Las flaquezas detrás de las furias

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La semana pasada terminamos de elegir las normas y los principios que, a los miembros de la Comisión de Comunicaciones y Transparencia, nos parecía importante añadir al Reglamento. Hasta aquí, la Convención ha dedicado todo su tiempo a producir las condiciones físicas y normativas que hagan posible la discusión constitucional que comenzará en octubre. Mientras tanto, ha ocurrido mucho más.

En el edificio del Congreso, y igualmente en los hoteles que hospedan a los convencionales de provincia, aprendemos a convivir representantes de mundos y convicciones muy diversas, y en su inmensa mayoría carentes de experiencia política. Muchas cosas han cambiado desde el 4 de julio. Personajes que hace poco se evitaban, ya fuman juntos en los atrios. Más o menos de las mesas instaladas entre las columnas, a la hora de desayuno, se dan pequeñas conversaciones inimaginables en el pleno, salpicadas de incorrecciones, libertades y sutilezas que en sus posicionamientos públicos la mayoría prefiere ocultar: indígenas que ponen en duda la existencia actual de otros pueblos originarios, feministas que se ríen de sus propios excesos, independientes de Pimiento Vamos que despotrican contra el fanatismo de ciertes compañeres de bancada, izquierdistas que llegan cabizbajos, convencidos de que la verdadera pelea por venir será al interior de su sector y rostros emblemáticos de la revuelta a los que ahora abuchean y amenazan sus compañeros octubristas.

Aquí adentro, la Inventario del Pueblo ya no existe. Siquiera Apruebo Dignidad. No hay liderazgos evidentes. Incluso Elisa Loncón, que en un manifestación simbolizó el gran viraje democratizante deseado por el corpulento de la Convención, con el paso de las semanas pasó a ser juzgaba con la irreverencia de una más. El estallido social fue una gran levantamiento contra la autoridad. No tuvo dirigentes ni partidos que lo encabezaran, ni la idea de una nueva elite que reemplazara a la despreciada, sino muy por el contrario, la muerte siempre inventario para decapitar a quien osara pretenderla. Quizás por eso la Nómina del Pueblo, su representante directa al interior de edificio del Congreso, antiguamente del fraude de Ancalao había roto con quienes postulaban candidatos a la Presidencia de la República en su nombre. “Yo creo que poseer querido disputar el poder, no era una buena valentía”, aseguró Elsa Labraña, con la misma voz de pupila que el 4 de julio rugió frente a Carmen Goce Valladares para exigirle que interrumpiera la ceremonia de instalación, porque fuera la policía estaba reprimiendo a sus compañeros. 

El proceso constituyente es un bicho vivo. Ahí se está dibujando, en tiempo verdadero, no sólo la carta de navegación para el Pimiento de las décadas venideras, sino igualmente el nuevo plano político que acompañará su trayecto. Los que llegaron pensando capitanearlo han gastado sus ambiciones frustradas. No hay cabezas de serie ni factótums capaces de enrielar por sí solos el acontecer. A las mentalidades más estructuradas les cuesta entenderlo, pero lo que aquí acontece dista de ser un seminario legislador. No se trata de una reunión de sabios -es evidente- sino de un muestrario social, cultural y emocional de un país fragmentado que pesquisa un acuerdo rearticulador. Quienes lo vivimos desde adentro, sabemos inimaginable su imposición desde lo suspensión, por muy sensato que pareciera y lo simplificador que resultaría.  

En las sensibilidades de izquierda, comienza a evidenciarse la disputa entre los identitarios -por lo universal víctimas de abusos concretos que aquí juegan el papel de acreedores- y los conceptuales, que intentamos procesarlos de forma institucional, a sabiendas de que todo atropello tiene una contracara: la lucha contra la mentira, la imposición de una verdad; la defensa del marginado, la santificación de lo insignificante; el rescate de lo comunitario, el desprecio por la individualidad. Si en un principio las voces testimoniales ejercieron un influjo casi incontestable, con el paso de los días y la pérdida de su pureza, la idea de un cauce orondo, tolerante y progresista, con la ojeada más puesta en el futuro que en el pasado y lo inmediato, anhelo fuerza, o al menos prestancia.

