Ese discreto encanto del fotomatón que no deja de cautivarnos

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“Todos sabemos que una fiesta de las Kardashian no está completa sin una cabina fotográfica (fotomatón). Tampoco una de Vanity Fair, para ser honestos”.

Así empieza un artículo de esa revista sobre la presencia de una de esas cabinas para tomarse fotos en un refrigerio que la pareja de famosos actores Justin Timberlake y Jessica Biel ofrecieron para la candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton.

Los fotomatones han sido parte de nuestras vidas en decano o último escalón desde los abriles 20 del siglo pasado, cuando Anatol Josepho -quien nació en Siberia, Rusia, en 1894- logró cobrar US$11.000 (el equivalente en la época a 5 casas) en Manhattan para crear el prototipo de la máquina que había diseñado mientras estaba en China.

En 1925 patentó el fotomatón, una cabina con una cortina en la que la muchedumbre se podía tomar retratos de buena calidad y de forma anónima y automáticamente.

Antiguamente de que aparecieran, la mayoría de los retratos eran hechos en estudios, un pompa que no muchos podían darse. El nuevo proceso, que adicionalmente era moderado, permitió que ese tipo de fotografía fuera accesible para todos.

Cuatro poses distintas por 25 centavos de dólar.
 

El de Josepho no había sido el primer intento, pero sí el que finalmente funcionó correctamente… y lo hizo millonario.

En cuestión de unos pocos abriles, podías encontrar fotomatones en los cinco continentes.

Sólo en Estados Unidos ya había más de 30.000 fotomatones en la plazo de los 40, tremendamente populares con los soldados que, antaño de partir a guerrear en la Segunda Combate Mundial, se tomaban fotos para dejárselas a sus seres queridos.

En los abriles 50, surgió un problema inesperado: algunas personas, sobre todo mujeres, se estaban desnudando frente a la cámara en la relativa privacidad del cubículo. Encima, tras las cortinas, las parejas se sentían más libres.

Las tiendas empezaron a tomar quejas y, en respuesta, varias quitaron las cortinas.

Un encanto que no se desvanece

Entre las generaciones anteriores a los milenials, muchos recordamos momentos divertidos.

Por supuesto, eso es gracias a que las imágenes que aparecen en esas tiras evocan momentos de amistad y hasta de inclinación.

No… habrá que tratar de nuevo.
 

Pero adicionalmente, así sea para tomarnos la aburrida foto para un documento de identidad, durante los minutos que pasamos adentro, esa cabina a menudo nos obligaba a reírnos de nosotros mismos… la mejor persona de la que nos podemos reír.

Si acudías a un fotomatón con intenciones serias, cerrabas la cortinita, te sentabas en la butaca, borrabas la sonrisa, te ponías el pelo tras las orejas tratando de no dañarte demasiado el peinado, asumías tu pose y esperabas.

Siempre parecían demorarse el tiempo suficiente para que pensaras que habías hecho poco mal y en ese segundo en el que decidías moverte para ver qué pasaba**FLASH** ¡Aaah! ¿Cómo era la pose? **FLASH** ¡No! El peinado **FLASH**¡Jah, jah… qué le vamos a **FLASH** hacer!

Era inusual que te vieras acertadamente en un retrato de fotomatón, por más experimentado que fueras.

E, incidentalmente, ese era uno de los atractivos para quien fue uno de sus mayores promotores: el intérprete estadounidense Andy Warhol.

Sus baratas y efectivas cámaras producían fotografías que no mostraban más que lo necesario, imágenes perfectas como colchoneta de sus diseños gráficos.

Warhol buscaba los rasgos más distintivos de las personas y no distracciones, por lo que la ‘honestidad’ de los retratos de los fotomatones le atrajo.
 

En cualquier caso, a pesar de que en nuestros pasaportes apareciéramos con caras macabras, los fotomatones ofrecían un espacio propio en un oficio conocido en el que, sin un fotógrafo que nos intimidara, podíamos poner y llevarnos un registro de nuestro secreto.

Una cara para cada ocasión.
 

No obstante, es más que todo ese momento de diversión con amigos o de inclinación con, eh, amantes, lo que salvó a la entrañable cabina de ser confinada a la historia de los nostálgicos.

Difícil renunciar a la diversión.
 

La tecnología digital trajo la fotografía sin límites, pero el encanto de esa escalera humana que ofrece el fotomatón no ha dejado de cautivar.

Es cierto que su función cambió y que ahora no es tan popular encontrarlos en cada temporada de metropolitano, supermercado, droguería o centro comercial, particularmente los viejos aparatos analógicos.

Pero el fotomatón no ha dejado de reformarse tecnológicamente desde su creación y cuando le llegó la plazo de caducidad, desempolvado y digital,se mudó a salones de fiestas de grandes y chicos, en los que se forman filas para sobrevenir unos minutos frente a la lentilla de su cámara, incluso cuando se trata de eventos repletos de celebridades y paparazzi.

Las pesadas cabinas son ahora portátiles, imprimen las fotos en segundos y, en esta carnación, vienen con accesorios y decorados para despertar desde el flanco de niño hasta el más sofisticado de quienes entran en el estrecho espacio.

Siempre es un buen momento para alejarse del mundo, ponerse collares coloridos y hacer muecas.
 

Las compañías que los arriendan reportan crecimiento sostenido; en el medio se deje de innovaciones como fotografías en 3D y filmaciones, y ya hay modelos que permiten la conexión con las redes sociales.

Y algunos de las antiguas cabinas que solían estar en las tiendas están siendo preservadas.

Fred Aldous, un comerciante de materiales de arte y artesanía de Manchester, Inglaterra, tiene dos.

Hay un movimiento para preservar los fotomatones antiguos.
 

Uno de ellos es un Photo-Me Maniquí 17 blanco y sombrío de 1968. Fue fabricado en Reino Unido y pasó la longevo parte de su vida en una tienda Woolworth en Canadá.

El otro es un Photo-Me Maniquí 17C color de 1986. Se piensa que es el único fotomatón análogo a color que queda en toda Europa occidental.

Paul Walker, el director burócrata del negocio, dice que nunca esperó que fuera a ser tan popular.

“Es una de las mejores cosas que hemos traído a la tienda. Es un real portador de alegría; a la muchedumbre le fascina”.

Tras conquistar tanto éxito y perdurabilidad por ser una tecnología que puso al valor de las masas lo que hasta entonces era privilegio de los más acomodados, los avances tecnológicos hicieron que los fotomatones dejaran de ser necesarios, así como estos, en su momento, hicieron innecesarios los estudios de fotografía para retratarse.

Ahora, son una diversión y, como han sido descritos, una mezcla de tecnología, arte y narcisismo de antigua práctica.

 


Fuente:T13.cl