Encuestas de opinión en tiempos electorales

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Estamos en año electoral y las encuestas son pan caliente para los medios, que las transforman en contenidos de incorporación significación política, pero en ningún caso definitivas, del proscenio electoral final.

No es objetivo de esta columna despellejar la guisa en que los medios difunden las encuestas de opinión, ni menos defender el negocio en el que estamos. Sí pretendemos aportar distinciones, puntos de aspecto para la discusión y límites al valor de los resultados de estas.

Veamos, a 6 meses de la primera dorso, con voto voluntario y abstenciones mayores al 50% del padrón electoral, es inverosímil que, más allá de la metodología utilizada, una indagación sea predictiva de la comicios, en primera o segunda revés. Para más abundamiento, los exploración de los encuestados con longevo probabilidad de voto (“likely voters”) aún son muy recientes y poco conclusivos, haciendo aún más enredado predecir conductas electorales. Dificultad, esta última, que se agudiza por medios propios del doble unificado de nuestra civilización, que lleva a que un porcentaje amplio y casual de encuestados (20 o más por ciento) señale activo votado en elecciones anteriores sin haberlo hecho, o que la mayoría de los encuestados manifieste una probabilidad de 90% o más de concurrir a las urnas en la próxima disyuntiva presidencial.

En fin, cualquiera sea el método para estimar a los likely voters en las encuestas, todos sobrestiman la décimo electoral pasada y, muy probablemente, la futura.

Como si fuera poco, una dificultad adicional es la error de identificación con los partidos políticos y la pérdida de sentido, para la ciudadanía, de clivajes que históricamente apoyaban las predicciones, como el eje izquierda-derecha.

En ese contexto, y antiguamente de entrar en las distintas metodologías de monasterio de los datos, si por un momento confiamos en la metodología, la rigurosidad y la independencia de la empresa encuestadora, ¿qué nos están diciendo las encuestas “electorales”? Lo que ellas nos muestran no son más que disposiciones, actitudes y sentimientos ciudadanos respecto de candidatos a Presidente. Tal como si fueran rostros publicitarios o estrellas del deporte, los candidatos logran anciano o beocio adhesión en las encuestas en tanto figuras que proyectan ciertos títulos, ideales o capacidades particulares –posicionamiento– en la población. Eso y solo eso: percepciones y disposiciones, en ningún caso proyecciones definitivas sobre conducta electoral.

Desde nuestra perspectiva, las dificultades que hoy impone el voto voluntario a las encuestas electorales no invalidan lo que estas van reflejando sobre el contexto, el tiempo y talante político del país, pero sí ponen un linde a las conclusiones en términos de proyecciones electorales.

Ahora vamos a los aspectos técnicos de las encuestas; el tamaño importa, pero no tanto. Que una indagación sea representativa de la población, depende de varios factores, principalmente, el número de casos (la muestra), el procedimiento de selección (cómo se eligen los encuestados) y la calidad del situación muestral (el universo efectivo de posibles encuestados).

Las muestras pueden ser razonablemente representativas a partir de cierto tamaño reducido (aproximadamente de 400 casos), sin importar cuán excelso sea la población de donde se costal la muestra. No obstante, cuando buscamos conocer el decorado en una alternativa muy reñida (estilo Lavín-Lagos en 2000 o Trump-Clinton recientemente), la exigencia de precisión puede ser tan vasto que solo una muestra gigantesca puede replicar a ella.

Todas las técnicas de sondeo tienen sus dificultades, limitaciones y puntos ciegos. Las encuestas sobre paneles online, como en su momento las encuestas telefónicas, llegaron para quedarse, tal como ha pasado en los países desarrollados con altas penetraciones de Internet. Es importante comparar sistemáticamente los resultados de distintas técnicas para obtener a identificar, comprender y, eventualmente, cuantificar y corregir los sesgos. La convergencia entre estos resultados no solo dependerá de la correcta aplicación de las técnicas, sino asimismo de las características del aberración que estudiamos, que está allí de ser históricamente inmutable.

Asiduamente, las encuestas de opinión no buscan solo representar conjuntamente el universo que estudian, sino que igualmente pretenden conocer los resultados por sexo, permanencia, nivel socioeconómico y zona. Por esta razón, se recurre a muestras sobrado mayores que el tamaño exiguo.

Por otra parte, una muestra es representativa cuando la distribución de los encuestados en ella es similar a la de las variables en la población estudiada. Si en la población hay 50% de hombres y 50% de mujeres, esperaremos que en una muestra elegida al azar se den proporciones similares.

Si proporcionadamente es improbable que una muestra reproduzca exactamente la distribución poblacional, es asaz probable que no se desvíe demasiado de ella. La estimación del rango de esa desviación es lo que se lumbre “error muestral”.

Para que podamos estimar el error muestral, deben cumplirse algunas condiciones: la selección debe ser aleatoria (al azar) o sistemática (un intervalo fijo), y todos los casos deben tener la misma probabilidad de selección.

En el caso de las encuestas por intercepción en puntos de afluencia de sabido (por ejemplo, a la salida del patrón), se puede aplicar selección sistemática (interviuvar 1 de cada X personas que pasan por un punto fijo), pero ello no asegura una probabilidad uniforme de selección, porque quienes transitan asiduamente por ese oportunidad tienen una probabilidad viejo que quienes solo pasan ocasionalmente (y hay quienes nunca pasan por ahí). Por esta razón, las encuestas por intercepción no son probabilísticas, es sostener, no puede estimarse su error muestral.

