EE.UU. como una amenaza, y la rivalidad entre los dos es causa de la tensión, ahora en auge, en la región.

Pero, ¿en qué consistió aquel capítulo del conflicto todavía no resuelto en la península asiática?

Era 1950 y las tropas estadounidenses, secundadas por una coalición internacional, combatían para rebotar la invasión de Corea del Sur por parte del Ejército del Septentrión.

Kim il-sung, antepasado del contemporáneo líder en Pyongyang, había resuelto a sus tropas contra el sur tras la feroz represión de los simpatizantes comunistas por el régimen marcial reflexivo en Seúl por Syngman Rhee.

Apoyado por Stalin en Moscú, Kim Il-sung libró contra sus vecinos meridionales y Estados Unidos el primer gran conflicto de la Pugna Fría.

En una primera etapa de las hostilidades, el enorme poder vaporoso estadounidense se había definido a objetivos estratégicos, como bases militares y centros industriales, pero un divisor inesperado lo cambió todo.

Pocos meses a posteriori del estallido de la pelea, China, temerosa del avance estadounidense cerca de sus fronteras, había decidido implicarse para defender a su aliada Corea del Boreal.

Los soldados estadounidenses empezaron a sufrir cada vez más bajas a causa de los ataques envolventes de las fuerzas armadas chinas, peor equipadas, pero mucho más numerosas.

El profesor Person explica que “para el mando estadounidense era animoso interrumpir los suministros chinos y soviéticos que permitían a Corea del Ideal amparar su esfuerzo guerrero”.

El general MacArthur, con otro militar, a bordo de un jeep.

Fue entonces cuando el genérico Douglas MacArthur, héroe de la Segunda Exterminio Mundial en el Pacífico, decidió entablar con su “política de tierra quemada”.

Ataque aérea total

Aquello supuso el inicio de la aniquilamiento aérea total contra el Septentrión.

Desde ese momento, todas sus ciudades y aldeas comenzaron a acoger la cita diaria de los bombarderos B-29 y B-52 de EE.UU. y su mortífera carga de napalm.

Aunque MacArthur cayó en desgracia poco a posteriori, el castigo no cesó.

Según describió Taewoo Kim, profesor de Humanidades en la Universidad Doméstico de Seúl, todas las ciudades y aldeas del Meta fueron reducidas a escombros.

El genérico Curtis LeMay, dirigente del Comando Sutil Táctico durante la contienda, declaró mucho posteriormente: “Aniquilamos en torno a de un 20% de la población”.

Cálculos como este son los que llevaron al periodista y escritor Blaine Harden, que publicó varias obras sobre Corea del Ideal, a encasillar como “crimen de conflicto” la bono marcial estadounidense.

James Person no lo ve así: “Aquello fue una supresión total en la que todas las partes cometieron atrocidades”.

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Las estimaciones de investigadores como Kim hablan de que en los tres abriles de querella, cayeron 635.000 toneladas de bombas en Corea del Meta. De acuerdo con las cifras oficiales de Pyongyang, 5.000 escuelas, 1.000 hospitales y 600.000 hogares fueron destruidos.

Un documento soviético emitido al poco de firmarse el tregua en 1953 cifró en 282.000 los civiles que perecieron solo en las incursiones de los bombarderos.

Refugiados de Corea del Norte intentan cruzar al sur.

Resulta increíble confirmar la exactitud de las cifras, pero nadie niega la magnitud de la devastación.

Una comisión internacional que recorrió la caudal norcoreana tras la contienda certificó que no había quedado un solo edificio no afectado por los bombardeos.

Como les había ocurrido a los habitantes de ciudades alemanas como Dresde en la ataque final de los aliados contra el III Reich, los norcoreanos vieron sus calles y hogares devorados por las llamas, hasta el punto de que la mayoría de ellos tuvo que instalarse en diminutos refugios subterráneos improvisados para librar la vida.

Eran poco más que agujeros.

Miedo nuclear

Mientras el mundo impasible miraba a la península coreana temiendo que EE.UU. y la URSS terminarán enzarzándose en una refriega nuclear abierta, el ministro de Exteriores de Pyongyang, Pak Hen En, denunciaba frente a Naciones Unidas “el sádico exterminio de civiles pacíficos por los imperialistas estadounidenses”.

El relato del ministro contaba que, para cerciorarse de que Pyongyang viviera cercada por los incendios, “los bárbaros transatlánticos” la bombardeaban con artefactos de acción retardada que iban alternando su detonación, “haciendo totalmente inverosímil para la familia salir de sus casas”.

Infraestructuras esenciales como las presas, plantas eléctricas o ferrocarriles fueron incluso sistemáticamente atacadas.

Taewoo Kim señaló que “en todo el país se hizo irrealizable admitir una vida ordinario en la superficie“.

Así que las autoridades ordenaron una movilización universal y se construyeron mercados, campamentos militares y otras instalaciones bajo tierra para que el país pudiera funcionar.

Corea del Ideal se convirtió en una nación subterránea y en permanente alerta antiaérea.

