Por qué los pingüinos de las islas Malvinas no activan las bombas de los campos minados que pisan

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Camino por un sendero pedregoso que conduce a un promontorio.

Al costado se extiende majestuosa la arena blanca, flanqueada por dunas coronadas de matorrales, formados por una planta que crece poco y da esas dulces bayas rojas que los lugareños llaman diddle-dee.

Pero frente a tal plácido paisaje, un ruido me sobresalta.

Es el cómico voznar de miles de pingüinos magallánicos o patagónicos (Spheniscus magellanicus), un sonido que llega a opacar el del océano.

Uno de ellos, que vigila su piscifactoria al flanco del camino, tuerce el cuello para mirarme, aletea con violencia y me muestra su desagrado a un comba ruidoso.

Parece un roznido. Y así entiendo por qué a estas aves se les conoce localmente como “jackass”, inculto en inglés.

La playa, salpicada todavía por grupos de pingüinos gentú –Pygoscelis papua, asimismo conocidos como pingüinos papúa o de vincha- es tentadora, pero una cerca de alambre de púas con un cartel que advierte del peligro me impide el paso alrededor de ella.

Esto es Bahía Yorke, situada a las periferia de Puerto Argentino/Stanley, la caudal de las islas Malvinas o Falklands.

Y se estima que bajo su arena siguen existiendo cientos de minas antipersonales y otros explosivos que Argentina y Reino Unido usaron durante su enfrentamiento por la soberanía de las islas, conocido como la Lucha del Atlántico Sur, entre el 2 de abril y el 14 de julio de 1982.

Pingüinos ligeros

Gracias a Dios las minas no son problema para los pingüinos, no al menos para los magallánicos y para los gentú de Bahía Yorke.

“Al parecer no son lo suficientemente pesados como para activarlas”, dice Esther Bertram, la directora ejecutiva de la estructura británica no ministerial Falklands Conservation.

Al otro flanco de la cerca, protegidos de la invasión humana, estas aves han llevado una vida tranquila sobre su campo minado.

“Las minas son horribles y muy difíciles de eliminar. Prácticamente te tienes que arrodillar y quitar la arena y la tierra con tus manos, y trastornar así el ecosistema”, dice Paul Brickle, el director del Instituto de Investigación Ambiental del Atlántico Sur (Saeri), una estructura de académicos con sede en Puerto Argentino/Stanley.

Entonces, “¿cuál es el beneficio de retirarlas?”, se pregunta.

De hecho, al menos al inicio, no toda la población de la isla -unas 3.000 personas- apoyaba el desminado.

“La idea no les entusiasmaba, para decirlo sin rodeos”, dice Barry Elsby, miembro de la Asamblea Legislativa de las Malvinas/Falklands.

“Hubiéramos preferido que se dejaran los campos minados tal cual. Están claramente demarcados y cercados. Ningún civil ha resultado nunca herido”, explica.

Le decimos al gobierno inglés que no gaste el mosca en esto, que lo haga en un país que necesite alejar su tierra agrícola de minas”, añade.

“Desafortunadamente, el gobierno de Reino Unido firmó la convención de Ottawa, lo que los obliga a hacerlo”.

El Tratado de Ottawa o la Convención sobre la prohibición de minas antipersonales se firmó en 1997, entre otros por Reino Unido.

Y encima de vedar la adquisición, la producción, el almacenamiento y la utilización de minas antipersonales, obliga a sus firmantes a retirar éstas de los territorios que están bajo su control.

Por lo tanto, piensen lo que piensen los lugareños -y los pingüinos- sobre ello, las minas deben retirarse.

Con suavidad

Desde 2009 gobierno anglosajón ha empleado decenas de millones de libras para desminar las islas.

Guy Marot, de la Oficina del Programa de Desminado de las Malvinas/Falklands, supervisa un equipo formado mayoritariamente por técnicos zimbabuenses, muy apreciados por su gran experiencia en barrer los terrenos de su país de estos explosivos.

El entendido me lleva a una uno de las zonas en las que están trabajando.

En un páramo, luchando contra el rumbo y la abundancia, me avenencia con el experto en desminado Innocent Mudzamiri.

