Estados Unidos: El aliado de Noriega que acabó siendo su verdugo

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Primero como agente de contrainteligencia de la CIA, a posteriori como dictador coligado en Panamá y más tarde como caudillo opuesta derrocado por las armas, la vida del recién fallecido Manuel Antonio Noriega no se entiende sin su forzoso y tortuoso vínculo con Estados Unidos.

Su asesinato, ocurrida en la sombra de este lunes a los 83 abriles, se produjo en un hospital de Panamá, pero correctamente podría suceder ocurrido en suelo estadounidense, en cuyas prisiones pagó vigésimo abriles de su vida a la Probidad antaño de continuar su periplo carcelario en Francia y acabarlo en su país de origen.

Quien fuera “el Hombre fuerte de Panamá”, creyó que su privilegiada relación con Estados Unidos le eximiría de toda fallo por hacer del itsmo una plataforma para el narcotráfico, un puerto de distribución de la cocaína colombiana.

Pero antiguamente de zanjar con sus huesos en prisión, la historia de uno de los últimos dictadores de América Latina relata una estrecha y hasta dulce relación con Washington, con quien durante los abriles de la Disputa Fría empezó a colaborar como infiltrado hasta hacerse, de su mano, con las riendas del país.

Su diplomacia y el enclave geoestratégico que desempeñó Panamá como centro de operaciones de EE.UU. para el resto del continente en plenas tensiones con la Unión Soviética, llevaron a un damisela Noriega a ser una cuchitril valiosa para la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Según varios de sus biógrafos, la CIA lo captó recién ingresado en la Urbano Doméstico panameña, donde participó en el impacto de estado que aupó al caudillo Omar Torrijos al poder (1969-1981), y en cuyo seno todavía desarrolló con destreza contactos de todo tipo sin importar ideologías.

Antaño de convertirse él mismo en el “hombre fuerte” de Panamá en 1983 “mantuvo una relación de más tres décadas” con la inteligencia de EE.UU. y fue esencia en el manejo de la información sobre las guerras civiles que sacudían a Centroamérica, según cuenta el curtido periodista John Dinges en su obra “Nuestro hombre en Panamá: El astuto ascenso y la caída brutal de Manuel Noriega” (1990).

“Por ejemplo, la vigilancia de los líderes políticos de los diversos países de Centroamérica. Noriega estaba al cargo de todo eso”, explica Dinges, quien fuera corresponsal en Centroamérica para el diario The Washington Post y uno de los reporteros especializados en América Latina más reconocidos de EE.UU.

Sandinistas nicaragüenses o sus enemigos de “la contra”; revolucionarios cubanos o su eterna némesis imperialista en la Casa Blanca, nadie se resistía a su red de contactos, incluidos varios cárteles de la droga, entre ellos el capo colombiano Pablo Escobar.

Noriega “poseía -en palabras de Dinges- la extraña habilidad de absorber información, clasificar las opciones disponibles para un adversario, ponerse en los zapatos de la otra persona y anticiparse astutamente a los posibles cursos de la acción”, poco muy apreciado por la CIA y esencia en su meteórico progreso.

Tras la asesinato de Torrijos en un contratiempo de avión en 1981 -que el exdictador atribuyó posteriormente a EE.UU, aunque otros lo acusaron a él de provocarlo-, Noriega emergió como comandante de las Fuerzas de Defensa en 1983, y al hacerlo, asumió el poder en la sombra.

Sin secuestro, no pasó mucho tiempo para que los aliados se volvieran uno contra el otro.

Confiado por su relación con Washington, empezó con sus manejos por su cuenta, políticos pero especialmente con los cárteles de la droga colombianos, así como sus abusos de derechos humanos, lo que llevó al Congreso de EE.UU. a poner fin a cualquier flujo de ayuda económica o donación marcial a Panamá en 1987.

Pero la audacia definitiva por parte de la Casa Blanca del fresco estrenado presidente George W. H. Bush no llegó hasta que, tras meses de represión a la examen en las calles, Noriega interfirió abiertamente en las elecciones presidenciales panameñas de 1989, anulándolas y colocando a su candidato a dedo.

El 20 de diciembre de ese año, citando motivos de seguridad doméstico, Bush lanzó la Operación Causa Competición, una fuerza de invasión de más de 20.000 soldados destinada a capturarlo.

El dictador no luchó, se refugió en la Nunciatura Apostólica y acabó por entregarse tras sufrir un asedio ininterrumpido de diez días a colchoneta de enormes altavoces y música rock a todo pandeo.