Lo que se investigación con la selección aleatoria es sortear a los individuos de la población como si estuvieran en una tómbola; para ello, debemos contar con un registro de lo que vamos a sortear y eso es el situación muestral: los mapas censales de las manzanas del país, el directorio telefónico o el catastro de direcciones de correo electrónico de un determinado familia. En el caso de los estudios por intercepción en la calle, no hay ámbito muestral adecuado, pues la población no se distribuye de forma geográficamente uniforme. En cambio, tienen la delantera de alcanzar de forma inmediata a los encuestados. La investigación semanal que realiza Cadem utiliza en parte esta metodología, combinándola con encuestas telefónicas.

En el caso de los estudios en hogares, como la indagación semestral del CEP, la selección de los entrevistados es más compleja. Involucra asiduamente 3 etapas de sorteo tanto casual como sistemático (manzana – hogar – entrevistado) y, por la dificultad de ubicar a los encuestados, requiere un plazo más prolongado de ejecución, a fin de minimizar la tasa de reemplazo. Estos son los estudios que llamamos “probabilísticos”, en los cuales el error muestral puede estimarse y con sobrado precisión, si proporcionadamente a menudo se omiten otros factores que lo incrementan, como el finalidad de estratificar de guisa no proporcional.

A pesar de esta delantera de las encuestas en hogares, hay dificultades prácticas que impiden cumplir con el ideal: la diferente densidad de las manzanas altera la probabilidad de selección de hogares e individuos, así como la inaccesibilidad a departamentos, condominios y barrios exclusivos o peligrosos para la seguridad de los encuestadores; por postrer, la similitud entre viviendas de una misma manzana (correlación intraclase) agrega otra fuente de error difícil de estimar. Una dificultad adicional de las encuestas en hogares es que el situación muestral de las encuestas en hogares es el censo poblacional, que está desactualizado por el fracaso del Censo 2012.

En estudios telefónicos como la sondeo mensual de GFK Adimark, la selección es más simple, pero el situación muestral suele componerse de números fijos y celulares, lo cual implica que una persona que tenga registrado más de un número, tiene viejo probabilidad de ser encuestada. Adicionalmente, existen otras dificultades, como la muerto disposición a reponer llamados de teléfonos desconocidos, la restricción de tiempo por cada indagación y la imposibilidad de usar estímulos visuales (por ejemplo, fotos de figuras públicas). Por lo tanto, esta clase de averiguación no es probabilística y no puede estimarse su error muestral, pero se toma como narración el que correspondería a la muestra “si fuera probabilística”.

Los estudios web sobre paneles online, como la sondeo mensual de Criteria Research, solo abarcan, en rigor, a la población del panel, que son usuarios de Internet reclutados por la empresa que administra dicho panel. El panel es el ámbito muestral. A diferencia de las otras encuestas, que solo cuentan con la buena voluntad del entrevistado, estos paneles se reclutan invitando a participar en un sistema de incentivos (loyalty panel). Aun en un país de ingreso penetración de Internet como Pimiento, la composición de un panel, por prócer que sea, es distinta de la población universal: principalmente, más zagal y de veterano nivel socioeconómico. En consecuencia, una investigación sobre ese panel debe corregir ese sesgo estratificando la muestra y aplicando factores de ponderación (las encuestas a segmentos sobrerrepresentados en el panel, deben pesar menos).

Pese a esta corrección, que es la misma que aplican las encuestas por cuotas en hogares y telefónicas, subsisten dos limitaciones para las encuestas sobre panel online. La más obvia es que quienes no son usuarios de Internet, adicionalmente de tener nula probabilidad de selección en la muestra, suelen poseer características distintas (por ejemplo, estar menos informados), independientemente de su vida y nivel socioeconómico, lo que significa que los resultados de una sondeo de opinión sobrestimarán las tendencias de corte más “moderno” (pero, a la vez, podrían anticiparlas).

La otra es que el panel no es representativo de los segmentos que escasean en él (viejos y pobres), conveniente a la brecha digital, porque lo más probable es que los participantes que logre alistar en esas categorías sean atípicos. Sin confiscación, es moderado suponer que los resultados converjan con los de otras encuestas para los grupos jóvenes y adultos y de sectores medios y altos. Estas dificultades se irán resolviendo a medida que conozcamos mejor el sesgo digital, pero sobre todo a medida que la brecha digital se vaya cerrando y nos acerquemos a una penetración universal de Internet.

Una delantera de la investigación a un panel online es que no requiere la mediación de un encuestador, lo cual favorece la sinceridad del encuestado respecto de temas valóricos y políticos, tendiendo a contestar como si estuviera en una caja ciega, en circunstancia de dar respuestas de cortesía o de heroína triunfador.

Por postrer, una indagación realizada por Twitter selecciona espontáneamente a los seguidores (y seguidores de seguidores) que tienen más afinidad con el tema de la averiguación. Eso le da una representatividad solo un poco viejo que la de encuestar a muchedumbre que uno conoce.

Todas las técnicas de investigación tienen sus dificultades, limitaciones y puntos ciegos. Las encuestas sobre paneles online, como en su momento las encuestas telefónicas, llegaron para quedarse, tal como ha pasado en los países desarrollados con altas penetraciones de Internet. Es importante comparar sistemáticamente los resultados de distintas técnicas para salir a identificar, comprender y, eventualmente, cuantificar y corregir los sesgos. La convergencia entre estos resultados no solo dependerá de la correcta aplicación de las técnicas, sino incluso de las características del aberración que estudiamos, que está allá de ser históricamente inmutable.

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