Tumbado sobre el ámbito pantanoso y equipado con ropa protectora y una visera, me explica en qué consiste su faena mientras limpia con cuidado un artilugio que podría hacerle saltar por los aires.

“Simplemente, hay que tener cuidado. Lo tienes que hacer con suavidad, para no alterar la bomba”, me dice.

“Y tienes que tener la mente clara, no pensar en la familia o en cualquier otra cosa, concentrarte”.

Las amenazas

Mudzamiri y sus colegas ya han limpiado de minas más de siete millones de metros cuadrados de campo.

Pero ahora, en la villa período del programa de desminado, están revisando superficies delicadas desde el punto de tino medioambiental, como por ejemplo Bahía Yorke.

Su bordado forma parte del esquema que está desarrollando el gobierno de las islas para evaluar el posible impacto ambiental que tendría la matanza de las minas, para contar sus riesgos y los posibles beneficios para la vida silvestre del oficio.

Y Bahía Yorke es una de las parcelas más complejas en ese sentido.

Es que, en los 35 abriles posteriores al que fueron colocadas en las dunas blanquecinas, los explosivos han ido moviéndose con el rumbo y cambiando de forma.

Incluso con los gráficos de la pelea en mano, es inasequible retener dónde se ubica hoy cada una de ellas. Podrían haberse desplazado a una gran distancio o estar enterradas a metros de profundidad.

Así que los expertos se enfrentan a tener que excavar toda la playa, quizá con la ayuda de maquinaria armada, para tamizar toda la arena.

La idea sería hacerlo durante el invierno, cuando los pingüinos estén mar adentro.

Pero mientras, su hábitat y el ecosistema impasible quedarían destruidos.

Poco a lo que siquiera ayudaría el turismo, esencia para la heredad nave.

Y es que, cada año llegan a las islas unos 50.000 visitantes, la mayoría a sobrevenir el día y retornar de confusión a los cruceros con los que siguen posteriormente surcando las aguas de Sudamérica y la Antártica.

Así, cuando un barco de ese tipo llega a puerto, desembarcan cientos de pasajeros con la intención de disfrutar de la vida silvestre del ocasión.

Y si Bahía Yorke volviera a desahogarse al conocido, se convertiría en un imán para estos, por su cercanía de Puerto Argentino/Stanley. Se encuentra escasamente a 10 minutos en coche de la caudal.

Pero no sólo los extranjeros se volverían una amenaza para el medioambiente tras el desminado en la bahía. Los lugareños incluso podrían aventurar ese papel.

Esto se debe a que Yorke, a diferencia de la mayoría de las playas de las Malvinas/Falklands, es pública.

Por lo tanto, al reabrirla podría retornar a ser lo que era antiguamente de la lucha: la playa de moda de los capitalinos.

De hecho, las autoridades ya están preocupadas por los existencias que podrían estar provocando en el entorno los paseos en quads y el pastoreo que tiene punto en las tierras públicas aledañas a la zona vallada de la bahía Yorke.

E incluso si el circunscripción ya desminado siguiera cercado, es incierto cuán protegido permanecería.

En la emboscada

En 2010 Marot supervisó la retirada de las 1.800 enterradas en Bahía Surf, otra playa contigua a Puerto Argentino/Stanley.

Y hoy ve con preocupación cómo los lugareños caminan sobre las dunas, donde pasean asimismo a sus perros, ya que no está claro el daño que esto podría estar causando a la reserva natural.

“La recuperación es notable”, reconoce.

“Los procesos utilizados en su momento incluyeron la arranque de las minas antitanque in situ, generando agujeros de hasta 10 metros de profundidad. El paisaje se volvió mancha”, recuerda.

“Pero lo volvimos a rellenar con la arena y tratamos de hacerlo de una manera que permitiera a la naturaleza recubrir la zona completamente. Y eso es precisamente lo que se aprecia hoy”.

Así que hoy las Malvinas/Falklands se encuentra en una celada, entre la obligación de desminar su suelo y el imperativo de conservar el medioambiente.

Y mientras, los pingüinos magallánicos siguen multiplicándose al otro costado de la cerca, irónicamente gracias a una de las peores cosas que la humanidad puede hacer: la conflagración.

 


Fuente:T13.cl

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