La prueba de fuego de un acuerdo nacional que avanza en la cuerda floja

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La desconfianza se huele a millas, desde entreambos lados de la mesa. La logística –con más triunfos que derrotas– de dividir para dirigir que ha diligente el Gobierno de Sebastián Piñera y un estilo presidencial que no escatima en usurpar cualquier éxito como propio, tienen a la examen mirando con suspicacia todos los movimientos desde La Moneda, en el intento por cuajar un Acuerdo Doméstico Crematístico para enemistar los pertenencias generados por la crisis sanitaria. Desde Palacio, en tanto, ven con escama a los representantes del agrupación enemigo y no descartan –afirmaron– que en cualquier momento de las tratativas “tiren el mantel”, presionados por los sectores que fueron excluidos de la negociación.

Todas las conversaciones han sido contrarreloj. Es que esta semana se cumple el plazo autoimpuesto por La Moneda para sellar el pacto crematístico, uno que le permitiría al Gobierno salir de la tormenta que lo ha tenido navegando a través de un mar de críticas por una serie de erráticas decisiones. Por eso, la escazes de poder cuajar una salida institucional, que implique la corresponsabilidad de la examen, se transformó en la primera emergencia palaciega por estos días.

Para aquello, el Presidente Piñera tuvo que tomar una drástica atrevimiento, hizo un ajuste de su equipo político –a contrapelo de las recomendaciones– en medio de una crisis sin precedentes, tirando así “toda la carne a la parrilla”. Movió las piezas de su ajedrez, puso a Claudio Alvarado en la Segpres y a Cristián Monckeberg en Progreso Social, mientras que a Felipe Ward lo movió a Vivienda y a Sebastián Sichel lo trasladó a la presidencia del BancoEstado, enroques que le permitieron al Mandatario matar dos pájaros de un tiro: ordenó los equilibrios políticos entre sus partidos y engrosó el calibre de sus ministros de Palacio.

Sellar el acuerdo doméstico se trasformó en la prueba de fuego de este nuevo diseño, más aún cuando el éxito de las tratativas todos los días pende de un hilo.

En esta negociación todos tienen mucho que perder. El Gobierno está contra las cuerdas, porque necesita herramientas para carear la crisis económica –que en sus peores pronósticos se vaticina similar al desplome del año 29– y sustentar las medidas sanitarias de confinamiento para frenar la pandemia. La examen no puede partir las negociaciones sin agotar todas las alternativas, porque, aunque la proposición ministerial sea insuficiente, la muchedumbre necesita medios y el costo de dejarlos sin los aumentos no es beocio.

Desde la propia concurso ya les hicieron un examen caudillo a los nuevos interlocutores del Gobierno y destacaron un orden y alineamiento que no ha sido frecuente en el pasado de parte de la sucursal piñerista. Aseguraron que “se habla el mismo idioma”, que ya no se enfrentan a los  “titubeos de Ward” o las horizontes de guión del propio Sichel, lo que desde La Moneda han considerado como señales alentadoras.

Pero, más allá de las  alabanzas a los dos nuevos integrantes del comité político, incluso se elevaron las expectativas de este tira y afloja, pues, tal como señalaron desde la interna del PS, una de las pruebas que tendría que sortear –para ellos– es que Alvarado demuestre cuánto positivamente pesa como ministro con un sillón en el interior del equipo político, porque una cosa es su calibre negociador y otra distinta es cuánto podrá hacer regir su voz cuando tenga al frente al Presidente Piñera, si logra o no “cascar” al Primer Mandatario y acortar sus resquemores delante cualquier propuesta opositora.

La tarea es compleja y mucho. La Moneda no solo quedó amarrada a la posición irrestricta de la UDI y Evópoli, que pusieron como condición para apoyar las negociaciones que se firme un solo documento y no iniciativas por separado, como buscan en la concurso. Desde Pimiento Vamos reconocieron que ese requisito inclaudicable le restó beneficio de negociación a las autoridades encargadas de alcanzar el pacto crematístico.

Con el acaecer de los días y las horas, las cosas se han ido tensionando cada vez más. A la exigencia de la examen de elevar el Ingreso Hogareño de Emergencia (IFE) en cerca el doble de los 70 mil pesos por componente del especie abierto ofrecido en la última propuesta estatal, por parte del Gobierno se introdujo en el mismo paquete la creación de un “Fogape plus, que permitiría a las grandes empresas emitir bonos o apropiarse créditos con una fianza estatal hasta del 60%.  Y en medio de todo esto, se sumó la arremetida del Frente Amplio de pedir la renuncia del ministro de Salubridad, Jaime Mañalich, con lo que subió en un par de grados el clima de las negociaciones.

A pesar de estas tensiones, una fuente de Gobierno afirmó que la vistazo es más entusiasta de los que algunos pueden creer e hizo hincapié en las señales que ha transmitido el ministro Monckeberg, quien el domingo afirmó que los montos sobre el IFE se pueden aumentar, lo que claramente fue una señal a la concurso. Desde la despacho piñerista recalcaron que difícilmente el nuevo ministro de Avance Social se tiraría públicamente a la piscina de esa forma sin tener un respaldo. “Hay sustento”, aclararon.

