La peor cara de la inmigración: La despedida de Benito Lalane

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Benito Lalane. 31 abriles. Chaleco celeste marino. Camisa cuadrillé y corbata de raso celeste. Cuatro ampolletas montadas sobre una estructura de metal alumbran su rostro anfibológico. Vecinas entran y salen. Una estufa a parafina pelea contra el frío de la tarde en Pudahuel. Un notebook ayuda a proyectar sobre una tela blanca la carácter de una canción que dice ‘Hossana en las paraíso’, en castellano, pero incluso en francés. Una señora cariñosa entra con consomé de pollo para todos.

Pero todos no es tanta muchedumbre.

De las 15 personas que han llegado hasta la parroquia evangélica de la Población San Pablo, solo una conocía de verdad a Benito Lalane, su amigo Philissin Louissant -a quien todos llaman Gilbert- un haitiano detención, pero cabizbajo, que deje en un castellano ripioso. A veces, cuando pierde la paciencia, porque no encuentra las palabras para contar lo que ha vivido en las últimas horas, incluso deje en kreole.

Gilbert se sienta, se pone de pie, se pasea, llora, va al baño, se acerca a su primo Benito, vuelve a lagrimear, entra, sale. Los haitianos se dicen “primos” como una forma de simbolizar la hermandad, aunque no tengan lazos sanguíneos.

Gilbert hace custodia al cuerpo de su primo Benito, vestido elegante en el interior de un cajón.

Cerca de 15 personas acompañaron a Benito Lalane por las calles de la población San Pablo hasta el cementerio municipal.

Un cuerpo inmigrante

No existe una emblema pública, pero según datos extraoficiales, son cuatro los cuerpos de ciudadanos haitianos que están en el Servicio Médico Legítimo sin que nadie los haya reclamado. Esos solo corresponden a 2017. Hay igualmente de otros abriles; y no solo haitianos, asimismo dominicanos y de otras nacionalidades de las que no se tiene certeza. Si un inmigrante no es reclamado por nadie, su cuerpo se guardia en las cámaras subterráneas del SML.

Benito estuvo cinco días y todos pensaron que casi sería impracticable rescatarlo. Para retirar a un fallecido, el organismo necesita tener la certeza de que quien lo recibe se hará cargo de todo lo relacionado con su homicidio; pero la mayoría de los inmigrantes llegan solos o con lazos muy precarios con otros compatriotas.

“Se genera un embudo jurídico porque el Código Sanitario en Chile dice que para sacar un cuerpo o cremarlo lo debe retirar un familiar directo o en caso de que no exista, el jefe de la misión diplomática del país de origen”, explica José María del Pino, director ejecutor de la Fundación Frè, que todavía acompaña el cuerpo de Benito en su despedida.

“Si tú vas al Consulado de Haití y les dice que se murió tal hermano y nosotros nos vamos a hacer cargo, no te autorizan porque su legislación no se los pemite. Y ahí piden que uno ubique a la familia en Haití y autoricen en el Consulado chileno la inhumación”, comenta José María.

Gilbert era el único amigo que Benito tenía en Pimiento.

En Gonaives, una ciudad del norte de Haití donde vivía Benito antaño de obtener a Pimiento, se quedaron tres hermanos y cuatro hermanas. Con ellos palabra Gilbert cada día, desde que murió Benito. Con ellos lograron hacer el grande trámite en Puerto Príncipe, caudal de Haití, para conquistar rescatar el cuerpo que aún no tiene un noticia con una causa de homicidio. Con ellos habló Gilbert hace unos minutos.

“Ellos solo lloran y dicen que muchas gracias a todos porque vamos a enterrar a Benito. Gracias, gracias, gracias, dicen todos allá”, comenta Gilbert, lo mismo que diría horas más tarde en un escueto discurso entre cánticos evangélicos, antaño de sobrellevar a su primo al Cementerio Municipal de Pudahuel.

A posteriori de la homicidio de Benito, algunos de sus vecinos alcanzaron a rescatar fotografías de la cuarto que el novato haitiano ocupaba antiguamente de fallecer: una habitación con un Gloria de maderas precarias, con huecos que hacían difícil hacer la diferencia entre una aposento y la intemperie. Baños insalubres. Cocinillas montadas para engullir, lo que seguramente, asimismo era precario.

