¡Orden en la sala!

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Desde que reconoció su mentira el Pelao Vade, que casi no se deje de otra cosa. Quienes han despreciado este proceso desde antaño que comenzara, se burlan a mandíbula cerco. Aquellos que le daban una posibilidad, olfatean la desilusión. Sus defensores más comprometidos, están tristes o preocupados, al igual que muchos constituyentes. Tras la arrebato de la información, prácticamente a todos los que llamé se declararon en shock. 

Muy pocos lo defendieron a apoyo partido, como Alejandra Pérez, que culpó a la prensa por develar su mentira -en vez de a él por llevarla a cabo- y a continuación se le vio llorando en el hemiciclo. La primera confesión de la mesa fue juzgada demasiado tibia. “Lamentamos profundamente lo ocurrido con el convencional Rodrigo Rojas Vade y empatizamos con el dolor que esta situación ocasiona. Ante la seriedad de los hechos, hemos aceptado la renuncia que el Sr. Rojas ha presentado esta tarde a la Vice Presidencia adjunta de la Convención”. Agregaba: “…iniciaremos los procedimientos internos correspondientes”. 

Con el paso de las horas y el aumento del asedio, las contemplaciones dieron paso a la emergencia por sacarnos este problema de encima. El desprestigio de la convención parecía crecer de forma acelerada. Paradójicamente, aunque la inmensa mayoría de sus miembros está de acuerdo en que pierda su puesto, la ley lo impide. Son muy pocos los argumentos que la Constitución acepta para despojar de su escaño a un parlamentario favorito, y la misma norma se aplica a los constituyentes. La voluntad popular no puede ser contradicha, así como así, por la valentía de unos pocos. Han circulado diversas alternativas: el diagnosis de una enfermedad invalidante, que se distante del país hasta caer en una de las causales, la develación de estafas vinculadas a su mentira -el lunes, Elisa Loncón y Jaime Bassa presentaron un oficio a la Fiscalía por eventuales delitos que habría cometido en su confesión de patrimonio e intereses-, esperar que una norma del Reglamento lo haga posible… Cada una de ellas tiene su complicación. La esperanza de que el Pelao Vade ratifique su disposición de descuidar la Convención, manifestada por él mismo en su entrevista a La Tercera, retrocedió al conocerse un comunicado en que aseguraba: “…me defenderé en tribunales, porque no soy delincuente, soy alguien que se equivocó”.

Más acá de lo nefasto que resulta para el prestigio de la Convención, cuesta imaginar cómo el Pelao podría seguir asistiendo, tomar la palabra, discutir una ley, o simplemente sentarse en alguna banca de los jardines, sin sufrir el hostigamiento reprobatorio de todos los luceros y las cámaras a su aproximadamente. Muy pocos han podido charlar con él; cualquiera dijo que estaba internado; otro que un conjunto hermético se encargaba de contenerlo. “No se atreve a salir a la calle”, me confidenciaron. “Imagínate, es lo más reconocible del mundo”. Su cabecera calvicie, los aros y los piercing, el torso desnudo convertido en pancarta –“si hay vida, hay resistencia”- y las agujas intravenosas adheridas a la cúspide del pecho, lo volvieron una imagen icónica. Aparecieron afiches con su figura. Inalcanzable que pasara desapercibido.

El jueves 9 de septiembre, la presidenta Loncón abrió la 18° Sesión del Pleno deseando “que todo esto vaya por buen camino, con un buen razonamiento”. Le dio la palabra a “don John”, nuestro secretario, para que informara de las comunicaciones recibidas y, a continuación, abrió el debate sobre el modo en que votaríamos los reglamentos y aquellas normas en que la mesa proponía aplicar el quórum de los 2/3. Roberto Vega, de RN, alegó que ese mismo quórum debía aplicarse a otras varias reglas; Marcos Barraza, del PC, pidió aclarar si estas decisiones provenían de la secretaría (“don John”) o de la mesa, y reclamó que dicho quórum se le aplicara a normas planteadas por los pueblos originarios. 

El cuestionamiento a la modalidad propuesta por la mesa obligó a la presidenta Loncón a rebuscar que había faltado diálogo y a argumentar esta carencia por las distracciones que les causó la mentira de Rojas Vade. El día antaño, la policía ingresó en el edificio del Congreso para llevársela a ella y al vicepresidente Jaime Bassa a las dependencias de la PDI, donde estuvieron toda la tarde tomándoles declaraciones sobre el caso. “Ustedes no se imaginan lo que han sido estos últimos 5 o 6 días”, argumentó Bassa. “Ha sido difícil organizar este trabajo” -continuó- “la mesa directiva sigue sin reglas para el establecimiento de sus competencias, y mientras no las haya, igual debemos ejercer alguna función para dirigir el debate y para que esto funcione… de modo que les pido un poco de comprensión…paciencia y templanza, antes de salir a escandalizarse por las redes sociales”.

Hablaron Isabel Godoy, Hugo Gutiérrez y Ruggero Cozzi, y durante el período de silencio que los sobrevino, mientras la mesa debatía el modo de continuar, Marcela Cubillos comenzó a mover los brazos como si nadara en el clima para que le dieran la palabra, Barraza y Gutiérrez recorrieron el hemiciclo hablándole al audición a representantes de los pueblos originarios, y la mayoría se concentró en sus smartphones.

