El fin de las coaliciones

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Entre las razones que ofrecen los émulos de la soledad política, está la de mantenerse limpios de toda contaminación que pudiera alterar la pureza originaria de una formación política. Esto, suponiendo que aquella conformidad se haya mantenido incorruptible a través del tiempo. Y suponiendo, claro, que, pulcra como se conserva, se halle alojada en un misterioso custodiado por escribas o sacerdotes que, por estar dotados de facultades vedadas al hombre popular, serían los únicos autorizados para revelar el sentido inescrutable de similar identidad. Resabios de esta creencia decimonónica, hija del iluminismo y del progreso infinito, siguen latentes y, aunque decadentes, continúan bregando contra la racionalidad democrática de nuestros días.

Se trata de una forma de resistor contracultural de las elites a la irrupción de la variedad, del pluralismo, de la empatía, de la tolerancia, de la universalidad y de los derechos fundamentales. Es el retorno de la pureza peligrosa de la que nos hablaba Bernard-Henri Lévy. Una que podría ser religiosa, doméstico o política, pero que siempre obedece al conmemoración obsesivo de una antigua e improbable integridad que se rebela contra toda ecúmene, toda tolerancia, todo pacto que corrompa la idea de un origen puro, inocente, original.

Por eso, que ahora se augure el fin de las coaliciones políticas —como con veterano elocuencia lo hizo Francis Fukuyama con la historia—, no pasa de ser otra reafirmación identitaria, y otro argumento justificatorio para arropar de legalidad el camino propio, el seductor vahído del sima, procurando alejarlo de la mortal, pero popular percepción, de estar en presencia de una asesinato asistida.

El fin de las coaliciones es una falsa creencia. Las coaliciones en Pimiento nunca han sido permanentes, como sí han encarnado continuidades político-culturales, y siempre han estado amenazadas por otras alternativas, y lo seguirán estando. Baste mirar nuestra historia fresco y todavía la europea.

En 1989, la Concertación enfrentó unida a la derecha, que entonces levantó a Büchi y Errázuriz. En 1993, Frei compitió contra una derecha que postulaba a Alessandri y Piñera, pero por la izquierda ya se perfilaban los precursors del flagrante Frente Amplio: Max Neef, Pizarro y Reitze. En 1999 Lagos representó a la Concertación y Lavín a la Alianza por Pimiento, no obstante, aparecieron las candidaturas de Marín, Hirsch, Larraín y Arturo Frei.

El año 2005, con Bachelet, la Concertación desafió a una derecha dividida entre Piñera y Lavín, y, encima, a Juntos Podemos. En 2009, este tablas se invirtió de modo que la derecha unida tras Piñera retó a una centroizquierda fragmentada entre Frei, Enríquez-Ominami y Arrate. Por posterior, en 2013 la Nueva Mayoría confrontó a una derecha separada por Mathei, Parisi e Israel, y a otras opciones como Enríquez-Ominami, Claude, Sfeir, Miranda y Jocelyn-Holt. Este y no otro ha sido el curso de las cosas.

No ocurrirá el fin de las coaliciones, ni se realizará la promesa del paraíso. Del mismo modo que no dejará ser más que ilusión el retorno a una pureza perdida y a una tiempo de oro lejana en el tiempo. Como todo, la intensidad del éxtasis pasará y nos mostrará lo que humanamente somos y seguiremos siendo.

 

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