El ministro de Hacienda, Ignacio Briones, cuchitril esencia del equipo negociador, asimismo fue jovial, aunque más cauto, durante el comité político del lunes: señaló que había buenas perspectivas para admitir a buen puerto las negociaciones, pero recordó que los acuerdos “se ven en la cancha”.

Ese buen talante tiene directa relación con que el aterrizaje de Alvarado en la Segpres, ya que afirmaron que le habría cambiado “el aire” a la conducción política de La Moneda, un lado muchas veces cuestionado y que, sumando el regreso del exsubsecretario Rodrigo Ubilla, se le habrían puesto los dos soportes que le faltaban a la estantería palaciega, que complementan el resto de la columna vertebral política de La Moneda, que integran el jerarca de asesores del segundo pavimento, Cristián Larroulet, y el ministro del Interior, Gonzalo Blumel.

Ayer en la mañana hubo una nueva reunión, vía Teleobjetivo, del ministro Briones, economistas, los senadores de la comisión de Hacienda, más los diputados Marcelo Schilling (PS) y Giorgio Jackson (RD). En la conversación la concurso insistió, de forma conforme, en que el pacto crematístico sea por 12 mil millones de dólares frescos, que no se incluyan en el monto reasignaciones presupuestarias y que los puntos del acuerdo se voten por separado, no como un todo, como condicionó el gremialismo y Evópoli.

Logística arriesgada

En la examen la desconfianza no solo esta instalada hacía el Gobierno, sino incluso puertas adentro, porque no pocos tienen frescos en la memoria los múltiples fracasos que han protagonizado durante los últimos dos abriles a la hora intentar negociar como coalición delante La Moneda de Piñera. Si acertadamente la serie es larga, desde las bancadas del sector en el Congreso precisaron que uno de los episodios que más les ha costado olvidar es aquel del descuelgue de la DC en medio de la negociación por la reforma a las Isapres.

La desafío en esta ocasión es clara, que el Gobierno asuma su derrota –porque se lo advirtieron hasta postrer minuto durante la tramitación del esquema– al conceder un aumento considerable del IFE y que el nuevo monto se mantenga estable, sin gradualidad, por lo menos por tres meses.

El lunes los presidentes de los partidos de examen hicieron notorio el pavimento de sus aspiraciones, lo que forzó a Hacienda a poner sobre la mesa la guarismo de los 10 mil millones de dólares. En el conglomerado explicaron que la razón para poseer hecho manifiesto el documento en medio de la negociación, fue que ya habían pasado dos semanas desde el inicio de las conversaciones y el Gobierno aún no bajaba sus cartas, por lo que la única forma de romper aquel cerco fue exponiendo el asfalto contrincante y la convicción para sentarse a negociar. Era la única forma –agregaron– para que el Presidente de Estado dejara de “blufear” con el llamado al acuerdo y se amarrara públicamente con una emblema.

Pero en la interna del conglomerado fue considerada una jugarreta arriesgada y errada, a la que le faltó manejo e inteligencia –puntualizaron–, considerando que esta vez no se trata de una negociación cualquiera, sino que con el Gobierno y en un contexto ultracomplejo de crisis sanitaria y económica. Acusaron ansiedad y desidia de profesionalismo, porque al exponer públicamente el pavimento, se obliga a la contraparte a retroceder, oportuno a que “ya no puede aceptar o acercarse mucho a tu propuesta”, porque aparecerá como haciendo caso, más que negociando, y en política –recalcaron– las cosas no funcionan de esa guisa.

Hoy hay una nueva reunión entre el Gobierno, los expertos y los parlamentarios, un diálogo que giraría en torno a los mismos puntos expuestos ayer desde la examen. Especialmente en el aumento del monto del Ingreso Común de Emergencia en el nivel de la crencha de pobreza, que significa $369.205 pesos mensuales por tres meses para una grupo de tres personas.

En esta negociación todos tienen mucho que perder. El Gobierno está contra las cuerdas, porque necesita herramientas para indisponer la crisis económica –que en sus peores pronósticos se vaticina similar al desplome del año 29– y sustentar las medidas sanitarias de confinamiento para frenar la pandemia. La concurso no puede resquebrajar las negociaciones sin agotar todas las alternativas, porque, aunque la ofrecimiento gubernativo sea insuficiente, la multitud necesita fortuna y el costo de dejarlos sin los aumentos no es último.

Sobre todo cuando, en el discurso manifiesto, la autoridad en más de una ocasión ha apelado a una suerte de chantaje comunicacional para sacar delante sus proyectos, como sucedió con el primer IFE, que en los hechos no ha cubierto las evacuación básicas de un sector de la población.

En este enrevesado contexto, el recién afinado comité político debe hacer vestimenta de todas sus habilidades para sacar delante el acuerdo doméstico, de lo contrario, ningún pergamino previo blindará a los ministros de una derrota política mayúscula.