Benito llegó desde Gonaives, Haití, en abril pasado.

El lunes de la semana pasada, Benito comenzó con un malestar. Dijo que le dolía la cabecera, a posteriori el cuello. Gilbert no quiso llevarlo al consultorio en La Hado. Aunque tienen la obligación de atender cualquier emergencia, los vecinos dicen que no es tan tratable para los inmigrantes. Les preguntan por su pasaporte, los papeles al día, un número de ingreso y si tienen Fonasa. Como Benito no contaba con algunas de esas cosas, Gilbert pensó que era tiempo perdido.

En el consultorio dicen que no es cierto, que ellos atienden a todos en aprieto, pero los vecinos insisten en que la existencia que viven los inmigrantes cuando visitan el consultorio es muy distinta.

Benito comenzó a decaer y el miércoles Gilbert se dio cuenta que ya no respiraba.

Vecinos que incluso no lo conocían llegaron hasta su velorio.

Sueños haitianos

Benito caldo a acoger frutas de temporadas a Pimiento. Ahora estaban sacando uvas y naranjas en Lampa y vivía en una casa cercana a donde ahora lo velan.

Cuando le preguntan a Gilbert dónde vivían, no asegura. Sin requisa, el relato de los vecinos es coincidente, como si fuera un gran secreto a voces o incluso estuviera normalizado.

A posteriori de la asesinato de Benito, algunos de sus vecinos alcanzaron a rescatar fotografías de la dormitorio que el tierno haitiano ocupaba antiguamente de vencer: una habitación con un bóveda celeste de maderas precarias, con huecos que hacían difícil hacer la diferencia entre una estancia y la intemperie. Baños insalubres. Cocinillas montadas para manducar, lo que seguramente, asimismo era precario.

“Solo sabía sostener ‘deme un salmón de mil’, cuenta Daniela, dueña de un almacén de la población San Pablo.

Benito no había aprendido a sostener más cosas entre el 23 de abril, día en que llegó a Pimiento, y la momento en que murió.

“Lo peor es que es en las mismas poblaciones donde se aprovechan de ellos”, comenta un vecino que nos tutor hasta la casa donde vivió Benito. Es un gran murallón de cemento con una puerta de metal. Parece un sitio sucio. Nadie abre.

Este era el Gloria de la habitación donde dormía Benito, casi a la intemperie.

“Detrás de ese portón tienen el campamento”, indica una vecina.

– ¿Un campamento?

-Ellos le llaman así. No es que tengan carpas, es como le llaman los mineros incluso donde van a trabajar, pero acá hay camas. En estos campamentos hay un director que los hace trabajar como recolectores de frutas, les paga dos mil pesos por día y les da comida y casa. Se los lleva a todos en una micro en las mañanas, una micro que quizás siquiera tiene papeles. Pero a veces los tiene en condiciones deplorables.

Las fotografías del superficie que habitaba Benito son varias: un baño desaliñado, paredes que no cuelan el frío, camas improvisadas.

El responsable de este campamento no abre la puerta.

“Acá hay más de un campamento y casi siempre es el mismo jefe”, comenta otro vecino, que cuenta que su hermano incluso se trajo a dos haitianos, pero él si los trata proporcionadamente, con cariño, les da comida y les paga lo preciso.

En la parroquia, comienzan a preparar la despedida de Benito. Unos globos blancos flanquean la puerta. Lo único que quedó de lo poco que Benito trajo a Pimiento es su pasaporte. Todo lo demás lo botaron. Los dueños de la casa donde vivía incluso se deshicieron del colchón que ocupaba.

Llegan tres jóvenes haitianas a despedir a Benito. No lo conocían, pero se enteraron de su asesinato y lo quisieron unirse. Tienen frío. En Haití la temperatura no víctima de los 20 grados y esta tarde de miércoles en Pudahuel incluso duelen los huesos.

El pastor canta ‘Hossana’ con energía. Las jóvenes haitianas lo hacen en francés. En su país, cuando cualquiera muere, hay que vestirlo elegante, tal como se ve Benito esta tarde. Chaleco celeste marino, camisa cuadrillé y corbata de raso celeste.

En estas condiciones vivía Benito en la casa que compartía con otros haitianos.

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