Columna recomendada: “Cuando Paris Hilton se enamoró de Jacques Derrida”

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El diario castellano El País publica una exquisita columna sobre el histórico desencuentro entre la civilización pop y la sociedad, que ahora tendría su fin gracias al trabajo hecho por Camille Paglia, “ferviente lectora de simbología pop, especialmente si se trata de rubias famosas”. Quien, hoy, hace la primera interpretación académica de Paris Hilton.

Su autora, Lucía Lijtmaer, periodista y escritora nacida en Argentina y criada en Barcelona, comienza así su historia: “Te voy a contar una cosita. No se lo digas a nadie. No se sabe muy bien cómo pasó, pero ellos se amaron. Se amaron de manera absurda, inexplicable, categórica. Como suele ser el amor de verano. Con ese tedio que se mete, cual veneno en la piel, cual resaca de sangría, entre los tímpanos y el estómago. Con ese amor auténtico de mentira”.

Y prosigue:

“Hay quien considera que medimos el acto sexual como una quimera, como el tiempo. Hay quien usa otras varas de contar. Pero para lo que nos ocupa este verano, solo hay una momento verdaderamente trascendental: 1997. Antaño de Paris y posteriormente de Paris.

Antaño de su inclinación ilícito en la ficción.

¿Que qué Paris? Por valenza. La única Paris, la que nos ha situado dónde estamos hoy. Aunque parezca mentira, hubo un tiempo en que las it girls, las chicas que visten perfectamente, van a saraos y que no hacen positivamente carencia, no eran relevantes. Eso fue la era pre Paris. Posteriormente llegó Paris (Hilton), descendiente de magnates hoteleros, rubia internacional y el mundo se acostumbró a la relevancia de las celebrities que eran famosas por el hecho de serlo.

Ahora te puedes encumbrar a un yate, ponerle tu nombre a un bolsa, subirlo a Instagram y ya tienes una profesión. Y ahí están las Kardashian para demostrarlo, epítomes de este reinado en el orbe terráqueo. Pero no siempre fue así.

Hubo un trasvase social, eso es evidente, Lo que poca concurrencia conoce es que ese trasvase, ese cambio de fuerzas, fue a través de la intelectualidad mundial. Lo que poca familia conoce es la increíble aunque maravillosa relación oculta entre Jacques Derrida y Paris Hilton.

La civilización pop y la sociedad han sufrido, históricamente, un espacio de desencuentro. Ahí no había cariño. No había química, era inútil establecer conexiones. Indemne una excepción: la teórica Camille Paglia, ferviente lectora de simbología pop, especialmente si se trata de rubias famosas.

Camille Paglia, sin saberlo, fue su Celestina.

Ahí está su trabajo sobre Madonna, su disquisición sobre la importancia de Marilyn Monroe y, para lo que hoy nos ocupa, la primera interpretación académica de Paris Hilton: “Ella no tiene una vocación. Es una celebridad que cambió el concepto de fama copiando poses de moda que aprendió de drag queens. Es el zeitgeist, un significante vacío sobre el que podemos proyectar lo que queramos”. Camille abrió la caja de Pandora de lo simbólico: se atrevió con la rubia del momento.

La suerte estaba echada. Poco posteriormente llegaría la hora de la verdad. La hora del inclinación.

Paglia, como la precursora que es, abrió la limitación, y Jacques Derrida lo elevó a arte. El filósofo que acuñó la deconstrucción, quiso ir más allá: se acercó a Paris, repleto de curiosidad, y Paris le devolvió un refleja dorado. Paris y el losa. El aprecio de verano les consumió: mantuvieron una relación platónica en 1997 a la que le siguió un intercambio epistolar que ahora recuperan académicos, dispuestos a encontrar la evidente importancia que esto tuvo en el trabajo de los dos.

Esto, por supuesto, no es cierto, ya nos gustaría. Pero al menos la ficción que se han inventado unos avispados usuarios en Facebook compromete la relación entre existencia, razón y palabra, como el trabajo del postestructuralista.

En este verano del acto sexual, del tedio, de la nostalgia, cero como rememorar las (verosímiles pero inventadas) cartas de Derrida a Paris: Qué irónico (irónico e icónico al mismo tiempo, la ironía implícito en la iconicidad) que te escriba precisamente en la ciudad que lleva tu nombre, para que tu desaparición de París aparezca escrita en todas las paredes de la ciudad (Quiero asegurar, no exactamente escrita, pero no-escrita por el mismo rostro de tu no presencia).

Y, lo más relevante, nos demuestra que toda esa movida que se habló hace un tiempo entre Lady Gaga y Slavoj Zizek llega tarde. Puede que su relación fuera vivo, pero la de Paris y Derrida al menos es auténtica. Autenticidad en la era del simulacro. Qué cachas, tía”.

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