En la Convención crece el diálogo, mientras afuera la división

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Ya no son enfrentamientos con carabineros o miembros de la PDI los que se viven en La Araucanía, ni sus armas son las piedras y los palos; ahora incluso hay marinos con tenida de disputa, no vestidos de cerúleo y blanco como El Postrero Marinero de la Baquedano, sino con cascos y overoles camuflados, marinos de tierra, de esos que desembarcan para tomar el control en los territorios enemigos. Y esos mapuche que los enfrentan, ya no agitan chuecas en el brisa cuando amenazan, sino armas de fuego. Es una mega derrota para la política: poseer dejado prosperar un conflicto cultural, donde lo que se exigía era el agradecimiento de un pueblo, a poco parecido a una combate. La constitución contemporáneo no considera la existencia de los mapuche, y tras el retorno de la democracia, los gobiernos concertacionistas no fueron capaces de corregirlo. La nueva constitución -asunto prácticamente zanjado en lo gordinflón, aunque no en sus detalles- establecerá que Pimiento es un estado plurinacional. Mientras fuera se matan, habrá puesto esa primera piedra para una decisión que hoy es mucho más difícil que antiguamente, cuando todavía no existían las trenzas mafiosas entre madereros y bandas locales, ni a ciertos indígenas se les habría ocurrido cultivar y traficar drogas (vicios propios de cualquier población marginalizada), ni había grupos de jóvenes iluminados dispuestos a cabrear iglesias. 

La tarea de los escaños mapuche no es carencia simple. Están ahí representando a un pueblo que se halla entre dos fuegos, uno que habita adentro y otro que viene de fuera. La inmensa mayoría del pueblo mapuche quiere morar en paz, tranquilamente y con dignidad. Saben que han sido pasados a sobrellevar, que se les ha menospreciado y que no están dispuestos a soportarlo más, pero asimismo saben que forman parte del país que los ha maltratado y estafado, que buena parte de sus amigos y familiares provienen de esa tradición, y que a estas paraíso comparten un destino popular. Cada cual sabrá cómo, pero en conjunto. Y a eso deberán abocarse los mapuche de la Convención, cuando a los dos lados hay quienes ya no quieren o no pueden. Ayudar y devolver la confianza en la política cuando la pólvora ha herido, ensordecido y inconsiderado, es una tarea titánica.

Al interior de la Convención, se deje poco de política contingente. Cuando hay muertes en el sur sí, porque sólo aquí los indígenas tienen un espacio en el tablado sabido doméstico. No hay otro sitio en el que puedan musitar en igualdad de condiciones, lo que vuelve ineludible que cualquier evento dramático en sus pueblos repercuta en el hemiciclo del ex Congreso y sus salas laterales. Para el resto, están los políticos profesionales. 

La amenazador situación económica -una inflación que crece, inversiones que se detienen, cuartos retiros irresponsables, fuga de capitales, inquietantes repartijas de utilidades-, el desprestigio del presidente (ya rara vez algún se acuerda de él), las candidaturas parlamentarias y hasta la carrera presidencial, no son asuntos que conciten la atención de los convencionales, al menos no ahí adentro. Ni siquiera el cómo nos ven de fuera. No hay tiempo. Todos los esfuerzos están puestos en el funcionamiento de la Convención. Ahí vivimos un laboratorio del entendimiento futuro. Somos los de hoy, pero nuestro lucha es el mañana. Aunque parezca raro -y más de alguno podría juntar que peligroso para nuestra popularidad-, no es malo que nos alejemos de la contingencia, aunque si llega a ingresar José Antonio Kast…

