Sara Sálamo: detrás de su "activismo"

Sara Sálamo es actriz, de larga experiencia en cine y televisión. Sin confiscación, cuando se describe su profesión, yuxtapuesto a intérprete, se suele añadir que es la mujer del futbolista Isco y, igualmente, que es propagandista. Como si tuviera tres trabajos: actriz, esposa y encima agitador. A Isco nones le pondrán que es pareja de Sálamo cuando se relata su trabajo, pero a Sara sí. Aunque ella alcanzara la popularidad mediática antaño que su pareja. El mundo del fútbol sigue estancado ahí, donde las mujeres son tratadas de estético secuaz de novios y maridos. A veces, incluso se las acusa de los fracasos en el campo de sus parejas. Es el machismo intrínseco del que venimos.

Pero Sara, adicionalmente, es etiquetada como ‘agitador’. ¿Ejerce algún cargo en alguna estructura? No, simplemente se le atribuye porque reivindica sus preocupaciones sociales en manifiesto. Intenta cambiar el mundo verbalizando sus ideales como una usuaria más de las redes. Pero no es una más: tiene un trabajo manifiesto.

Su talante sorprende, claro. ¿Por qué? Porque es poco habitual que una actriz novicio como ella se implique tanto en su día a día. La nacionalidad para compartir y denunciar de Sara Sálamo resalta el silencio habitual de una vivientes de intérpretes que triunfan en la era de Instagram, TikTok o Twitter. Gran parte prefieren vigilar silencio. Quizá por temor a que verbalizar las injusticias pueda influir negativamente en sus carreras. Mejor usar las redes sociales como armario para venderse a uno mismo desde el posado que averiguación la hueca sueño de la triunfo. Esa vida aspiracional de viajes, alfombras rojas y sonrisas permanentes. A más likes, más posibilidad de que te contraten en un tiempo en el que la repercusión vírico no siempre va unida al talento que atesoras por tu trabajo.

La omnipresente esparcimiento de una bonanza de cartón piedra ha provocado que se haya interiorizado como «natural» que los actores hagan todo tipo de contorsionismos mirando a cámara en sus redes sociales, mientras que se considera como activistas a los que se permiten compartir sus preocupaciones entre foto y foto. No estamos acostumbrados. Aún existen listas negras según aquello que reivindiques en notorio. Difícil comprometerse en alguna causa, pues se pueden caer proyectos si un directivo siente que el actor pertenece a una malentendida trinchera. Incluso los busca-polémicas pedirán una ejemplariedad tóxica en cada paso que dé la persona que se ha posicionado. Y se lanzarán al lapidación a rebelión de hashtag. La propia Sálamo lo sufre cada mes. Este verano, se destacaron unas fotos suyas en aviones y barcos como incompatibles del discurso ecologista. Se mezcla todo sin matices, sin contextos, sin posibilidad de errores cuando todos somos seres contradictorios. La sigla de las redes sociales nos va haciendo olvidar que todo depende de sus circunstancias. 

Con estas arenas movedizas, es dialéctico que haya actores que constantemente se autocensuren en las redes sociales. Y sálvese quien pueda. Entre tanto, ahí está Sara. Trabajo no le yerro, pero siquiera compromiso. Lo casquivana sería mirar para otro costado. Pero, delante cualquier ideal, más vale intentarlo que conformarse. Siempre. Aunque sea difícil. No está dispuesta a ser enviada a ese machista expulsión del ‘calladita estás más guapa’. No es una influencer que cree precisar caer admisiblemente al mundo firme, es una actriz que recuerda que desde las posiciones de privilegio mediático y vírico se puede reflejar las realidades que todos no ven porque no todos las sufren. Así asimismo se cambia (a mejor) la sociedad: generando debate. Incluso entre aquellos que no están dispuestos a luchar y, paradójicamente, terminan gastando mucho tiempo de su vida en intentar desacreditar.  

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