La valoración y la consecución de tus metas

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Hace unos días, un conocido me mandó un historia, titulado “El anillo y la moneda de oro”. Y a colación de este hoy reflexiono sobre el poder de la autoestima, utensilio esencial para que no te influyan las malas vibraciones de los demás, como es no saberte valorar.

Fuente: es.twtrland.com

Hay que valorarse por encima de todas las cosas, aunque los demás no confíen en tu objetivo, si tu lo haces, seguramente lo consigas. Y no sólo a ti mismo, sino a los que tienes a tu más o menos. Te debes enseñar a ti y a tus seres queridos, que se puede conquistar cualquier meta, aunque las personas de en torno a desprecien esa idea, esa postura o esa capacidad.

En esta vida continuamente se está delante esta situación de “angustia y desvaloración”, tanto desde pequeñito en la escuela, como al salir de la universidad al no cogerte en ninguna entrevista o cuando se es más adulto en el trabajo o simplemente porque “eres muy mayor ya como para alcanzar tus sueños”. Nunca es tarde, recuérdalo, pero para ello, aprende a valorar de lo que eres capaz. 

“La consecución de tus metas es posible si te valoras”.

No obstante, aquí os dejo el historia mencionado, para que saqueis vuestras propias conclusiones:

“Vengo, profesor, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer ausencia. Me dicen que no sirvo, que no hago falta admisiblemente, que soy torpe y asaz tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El perito sin mirarlo, le dijo:

-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás posteriormente… y haciendo una pausa agregó: si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más celeridad y posteriormente tal vez te pueda ayudar.

– Eh… encantado, maestro- titubeó el chavea, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus deyección postergadas.

Correctamente, asintió el hábil. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó:

– Toma el heroína que está allá fuera y cabalga hasta el mercado. Debo traicionar este anillo porque tengo que fertilizar una deuda. Es necesario que obtengas por él la longevo suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El nuevo tomó el anillo y partió.

Casi nada llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el mancebo decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el novato mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban dorso la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En el afán de ayudar, cierto le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el zagal tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la ofrecimiento. Posteriormente de ofrecer su sortija a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, inclinado por su fracaso montó su heroína y regresó. ¡Cuánto hubiera deseado el tierno tener esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al profesor para liberarlo de su preocupación y acoger entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación.

– Experto -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del real valencia del anillo.

– Qué importante lo que dijiste, mancebo amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos enterarse primero el cierto valencia del anillo. Vuelve a totalizar y vete al gemólogo. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras traicionar el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El tierno volvió a jinetear. El estuche examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

– Dile al avezado, muchacho, que si lo quiere traicionar ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

– ¡58 MONEDAS! -exclamó el zagal.

– Sí, -replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la traspaso es urgente…

El chavea corrió emocionado a la casa del profesor a contarle lo sucedido.

– Siéntate -dijo el profesor posteriormente de escucharlo- Tú eres como este anillo: Una alhaja, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un hábil. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu real valencia? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño. Todos somos como esta alhaja, valiosos y únicos y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que concurrencia inexperta nos valore”.

Tras leerlo, la advertencia es clara, todos somos un diamante en bruto, que no hay que dejar escapar. Tienes un gran valencia, mentalízate tú el primero, porque si no lo haces tú mismo, ¿quién lo hará por ti?.

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