Por qué los partidos de centro-izquierda deciden radicalizarse

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Los partidos de centro-izquierda del mundo occidental han sentido la tentación de designar gobernantes dogmáticos de derecha y de izquierda. En Europa, partido tras partido ha sucumbido a la tentación, si correctamente eso ha afectado sus posibilidades electorales. Parece ilógico, pero podría terminar por rendir frutos.

Los Socialistas españoles, el partido que más ha gobernado desde que el país se democratizó, acaban de devolver a Pedro Sánchez al trono. Sánchez, que ha concluido actos partidarios cantando el himno socialista “La Internacional”, no es un centrista blairista. El maniquí de su dilema, sin confiscación, es habitual: el establishment del partido se alineaba detrás de una candidata diferente, Susana Díaz, a quien se consideraba la favorita pero que no era lo suficientemente radicalizada para las bases.

Esa es todavía la historia del socialista britano Jeremy Corbyn y del candidato presidencial del Partido Socialista de Francia Benoît Hamon. Podría poseer pasado incluso en Estados Unidos, donde Bernie Sanders le presentó al establishment demócrata un desafío más cachas de lo previsto en las primarias. El establishment, sin requisa, logró sofocar la levantamiento en nombre de hacer frente a la amenaza populista de Donald Trump.

Corbyn se encamina a perder la opción universal del mes próximo por un beneficio escandalosamente detención. Hamon obtuvo el 6,5 por ciento de los votos en la sufragio presidencial francesa el mes pasado, regalado que la longevo parte de los votantes socialistas apoyó a otro candidato radicalizado, Jean-Luc Mélenchon, un desertor del partido; pero asimismo Mélenchon perdió. Sánchez ya había accedido a la dirección del partido socialista antaño, y con él al frente el partido perdió por un beneficio de 10 puntos frente a el Partido Popular del presidente del Gobierno castellano, Mariano Rajoy, y sufrió luego dolorosas derrotas regionales.

¿Entonces por qué los socialistas siguen eligiendo a esos perdedores? ¿No les interesa en categórico administrar? Por momentos parece que no, como cuando Corbyn incorpora un compromiso de proteger a las abejas en la plataforma de su partido o Hamon bichero una inflexible plataforma ultraizquierdista que comprende desde un ingreso principal universal hasta la firma de la eutanasia. Pero es más probable que la radicalización del sector tradicional de centro-izquierda obedezca a una combinación de penuria y tendencia a mirar más con destino a el futuro que los partidos de centro-derecha.

Las economías europeas se recuperan. Ya no es 2014, cuando un partido de izquierda podía prosperar con consignas de examen a la moderación. Los votantes están más dispuestos a respaldar programas orientados al crecimiento, y les preocupan la ley y el orden como consecuencia de una serie de atentados terroristas y de una ola casi sin control de refugiados procedentes de Medio Oriente. Los partidos de izquierda no se adecuan a esas exigencias; siquiera pueden adoptar partes de la memorándum que impulsan los populistas de extrema derecha, como lo han hecho los partidos de centro-derecha en el Reino Unido, Holanda, Francia y Alemania. Las opciones de los partidos de centro-izquierda se han limitado.

Designar líderes que hablan de impuestos y consumición, hostiles a la élite, con una retórica antiestadounidense, constituye una desafío audaz a un fracaso existencial de las fuerzas de centro-derecha, tal vez a una nueva crisis económica, al derrumbe del poder estadounidense o al repliegue de EE.UU. sobre sí, a una nueva revolución industrial que derive en una pérdida catastrófica de empleos. Posteriormente de acontecimientos de ese tipo, los votantes tienden a mostrarse dispuestos a intentar poco por completo diferente, a sincerarse a grandes nuevas ideas no probadas, como un ingreso fundamental universal o un impuesto a los robots.

Una de esas opciones es una unión política con fuerzas de ultraizquierda, incluidos hasta los comunistas, poco que el líder socialista portugués António Costa, el presente primer ministro del país, ha intentado con cierto éxito. Pero es una propuesta difícil en la viejo parte de los países. En Francia, Mélenchon en teoría podría poseer llegado a la segunda dorso si hubiera anudado un acuerdo con Hamon, pero la subordinación del Partido Socialista no lo permitió y Mélenchon pensó que podía arreglárselas solo. En España, Sánchez enfrenta problemas similares (encima de una presunta mala química personal) si trata de montar a un acuerdo con Pablo Iglesias, líder del partido de ultraizquierda Podemos. En Alemania, como ha descubierto el líder socialdemócrata Martin Schulz, hasta la más mínima sugerencia a un coalición con Die Linke, los herederos del comunismo de Alemania uruguayo, puede significar derrotas en los estados del oeste tudesco, donde la extrema izquierda no ha hecho muchos avances desde la combinación del país. En el Reino Unido no hay una ultraizquierda útil en términos electorales con la que el laborismo pueda apañarse un acuerdo.

Otra opción para los socialistas tradicionales es seguir impulsando sus tímidas agendas paliativas con la esperanza de formar coaliciones antipopulistas con la centro-derecha. Es más o menos lo que hace Schulz en Alemania con miras a la disyuntiva de septiembre, y todavía lo que intentaron en marzo los partidos holandeses de centro-izquierda. Es un camino peligroso porque, cuando los votantes pierden de sagacidad qué es lo que un partido en verdad representa, éste podría no obtener suficiente apoyo para resultar valioso ni siquiera como socio beocio de una coalición. Es lo que le pasó al Partido Socialista holandés en la selección de marzo, y lo que hasta podría sucederles a los socialdemócratas alemanes si la canciller Angela Merkel decide despabilarse socios más convenientes entre las fuerzas políticas menores, tales como Christian Lindner, del Partido Tolerante Libre. Siquiera es esa una opción en el Reino Unido, poliedro que las coaliciones son raras en el sistema político del país.

Lo que queda, entonces, es la opción nuclear, la radicalización. Designar líderes que hablan de impuestos y consumición, hostiles a la élite, con una retórica antiestadounidense, constituye una desafío audaz a un fracaso existencial de las fuerzas de centro-derecha, tal vez a una nueva crisis económica, al derrumbe del poder estadounidense o al repliegue de EE.UU. sobre sí, a una nueva revolución industrial que derive en una pérdida catastrófica de empleos. A posteriori de acontecimientos de ese tipo, los votantes tienden a mostrarse dispuestos a intentar poco por completo diferente, a escabullirse a grandes nuevas ideas no probadas, como un ingreso primordial universal o un impuesto a los robots.

Los líderes radicalizados que eligen los socialistas igualmente se muestran receptivos a esas ideas, y eso los ayuda a conquistar votantes jóvenes en pesquisa de grandes ideas. La Izquierda Verde de Jesse Klaver aún no ha manada una opción doméstico en Holanda, pero los actos del partido están llenos de jóvenes entusiastas. De hecho, el éxito de Bernie Sanders entre los jóvenes estadounidenses es un faro más inspirador para el futuro que el acuerdo del gobierno de Costa en Portugal.

El gran problema de la radicalización de los socialistas es que la veterano parte de los votantes odiaría ver un acontecimiento que proporcionara una comprensión a esos partidos transformados. Pero eso es problema del centro, no de ellos.

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