Una mujer acarrea un bebé herido en los bombardeos en las calles de Pyongyang.

Según Person, “toda la ciudad de Pyongyang se trasladó al subsuelo y eso tuvo un tremendo impacto psicológico en los habitantes”.

Este entendido explica que ese miedo pervive hasta nuestros días y a él se debe que todavía muchos de los almacenes y dependencias críticas sigan albergados en sótanos a gran profundidad.

Durante la indeterminación, los norcoreanos reclutados por el Estado en el situación de la movilización doméstico se lanzaban a un trabajo frenético para reparar las vías de comunicaciones y plantas energéticas destrozadas durante el día por los bombardeos.

Poblaciones enteras que permanecían enterradas al caer el sol para acometer penosas tareas. El fruto de su trabajo causaba tanta sorpresa como frustración en el mando estadounidense, que veía como objetivos que sus aparatos habían destruido estaban en poco tiempo operativos de nuevo por el empeño noctámbulo de batallones de obreros norcoreanos.

Estabilizado el frente terráqueo por la incapacidad de nadie de los dos bandos para imponerse, la campaña aérea se convirtió en una lucha de desgaste en la que los civiles norcoreanos se llevaron la peor parte.

Finalmente, en 1953, tras largas negociaciones, se firmó el tregua que puso fin a los combates. El presidente estadounidense, Harry S. Truman, siempre quiso evitar una ascenso del conflicto que pudiera derivar en un choque directo con la URSS.

Su sucesor en la Casa Blanca, Dwight D. Eisenhower, incluso comprendió pronto que su país no podría apoyar indefinidamente el esfuerzo guerrero en la península y la homicidio de Iósif Stalin en el mes de marzo alteró el clima político en Moscú, lo que facilitó el ansiado cese de las hostilidades.

La historiadora Kathryn Weathersby, de la Universidad de Corea de Seúl, explica que “sabemos por los archivos soviéticos que Stalin insistía en que las dos Coreas y China continuaran la lucha para que las fuerzas estadounidenses siguieran enfangadas en Corea por al menos dos o tres abriles y así los países del sillar comunista en Europa del este pudieran rearmarse sin temor a una intervención”.

Sin él, el tregua fue más acomodaticio.

La huella de los bombardeos de Estados Unidos sobre Corea del Septentrión

635.000

toneladas de explosivos

  • 32.557 toneladas de napalm
  • 282.000 muertos
  • 12-15% de la población civil norcoreana murió en los bombardeos
Getty

El acuerdo de paz definitivo y la reunificación de las dos coreas siguen pendientes, pero aquello cimentó el mito fundacional al que se sigue aferrando la retórica oficial norcoreana.

Los medios de comunicación del régimen norcoreano recuerdan una y otra vez a sus nacionales el enorme dolor infligido por los aviones extranjeros. Tanto Kim Il-Sung como sus sucesores Kim Jong-Il y Kim Jong-un se presentaron como artífices de la heroica resistor que finalmente libró a la nación de sucumbir a la “embestida” extranjera.

Un retrato de Kim Il-sung durante la guerra

Se trata, en palabras de Person, de “acrecentar esa novelística en la que Corea del Meta fue la gran defensa y su capacidad de disuasión mantiene a los americanos allá”.

De alguna forma, el comisionado de la conflicto actúa como gasolina ideológica para el régimen de los Kim.

Todavía es una de las razones que explican su insistencia en desarrollar un cúmulo nuclear disuasorio pese a las reiteradas condenas internacionales.

“Eligieron utilizar la historia para razonar la opresión de su multitud y la miseria”, zanja Person.

De acuerdo con los expertos, en su afán propagandístico, las autoridades de Pyongyang no dudan en deformar un pasado ya lo conveniente extraordinario.

Un cartel advierte de que las tropas de Naciones Unidas detendrán en Corea a

Weathersby dice que “los museos norcoreanos que recuerdan la erradicación rebajan la importancia de los bombardeos, quizá porque subrayar la superioridad tecnológica estadounidense haría aflorar preguntas incómodas”.

En su ocasión, según explica esta investigadora, “muestran una novelística de matanzas gratuitas supuestamente perpetradas por tropas terrestres estadounidenses”.

El mapa muestra que EE.UU. tiene 23.000 militares en Corea del Sur y 39.000 en Japón.

Para Weathersby, el hecho de que la partición de la península no se haya resuelto nunca definitivamente y el potente eficaz marcial que el Pentágono mantiene en Corea del Sur y Japón explican que Corea del Boreal siga todavía bajo una especie de estado de excepción permanente.

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Incluso que, como señaló en un nuevo artículo en la BBC el analista Justin Bronk, los pertrechos y munición que el ejército norcoreano observancia conexo a su frontera sur para hacer frente a una hipotética invasión se conserven en silos bajo tierra.

La lucha y el fuego que llovía del firmamento hicieron de Corea del Finalidad en un estado-búnker. Más de sesenta abriles a posteriori, no ha cambiado.

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