“Tercera semana de trabajo de las Comisiones Temáticas y ya se puede apreciar que avanzamos de manera seria en el desafío de los contenidos de la nueva Constitución. Es una señal muy valiosa para la ciudadanía que, sugiero, debemos comunicar todos las y los convencionales”, sostuvo Hernán Larraín, contradiciendo el tono belicoso con que sus ex compañeros de bancada, udis y republicanos, acostumbran despotricar. “Creemos en un proceso que garantice cambios, paz, justicia, libertades políticas y civiles, y además un desarrollo sustentable. Tenemos todas las ganas de cooperar, de conversar, de dialogar, de encontrar acuerdos. No creemos en las trincheras, ni tampoco en las ideologías extremas. Lo que queremos es unirnos en este objetivo común que es sacar adelante una nueva constitución que siente las bases para un nuevo Chile, en el que todos tengan espacio…”, había dicho Bárbara Rebolledo minutos antiguamente, cuando comunicó al pleno la escisión de los miembros de “RN, Evopoli e independientes” del resto de la derecha obstruccionista. Se trata del hito político más importante desde el inicio de la Convención: mientras fuera sus partidos cierran filas con José Antonio Kast, aquí adentro crece la amistad cívica. Esa tarde, en las mesas del oasis, Giovanna Grandón (la tía Picachú), Alejandra Pérez y Tania Madariaga -todas ex Repertorio del Pueblo- bromeaban con la Bárbara que debieran unirse en la misma bancada, mientras colaban juntas.  

Esta semana aprobamos el cronograma caudillo, algunas comisiones temáticas comenzaron a admitir audiencias: estudiosos de sistemas políticos, dirigentes sindicales, economistas… Invitados como conocedores de sus respectivas materias, porque a partir de este martes comenzarán a lograr aquellos que se inscriban llenando los formularios disponibles en nuestra página web. Hasta comienzos de enero, la Convención escuchará a quienes lo soliciten y recibirá iniciativas populares. Sólo a posteriori comenzará a zanjar normas. 

En mi comisión, la de Derechos Fundamentales, acordamos unánimemente el modo en que estructuraremos el trabajo por venir. Si en un aparición parecía reinar un cierto caos, el jueves desembocamos en un cauce. No todo sucedió en los tiempos de las sesiones formales. Constituimos en sus pausas grupos espontáneos en rincones del hemiciclo, donde representantes de todos los sectores -unos de pie, otros sentados o apoyados en las barandas y todavía intercambiando cigarrillos en torno a las mesas del jardín-, encontramos juntos la alternativa más eficaz para avanzar en el diseño de aquel relación de derechos que constituye el corazón de la nueva Constitución -porque su cerebro está en las comisiones orgánicas-, aquello a lo que el Estado se comprometerá con todos sus habitantes, es opinar, lo que nos deberemos unos a otros de forma insoslayable, porque no estamos solos, sino que vivimos en comunidad. 

Oí contar que antaño, cuando en Persia/ hubo no sé qué exterminio,/ en tanto la invasión ardía en la Ciudad/ y las hembras gritaban,/ dos jugadores de ajedrez jugaban/ su incesante partida”, escribió Fernando Pessoa. Aquí no somos dos, sino 154. Y sí nos “importa la carne y el hueso/ de las hermanas, de las madres y de los niños”, a diferencia de en esa partida ensimismada. De hecho, como reconoció en su discurso la convencional Rebolledo, “creemos que la participación ciudadana es un eje fundamental de este proceso”. Pero incluso es cierto que ahí adentro estamos llamados a que poco “en la historia aprendamos/ de esos calmos jugadores de ajedrez”: que en nuestro tablero, no se juegan batallas inmediatas, sino reinos imaginarios que estarán otros llamados a realizar. Imaginarios, pero no imposibles. 

Mientras tanto, es de esperar que no “Caigan ciudades, sufran pueblos, cesen/ la sencillez, ni la vida”, porque si levantamos la comienzo, lo cierto es que la cosa no se ve hacedero: el miedo y la incertidumbre despiertan los monstruos autoritarios, el deseo de orden sustituye a la esperanza y cuidar lo que se tiene pone en peligro a los esfuerzos progresistas. ¿Seremos capaces de ayudar viva y factible la idea de una transformación tranquila, de que la paz se construye escuchándonos y no haciendo callar? No debemos dosificar esfuerzos para conseguirlo.