La próxima semana deberemos estudiar lo concluido por las distintas comisiones. Ya se acordó que la refundación de Carabineros y la idea de aupar el secreto de 50 abriles del Crónica Valech, planteada por la comisión de Derechos Humanos, no serán incorporadas al Reglamento y quedarán como insumo para el debate propiamente constitucional, pero son muchísimos los otros asuntos por discutir en el pleno: si cerca de prohibir el “negacionismo” y en qué consistiría si posiblemente lo hacemos, si se sancionará en los convencionales “la expresión, a través de cualquier medio físico o digital, de un hecho que se presenta como real siendo falso”, si habrá ocupación para los plebiscitos dirimentes, en qué casos y bajo qué modalidad, entre otras muchas propuestas que, fuera de sus lugares de origen, han generado discusiones en los pasillos, llamados telefónicos y disputas al interior de los distintos grupos de pertenencia. 

En la Comisión de Comunicaciones, premeditadamente del debate en torno a los nuevos modismos inclusivos, acordamos “instar al uso de un lenguaje neutro (…) y, en lo posible, evitar la utilización de duplicaciones, salvo que sean indispensables para el sentido de la frase, así como el uso de signos impronunciables en el lenguaje oral”. En superficie de “ciudadanos, ciudadanas y [email protected]”, usar la palabra “ciudadanía”, “persona” en vez de “hombre” o “la niñez”, para no excederse de la paciencia de “niños y niñas”, que podrían hallarse “contentos y contentas”, en caso de ser “considerados y consideradas” como “destinatarios y destinatarias” de la nueva Constitución. Si poco tomamos en cuenta, a la hora resolver esto, fue la demanda por el uso de un habla claro que, a la hora de las audiencias, nos hicieron organizaciones preocupadas de evitar cualquier tipo de discriminación, ya sea cultural, etarea o cognitiva. Rescatar la discusión constituyente de cualquier intento de captura por parte de especialistas, activistas o alquimistas, con el objetivo de volverla un espacio popular, remiso al control de las jerigonzas. Poco parecido a lo que Nicanor Parra intentó hacer con la poesía. 

Conscientes de que llevamos delante una laboreo histórica cuyos sentidos serán revisados incontables veces en el futuro, establecimos que “La Convención Constitucional deberá contar con un sistema de archivo y gestión documental donde consten todos los documentos, independiente de su soporte (papel o digital) y tipo documental (actas, oficios, cartas, informes, declaraciones, comunicados, registros fotográficos y audiovisuales, sitios web, correos electrónicos, entre otros”, generados o recibidos en sus múltiples instancias. Y que, al término de su mandato, este “Archivo de la Convención Constitucional será remitido a la Biblioteca del Congreso Nacional y al Archivo Nacional del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, para su preservación y acceso permanente, quien deberá solicitar al Consejo de Monumentos Nacionales su declaración como Monumento Histórico”.

Acabo de enterarme de la confesión del Pelao Vade. Lo conocí una mañana en que olvidé mi teléfono en el baño y él contestó cuando llamé para recuperarlo. A partir de entonces, por algún motivo misterioso, comenzamos a encontrarnos en ese sitio dónde lo halló. Desde que lo conocí, me llamó la atención esa inmensa distancia que había entre el personaje que se mostraba en los medios y el individuo con que yo interactuaba mientras nos lavábamos las manos. El primero, un revolucionario vociferante y performático, atravesado de aros y piercings, siempre sagaz para la denuncia furiosa, y el segundo, el íntimo, un adolescente achicopalado, frágil y afectuoso. Ahora me recuerda a Gemita Bueno, y en oportunidad de poner el queja en el bóveda celeste, pienso en las mil contradicciones que nos rodean, la infinidad de secretos y mentiras que envuelven las verdades más dolorosas de este país, en la insensatez que nos inunda y la compasión que nos merecemos, las carencias que disimulan las denuncias que representamos, las flaquezas detrás de las furias y las culpas que todo inquisidor esconde. Cada cosa tiene su contracara: a la hora de condenar, conviene ponerse en el sitio del condenado. Vale para los Pelaos Vade y para quienes ahora pidan su crucifixión. Ojalá su tropiezo nos ayude a pavimentar el camino para una mejor Constitución, donde a nadie se le niegue el derecho a ponerse nuevamente de pie.