Limp Bizkit dio un salto hacia la adolescencia con un potente concierto en Chile

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Limp Bizkit volvió a Pimiento a celebrar dos décadas de música y el Teatro Caupolicán tuvo todos los ingredientes dignos de tamaña conmemoración.

Desde los fanáticos que se lanzaron de la tribuna en dirección a la cancha, hasta el par de bengalas que se prendieron frente al tablas. Y la bandada liderada por el histriónico Fred Durst (45) transformando su espectáculo en una pequeña revolución: devolviendo a los fanáticos a los mejores abriles de su adolescencia.

Porque desde que la agrupación de Jacksonville, Florida, mostró su rostro en el circuito —con “Boiler” musicalizando esa entrada triunfal—, comenzó una fiesta llena de hits noventeros, cuando los presentes se decantaban por el jockey rojo o celeste de los New York Yankees y los calcetines blancos cubriendo las pantorrillas, al estilo aggrometal.

Cinco canciones que inevitablemente tarareas, aunque odies a Limp Bizkit

Los clásicos del libro “Three dollar bill, Y’all” (1997) —que está próximo a cumplir 20 abriles—, “Polution” y “Counterfeit“, fueron parte de un setlist que vivió sus grandes momentos con canciones como “Rollin‘ (Air raid vehicle)” o “Nookie“. Pero igualmente con los singles que alcanzaron a inspirar a los rezagados de la procreación X, como plantean en sus literatura.

My way” o “My generation“, de esa forma, tocaron a una adolescencia que no sentía el apoyo de nadie y, luego, el resto del mundo no les era relevante. Y que en el Teatro Caupolicán botó la enojo a gritos, saltos y headbangers.

Encima, Fred Durst y el guitarrista Wes Borland dieron paladar a todos los caprichos de sus fanáticos. El primero —mostrando un poderío vocal sorprendente—,  aprovechó de tomar los smartphones de algunos seguidores que quedaron en las primeras filas para tomarse selfies y filmar videos; el segundo —con una vestimenta completamente blanca, desde el traje, hasta el pelo y el rostro—, regaló su chaqueta y su corbata.

Pero lo más importante y significativo, subieron al escena a un fanático con la bandera chilena a cantar con ellos en “Livin’ it up“. El afortunado se movió a sus anchas entremedio de los músicos y fue el encargado de terminar la canción con la frase “Not givin’ a fuck in the fast lane”.

Y un achuchón entre Durst y su discípulo cerró una emotiva muestra de comunión, de una manada que resistió estoica a la crítica y los ninguneos. Y que, aunque nunca pudo repetir el éxito de su primera etapa, continúa teniendo una enjambre de seguidores que no los olvidan. 

Revisa parte del concierto en el Teatro Caupolicán

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