La muerte de Patricio Manzano: el caso que llevó a declarar al general Villalobos

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Soraya Rodríguez era estudiante de Periodismo de la Universidad de Pimiento cuando viajó a Los Andes a realizar trabajos de verano. Era 1985. Tiene memorias nítidos y un papel que guardia con celo: el registro de su salida de la Novena Comisaría posteriormente de la detención y su carnet de estudiante.

Desnudas en la comisaría 

 “Como cada año desde el ‘83 la Chile organizaba sus trabajos voluntarios, la diferencia es que éstos, los de febrero de 1985, eran los primeros de la FECH recuperada. Para el Golpe, la federación había sido desmantelada, desde entonces la dictadura nombró a ‘dirigentes’ en las escuelas que se asumían como representantes de los universitarios de la U en un consejo que, a su vez, respondía a una directiva que se llamó FECECH, uno de sus presidentes nominados fue Pablo Longueira.

En el 80 se despliega más públicamente un movimiento estudiantil, en el país, en Valparaíso, especialmente, que va rompiendo el miedo. Así se recuperaron escuelas con elecciones democráticas y centros de alumnos hasta recuperar la FECH el año 84.

El día de la detención yo estaba en un circuito parroquial de San Felipe. Camilo Viario, a regañadientes, nos había prestado el circunstancia. Otros voluntarios estaban en Llay Llay, Casuto, Los Andes. Éramos muchos estudiantes, cerca de 500.

Los represores llegaron de Santiago el 8 de febrero del ‘85 y se desplegaron en todas las localidades donde estábamos. En San Felipe tuvimos informativo temprano que habían movimientos raros en la calle y decidimos salir en parejas para reconocer lo que pasaba. Si no volvíamos, los voluntarios sabrían que nos habían arrestado y tenían que escudarse en el lugar. Eso fue, ciertamente lo que pasó. A pocos metros de salir nosotros, que fuimos la segunda pareja en salir, fuimos detenidos. Tuvimos suerte porque nos tocaron uniformados locales. Nos llevaron a su comisaría en San Felipe y el trato fue hasta tierno.

A la horas llegaron los buses que traían a los detenidos de las otras localidades y nos hicieron subir con ellos. Era terrible, estaban todos golpeados ferozmente, aterrorizados y nos obligaron a callar, mientras muchos se quejaban de dolor por las golpizas. Eran unos seis o más buses de carabineros, más motos, más patrullas, un despliegue impresionante por la carretera. Eran trabajos voluntarios, en todos los trabajos voluntarios hay un avance de tareas de apoyo a las comunidades, desde talleres culturales, hasta clínicas, sacar muelas, arreglar locales comunitarios, etcétera, pero ellos creían que estábamos haciendo otra cosa, todo bajo la orden el ministro del Interior de la época, Sergio Onofre Jarpa, quien firmó el decreto para la golpiza.

Aunque yo no conocía tanto a Patricio Manzano, todos los voluntarios nos ubicábamos, éramos cabros que participábamos en asambleas y organizaciones contra la dictadura. Nos topábamos en diferentes manifestaciones, éramos todos conocidos. Él fue uno de los tantos golpeados por los carabineros que estaban como locos. Los hombres fueron llevados a la 1ª Comisaría de Santiago. Allí, Patricio, en la incertidumbre, tras el maltrato y la tensión generada por los represores, sufrió un paro cardíaco. Posteriormente nos enteramos que no recibió la debida atención a pesar que un par de voluntarios, estudiantes de medicina, insistieron en que el asunto era oneroso, que los carabineros debían emplazar una ambulancia. Pero ellos no hicieron caso.

Yo estaba con las mujeres de la 9ª comisaría, éramos como cien. En la perplejidad, las mujeres fuimos fichadas por los pacos primero, por la Policía de Investigaciones a posteriori y por la CNI finalmente. Nos tuvieron todo ese tiempo desnudas, de frente y de perfil.

Me da pena memorar.

A posteriori de esa incertidumbre, al día ulterior, alguno me avisó que habían matado a un compañero en la Primera. Supe que sería terrible para las niñas. Hice una sesión de laxitud con las que estaban conmigo, y luego se enteraron las demás. El bramido de una de ellas en absoluto lo olvidaremos. Hubo que contener y tomar decisiones. Entonces, determinamos que haríamos una huela de deseo y esa tenebrosidad, en la “cena”, di la señal. Nos sirvieron una bandejas. Yo la dejé a un costado, en señal de que no comería y tosí dos veces. Todas abandonaron sus bandejas. Yo podía distinguir la respiración de un paco embarazado en mi cuello, intimidándome. Pero sabíamos que era la única forma de desembarazar.

Se vieron obligados a dejarnos en facilidad”.

*Soraya Rodríguez tenía 23 abriles cuando fue detenida en San Felipe.

La escritora y el médico

 El año pasado Marcela Campos, profesora de Castellano y licenciada en Humanidades, escribió el obra “Sueños de Victoria (Patricio Manzano o el acoso a la FECH 1985)”, donde recopiló durante cinco abriles cientos de testimonios que recrean la brutalidad con que carabineros actuó en el eficaz policial.

Entre esos testimonios está el de Leonardo Urrutia Ortega, que en eso entonces había terminado sexto año de Medicina:

“Llegamos al atardecer a la Primera Comisaría y luego hubo dos, tres o cuatro veces que nos hacen el proceso de identificación, incluyendo fotografías de frente, perfil y huellas dactilares… No conmemoración constatación de lesiones, pero sí interrogaciones respecto a cuestiones absurdas respecto a dónde estábamos y por qué estábamos donde estábamos. Luego pasamos al estadio de la Primera Comisaría.

Uno de los estudiantes de Medicina, el Pape si mal no regalo, me despierta porque hay un sujeto que estaba respirando raro al costado de él. Estábamos separados cuatro o cinco sacos de adormecerse. Voy y efectivamente veo que un sujeto estaba  con poco de salivación en la boca, pero no respira, no tiene pulso, no tiene latidos del corazón. Estaba en un paro cardiorrespiratorio. En ese mismo contexto se fuego a la guarda respectiva de Carabineros.

Logramos sacar a Patricio Manzano de su situación de paro cardiorrespiratorio. Solicito –y la verdad no sé de dónde saqué tonos para ponerme exigente- que había que trasladarlo urgentemente a un servicio asistencial para que recibiera otro tipo de donación menos primitiva que la que estábamos haciendo nosotros. Cuando llega la ambulancia, lo pone en la camilla mientras nosotros manteníamos las maniobras de apoyo, pero al calar a la puerta del pabellón, el oficial a cargo impide que salgamos. Le insisto en que si no lo acompañamos en su traslado a la Posta Central, que quedaba a no más de cinco o diez minutos de la comisaría, iba a fallir.

El paco en cuestión, un oficial mozo, motivo por el cual a posteriori me dio pena por la audacia que le tocó tomar…, insistía en que no, que no podemos acompañarlo. Al final prevalece su valor. Se lo llevan. El resto de los voluntarios quedamos ahí y se nos comunica que aquí no ha pasado nulo y nos estemos tranquilos. Hasta ahí llegamos”.

*Este es el certificación de Leonardo Urrutia Ortega, médico pediatra, en el texto “Sueños de Victoria” (Editorial Das Kapital), de Marcela Campos.

 

 

 

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