Elisa Loncón rompió el paréntesis para darle la palabra a la curandero Francisca Linconao, explicando que la autoridad remoto, ahora enteramente vestida de morado, se sentía mal, y antaño de marcharse el hemiciclo, nos dejaría un mensaje que leyó rápido en mapudungun y que luego tradujo con calma otra mapuche a su flanco. Fue tanta la diferencia de tiempo entre las versiones en una y otra idioma, que no pude evitar preguntarme si dirían lo mismo. “Nosotros somos una convención constitucional soberana y autónoma. No queremos 2/3 y vamos a defender nuestra autonomía, tal como los mapuches hemos defendido nuestra autonomía por más de 500 años”, aseguró la traductora. 

Marcela Cubillos continuaba con sus brazos levantados, ahora reclamando en voz incorporación por qué se le daba la palabra a la curandero y no a ella. “No está contemplado dar la palabra ahora”, le respondió Bassa, “y si a la machi se le dio, es por razones de salud”. Delante la insistencia, sin bloqueo, decidieron permitir que hablaran 5 convencionales más, y ella en primer empleo. Al igual que su adversario, el comunista Gutiérrez, igualmente exigió más tiempo para el debate, porque todos debían poder manifestarse frente a decisiones tan trascendentales. Entreambos extremos coincidían en cuestionar a la mesa. ”Estamos en un espacio constituyente -reclamó Natalia Henríquez, de la ex Serie del Pueblo, tras advertir que procuraría expresarse con la veterano calma posible- y luego los únicos que tienen poder, un poder delegado, es el pleno, pero en ningún caso reside en la mesa… La confianza en ella se pierde cuando se actúa mal”, concluyó.

Varios se acercaron a la frente. El vicepresidente pidió “orden en la sala”. La aymara Isabella Mamani, el quechua Wilfredo Bacián, el chango Fernando Tirado y la colla Isabel Godoy se congregaron en el antesala del hemiciclo y pasando por suspensión los llamados al orden que insistentemente realizaba Jaime Bassa –“¡orden en la sala! ¡orden en la sala!”- increparon a la mesa. “Cuando hay un triunfo -les gritó Isabel Godoy- es la mesa, y cuando está la cagá, es la mesa ampliá”. En eso comenzaron a conseguir constituyentes de las otras salas, reclamando que por no estar en el pleno nadie les daba la palabra. Cundió el desorden. Bassa aseguró que así era como se ponía en peligro la convención. La presidenta hizo sonar su campanilla y declaró suspendida la sesión.

Ya entre las columnas del atrio, se multiplicaban las versiones acerca del fondo de lo ocurrido. Unos decían que John Smock se había arrancado con los tarros, otros que la mesa no estaba funcionando, que el serio detonante había sido ignorar a Elisa Giustinianovich cuando pidió la palabra desde su sala, que los 2/3 para acá y los 2/3 para allá. Miembros de la ex Serie del Pueblo se apuraron a dar una manifiesto pública frente a los medios. Camila Zárate llamó a sus compañeros de la revuelta a manifestarse para impedir que este quórum inmovilista se instaurara. Agustín Squella, desde un costado, alegaba que este tipo de actitudes eran inaceptables. Teresa Marinovich pasó a mi flanco y comentó que ese día había pensado arribar vestida de huasa, pero la disuadió el que una performance por el estilo la emparentara con Pamela Jiles.

Entre el desorden y el murmullo, sin secuestro, el Colectivo Socialista -del que ahora formo parte-, los frente amplistas, los INN y los del Apruebo, se distanciaban de la batahola para coordinar acciones conducentes a la institucionalización del proceso. Militantes del sector más dialogante de la derecha -evidenciando que de espaldas a lo espectacular, la Convención avanza-, se acercaron a constitucionales de estos grupos para compartir sus impresiones y alternativas de decisión por concordar.

Con la aprobación del Reglamento, el fin de la Letanía del Pueblo (como la conocimos), la desmitificación de las personalidades performáticas y su correspondiente pérdida de fuerza extorsionadora, termina el período de instalación del Proceso Constituyente, donde las identidades, las experiencias desatendidas, los dolores acumulados y las deudas de todo tipo ocuparon un necesario sitio protagónico. No era imaginable que esta historia arrancara sin que antiguamente ese Pimiento invisibilizado por los acuerdos cupulares, que evidenciaron su crisis con el estallido social, se mostrara rompiendo la compostura. 

Ahora nos toca suceder de la elocuencia, lo simbólico y lo emocional, a la conceptualización de las normas que regirán nuestra convivencia futura. No se trata de defender el pasado, sino de construir el porvenir. Aventajar el miedo y la cólera, para dar emplazamiento a un nuevo pacto social que garantice a las generaciones venideras una democracia en la que nadie vale más que otro, sin verdades oficiales ni temores a la hora de mostrar las diferencias, donde ninguna carta del carta sobre y la dignidad de cada uno sea reconocida a cabalidad.

Conmemoramos un nuevo 11 de septiembre. Fui con mis dos hijos al frontis del Estadio Doméstico. Esta vez, no lo hice por mí, sino por ellos. Prendimos velas bajo las fotos de hombres y mujeres a las que ahí se les perdió el rastra. Les hablé de ese país en que la intolerancia y la crueldad reinaron con desparpajo. Noté en sus caras inocentes la frivolidad de quienes nunca podrán creer a cabalidad lo espantosa que puede ser una dictadura, sin vivirla. Intenté compartir sus juicios radicales, pero les temí mientras me esforzaba. De revés a casa, procuré explicarles lo que significaba para mí este proceso constituyente. “No se trata -les dije- de construir un mundo perfecto. Con que todos encuentren en él la posibilidad de compartirlo, debiéramos sentirnos orgullosos”