Kast vs. Piñera: la asociación nacional del rifle o la del martillo

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No se puede desmentir que MEO y José Antonio Kast se convirtieron en la novedad de esta dilema presidencial. El primero, por reaparecer construyendo un personaje televisivo y apañarse capturar votos a costa de Michelle Bachelet, y Kast por apelar a la derecha más dura y extrema sin complejos. El diputado y candidato presidencial independiente, sin duda, dejaría ubicados en el centro político a Donald Trump, Le Pen y Alternativa para Alemania –los neonazis que acaban de obtener el 12,6% de la votación en el país europeo– si los comparamos con su discurso. No hay que olvidar que Alice Weidel, una de las máximas dirigentas del partido germano, se declara con orgullo tortillera. Poco inconcebible para el ex UDI.

José Antonio Kast, definitivamente, no le teme a ser políticamente incorrecto. Dispara sin filtro sus dardos, la mayoría con un suspensión nivel de espectacularidad y provocación. De hecho, la incriminación que le hizo a Alejandro Guillier frente al pleno de la Corte Suprema, en que señaló que la candidatura del senador oficialista estaba vinculada al narcotráfico por tener entre 1.500 y 3.000 firmas que provenían de San Ramón, no solo constituye un insulto y discriminación a las personas que son de esa comuna, sino que podría significar asimismo una querella por injurias y calumnias graves por parte del parlamentario por Antofagasta.

Solo en las últimas semanas, Kast las ha emprendido contra la CUT –paradójicamente invocó la ley Zamudio– por no activo sido invitado a escuchar sus propuestas. Asimismo anunció que recurrirá a la Contraloría por el alucinación de Michelle Bachelet a ver a la selección. Encima, sentenció que si es Presidente derogará la Ley de Inclusión y remató con una cruel advertencia a los inmigrantes que han llegado al país: “No queremos que otros se aprovechen y vengan pensando que van a salvar sus vidas”.

Lo cierto es que la aventura de Kast, que partió como un saludo a la bandera, ha terminado convirtiéndose en una campaña que ha manada un espacio en el voto conservador duro y ya se ubica en el 5% de preferencias en las encuestas. La defensa de los militares condenados por violaciones a los derechos humanos y su examen al obturación de Punta Peuco fue solo el aparición de un relato que se ha consolidado y que conquistó a un personaje icónico de ese mundo: Hermógenes Pérez de Arce.

El diputado tiene un buen manejo comunicacional, no titubea y menos teme al enfrentamiento. Es una especie de alter ego de Ossandón –de quien nunca más supimos falta– para la derecha. Dos extremos, dos hombres sin pelos en la habla, con la diferencia de que Kast es muy consistente. Mantiene sus posiciones sin pensar en el pragmatismo. Y creo que hizo una desafío correcta. Sabe que no pasará a segunda revés, pero ya logró el objetivo que buscaba: despertar a un sector ultraderechista que estaba en silencio desde hace abriles y, por supuesto, estar posicionado como líder de esa corriente.

En estas últimas semanas, Piñera pareciera estar enfrentando el dilema de jugarse el todo por el todo y extremar su discurso con destino a la derecha, pero pagando el costo obvio entre los sectores más de centro. Y está claro que es un ocio muy al confín. De seguro, en su comando ya estarán desvelándose en cómo obtener ese difícil permanencia en los dos debates televisivos –los más importantes– que aún restan. Lo único claro, a estas cielo de la selección, es que no existen las certezas en política.

Y así como en un manifestación en el propio entorno de Sebastián Piñera nadie pensó que lograría cosechar las firmas para poder competir como independiente, las alarmas se fueron encendiendo gradualmente, hasta constatar que era un peligro para las intenciones de cobrar holgadamente en primera reverso.

Lo cierto es que en Pimiento Vamos han vivido en un cierto trastorno bipolar con la convicción de un triunfo definitivo el 19 de noviembre. Hasta hace unos tres meses lo daban por seguro y tuvieron que cambiar de logística y comenzar a pedir a sus partidarios más prudencia, mal que mal, varios de sus dirigentes se dieron cuenta de que el triunfalismo extremo podía significar que sus propios partidarios se quedaran en la casa el día de la votación, total, para qué tomarse la molestia de concurrir a las urnas si ya la dilema estaba definida. Fue una osadía táctica solamente y ha sido el propio Sebastián Piñera quien ha convencido a su entorno de que el triunfo es una certeza.

Pero en esta última etapa de campaña, las encuestas muestran que Piñera está alcanzando su techo. Está entre un 40 a 43 por ciento. Y resulta que se dieron cuenta de que Kast tiene en su faltriquera a los votantes que podrían cumplir con el anhelo de evitar una segunda revés que puede ser muy peligrosa para sus intenciones, ya que, si sumamos a “los otros” –MEO, Goic, Sánchez y Guillier–, llegamos a una sigla que deja casi empatados a los dos bloques en disputa.

Piñera partió su campaña con un evidente peso de la UDI en su relato y, una vez asegurado ese sector, comenzó a despabilarse el centro político –ese sueño de conquistar, por fin, a la DC– y se enfocó en la clase media. Todo iba aceptablemente hasta que Kast se convirtió en una amenaza efectivo. Entonces, el ex Mandatario ha vuelto a hacer un vuelta a la derecha, que le permita convencer al votante duro de Kast de que es mejor un “voto útil” que darse un estilo en unas semanas más. Pero, claro, esta nueva desafío implica dejar la opción del “centro” y salir a averiguar a ese 5 por ciento con el peligro de perder a una parte del electorado que, aunque está desencantado de la Nueva Mayoría, en absoluto votaría por un candidato que comulgue con las ideas de José Antonio Kast.

Primero fue el rechazo de Piñera al cerrojo del penal vip de los militares y, ahora, la forma de contraponer a la delincuencia. Estas son las mejores demostraciones de este intento de convencer a algunos de los partidarios del diputado, como el pastor Soto, de que voten por el ex Jerarca de Estado.

Kast, al más puro estilo Trump, defendió la opción de que cada propietario tenga un armas para defenderse y pueda entrenarse para su uso, llegando a advertir que “los delincuentes no se metan conmigo. Si entran a mi casa, voy a disparar, sé usar mi arma”. De más está afirmar que esta posición puede rasgar un tema extremadamente peligroso para la sociedad chilena. Los propios norteamericanos saben los riesgos de una medida como esta. La nuevo holocausto en La Vegas es la mejor representación de un evento que cotidianamente conmueve a esa nación.

Y Piñera no se quedó antes con la propuesta y audacia de su competidor y declaró: “Si un delincuente mata a mi hija, agarro un martillo y se lo quiebro en la cabeza”. Por supuesto que muchos chilenos podemos pensar que esta sería una reacción deducción en una situación como la que describe el candidato de Pimiento Vamos, claro que ni usted ni yo estamos postulando a dirigir el país. Lo que uno esperaría de un Presidente es que validara a las instituciones del Estado encargadas de velar por la protección y defensa de los ciudadanos y conminara a las personas a no tomar la ley en sus manos. Pero, claro, la frase apuntaba directamente a los electores de Kast.

En estas últimas semanas, Piñera pareciera estar enfrentando el dilema de jugarse el todo por el todo y extremar su discurso en dirección a la derecha, pero pagando el costo obvio entre los sectores más de centro. Y está claro que es un equipo muy al remate. De seguro, en su comando ya estarán desvelándose en cómo alcanzar ese difícil consistencia en los dos debates televisivos –los más importantes– que aún restan. Lo único claro, a estas directiva de la disyuntiva, es que no existen las certezas en política.

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