Cómo la tecnología cambió nuestra forma de aplaudir

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El aplauso es uno de los sistemas más tempranos y universales de interactuar.

En el mundo antiguo era entusiasmo, pero asimismo era un tipo de comunicación masiva temprana, que conectaba a la muchedumbre -entre ellos y con sus líderes- instantáneamente, visualmente y, por supuesto, en prominencia detención.

Hoy en día es muy parecido. En un estudio, en el teatro, en los lugares en los que las personas se convierten en sabido, todavía golpeamos una mano con la otrapara expresar nuestra apreciación, para crear, en espacios cavernosos, una conexión.

Pero igualmente estamos reinventando el aplauso para un mundo en el que, técnicamente, no se usan las manos.

Nos aplaudimos mutuamente los mensajes con “Me gusta” y emojis, vinculando y compartiendo contenido para amplificar el impacto.

La seducción de los aplausos

Estudios científicos han mostrado que el aplauso se propaga de la misma forma que las infecciones, por ello a menudo una sola persona desata un estruendoso aplauso, pues cada individuo que la sigue infecta a sus vecinos.

La costumbre de aplaudir fue formalizada en la civilización Occidental en los teatros.

En la época del Imperio romano, cuando el arte y la política se mezclaban, uno de los principales métodos utilizados por los políticos para evaluar su nivel de popularidad era midiendo los aplausos que recibían incluso cuando se paseaban por las calles.

Para evitarse cualquier desencanto, el emperador Despiadado llegó a ordenar que 5.000 de sus soldados lo aplaudieran y adularan cada vez que salía a número.

En ese mismo espíritu nació el claque, que es como se le llamaba a un agrupación de personas contratadas para aplaudir en las salas de teatro y ópera, una costumbre que empezó en el siglo XVIII y se extendió por Europa y llegó a América en el siglo XIX.

Varios personajes que más tarde llegaron a ser famosos fueron claqueros o “aplaudidores”, entre ellos el proverbial cantante de tango Carlos Gardel.

¿Cómo aplaudo?

La costumbre se fue abandonando a mediados del siglo XX, con el progreso de la “etiqueta concertista”, aunque continuó en Rusia, particularmente en las presentaciones del ballet Bolshoi.

No obstante, cuando la tecnología llevó el teatro a nuestros hogares, mantuvo la esencia de los claqueros en las risas y aplausos enlatados que se usan en radiodifusión y televisión.

La televisión nos acercó el espectáculo, pero se rompió la conexión directa entre el conocido y el intérprete.

A pesar de ello y aunque los artilugios permitieron que todo el notorio estuviera en primera fila, y que se volviera masivo, al proyectar el arte o la política en las salas de las casas o de cine, la partida de una aplauso espontánea se sintió de flanco y flanco.

Mediciones de audiencia y encuestas de opinión tomaron el zona del aplauso para los productores de entretenimiento o políticos, mientras que el notorio buscaba encontrar una vía de expresión a través de cartas y llamadas.

Y, siempre que era posible, el aplauso. En las salas de cine no era inusual escucharlo cuando aparecía la antaño tradicional palabra “Fin”, aclamando a espectros creados por máquinas de luz y vidrio.

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En el teatro y salas de concierto, es la oportunidad del manifiesto de expresarse.

¿A quién aplaudo?

De pronto fue porque el siglo XX trajo tantos cambios provocados por la tecnología a un ritmo tan acelerado que nos empezamos a confundir. Aunque en muchos casos, justificadamente.

De cierta forma, mientras que la televisión, radiodifusión y cine nos quitaban la posibilidad de aplaudir, la misma tecnología amplió nuestras oportunidades para hacerlo.

Tras los aterrizajes, en varios lugares del mundo, los pasajeros aplaudíamos, al piloto, se supone, y quizás hasta al avión.

Quienes se daban cita para presenciar las horizontes de los cohetes al espacio en Extremo Cañaveral, aplaudían desde la distancia el espectáculo tecnológico y comprobado.

Pero el gran cambio llegó con la era digital.

Aplaudiendo con un dedo

Aplaudir es la mejor guisa de representarnos como una multitud.

Sin requisa, a medida de que nos vamos convirtiendo cada vez más en una audiencia de uno, escuchando nuestra música favorita en casa o en privado, con audífonos, en la calle, ¿qué pasa con la expresión colectiva de apreciación?

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Aplausos virtuales silenciosos.

No existe la expresión colectiva pero cuando lees lo colectivo -como cuando recibes 50 ‘me gusta’- esa es la búsqueda del aplauso“, le dice a la BBC la identificadora de tendencias Faith Popcorn.

Popcorn que acuñó en los 80 el término cocooning, “que describe cómo la gente trata de refugiarse de la dura realidad del mundo exterior quedándose en casa”.

Es una vivientes visual“, señala, refiriéndose a los llamados nativos digitales omillennials.

“Utilizan jeroglíficos para expresar aprobación, como una carita sonriente, o tres caritas sonrientes”.

En ese sentido, no está muy allá de la descripción del aplauso que dio el zoólogo y etólogo britano Desmond Morris: “Es darle una palmadita en la espalda al intérprete desde la distancia“.

Y a los millennials les gustan las palmaditas.

Son especialmente ávidos de aprobación, así que borran Instagram si no recibieron suficientes ‘me gusta’, por ejemplo”, señala Popcorn.

“Expresan el aplauso con emojis, no con las manos… ¡Cómo lo van a hacer con las manos si siempre están sosteniendo algún aparato!”.

Lo que es cierto es que la era digital hizo que esta expresión se volviera aún más democrática de lo que ya era.

Ya no son solo los famosos mayores y menores en cualquier campo los que reciben esta señal de aprobación; ahora cualquiera que participe en la web puede ser aplaudido.

Aunque, claro, son aplausos silenciosos.

Y, por más millones de “me gusta” que reciba, quién sabe si ver un número se compara con acoger un extenso y sencillo aplauso.

Pero, al fin y al punta, con las manos, con emojis o con joyas, como sugirió John Lennon, lo que vale es expresar lo que se siente.

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Fuente:T13.cl

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