“Tía, por favor, ¡no borre a mi hijo de la lista!”

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Los jardines infantiles del Hogar de Cristo que dirigen Julia Corvacho y Maritza Soto, están a casi 300 kilómetros de distancia entre uno y otro, en el Boreal Holgado de nuestro país. Julia, a cargo de Roca de Arena, en Arica, y Maritza, de Camino al Sol, en Parada Hospicio, Iquique. Sin incautación, ambas tienen en popular que la mayoría de sus párvulos son hijos de inmigrantes y no es una existencia nuevo, sino de varios abriles antes.

Entre 2017 y 2020, la migración se duplicó en Pimiento llegando a un millón 400 mil personas. Entre enero 2020 y julio 2021, han ingresado por pasos no habilitados más de cuatro mil menores de antigüedad. Solo en Suspensión Hospicio, casi un tercio de sus residentes son migrantes. 

Emplazado en un punto clave de esa comuna –a un costado de la Municipalidad de Detención Hospicio– se encuentra el floresta de niño Camino al Sol del Hogar de Cristo, el que hace dos abriles dirige Maritza Soto, con capacidad para 150 niños, desde los niveles de sala cuna último hasta medio decano, con seis niveles de atención. 

“Me ha tocado enfrentar de todo: la crisis social de octubre de 2019, después la sanitaria y ahora la de los migrantes”, dice la educadora. “En la pandemia fuimos los últimos en cerrar y en el mes de mayo 2021 regresamos en forma presencial al jardín, atendiendo en forma continua. Aunque ha ido aumentando la cantidad de párvulos que asisten, no ha sido tanto como quisiéramos. Diariamente atendemos en promedio a 35 niños presencialmente, porque los padres todavía están muy temerosos del COVID-19 y su variante Delta. Ha costado que las familias vuelvan a enviar a sus hijos, pero nosotros mantenemos el vínculo llamando dos veces por semana para saber cómo está el niño o niña, su hábito emocional, familiar, pedagógico, y mantenemos actualizadas las fichas de acompañamiento”, agrega.

Son, en su mayoría, hijos de migrantes. “Ha sido siempre así por el hecho de estar en una ciudad ubicada muy cerca de la frontera, porque ingresan a través de Colchane. Tenemos haitianos, venezolanos, colombianos, peruanos y bolivianos. Nuestro fuerte siempre han sido los hijos de migrantes, pero eso se ha acrecentado mucho más, en el mes de mayo teníamos 120 y ahora ya llevamos 145, casi cumpliendo con nuestra capacidad y la gran mayoría de las peticiones de matrícula han sido de extranjeros”, explica Maritza. 

Mendicidad con niños migrantes

La directora de Camino al Sol, cuenta que durante la pandemia se reorganizaron mediante un buen trabajo pedagógico y nunca dejaron de dar apoyo sicológico y de contención a las familias. “Nos fue muy bien. Antes, la población migrante era más de peruanos y bolivianos, pero ahora se sumaron los venezolanos y colombianos, que han llegado en gran cantidad. Esta ciudad es muy atractiva para ellos, porque es muy productiva. Nuestro trabajo ha sido siempre con igualdad para todos, tratando de atender las necesidades que cualquier familia nos solicita, nosotros no categorizamos ni discriminamos ni hacemos diferencias. A todos los que nos solicitan matrícula, si hay vacante, bienvenido sea”. 

La equivocación de un RUT no es impedimento para matricular a un último de etapa. “Nosotros pedimos un IP a la Junji y el niño queda automáticamente matriculado con un RUT que es para la educación. Y después se les explicita a los padres que regularicen su situación. Acompañamos a las familias en el proceso de activación de redes para que inscriban al niño en un Cesfam o en un consultorio, tratamos de gestionar toda esa parte. Pero todo lo relacionado con la legalidad del ingreso, eso deben verlo los apoderados en los recintos competentes. Lo que nosotros más resguardamos es que ese niño o niña ojalá esté la mayor parte del tiempo en nuestro establecimiento porque aparte de educación, también recibe alimentación: desayuno, almuerzo y once, que muchas veces no tienen en sus casas. Los apoyamos con sus vacunas al día, campañas dentales, hay un trabajo conjunto con redes de salud, alimentación. No solo pedagógico educativo”.

Cuenta que la mayoría de los padres o madres trabaja de guisa informal, como vendedores ambulantes en la feria Quebradilla que es muy conocida, o en peluquerías, y tienen, por lo tanto, quebranto remuneración. Muy pocos son profesionales. 

¿A qué atribuye lo sucedido hace poco en Iquique, con el rechazo a los migrantes y la combustión de sus escasas pertenencias?

-Primero quiero aclarar que los iquiqueños no están en contra de que lleguen los migrantes, siempre los han recibido y muy acertadamente. Soy santiaguina y llevo 15 abriles viviendo aquí. El problema se ha hexaedro por el incremento de la delincuencia que ha coincidido con el gran flujo de inmigrantes. Encima, ha habido una invasión de los espacios públicos que nunca antaño se había gastado. Yo diría que ese es el gran problema. Antiguamente se podía salir temprano, desde las seis de la mañana, a valer o hacer deportes en Cavancha y nunca pasaba ausencia, ahora ya no se puede porque es peligroso. Siquiera puedes salir en la tarde porque te asaltan. Lamentablemente muchos de los que cometen estos delitos son extranjeros, no todos. La parentela se ve invadida y afectada y lo hace enterarse. Hay mucha suciedad en las calles, parentela deambulando. Yo me traslado diariamente en transporte colectiva desde Iquique hasta el rosaleda pueril en Suspensión Hospicio, y he manido cómo se están utilizando los niños para pedir pasta, es una verdad dolorosa y lamentable. Diría que los colombianos, bolivianos y peruanos no han usado sus hijos para la mendicidad. Pero sí lo hace el venezolano. Toman a los niños como si fuera un objeto, te lo pasan por el transporte para que le des moneda. Es triste, se vulneran los derechos de esos niños y eso produce mucho rechazo. Yo cada vez que lo veo, ofrezco que acudan al huerto, les doy mi plástico y les pido que me los traigan para que nosotras los cuidemos. Pero ganan mucho más peculio en las calles, si los ven con niños. 

Una madre que atraviesa el desierto sola con sus hijos

Julia Corvacho, directora del parterre de niño Roca de Arena, en Arica, con capacidad para 68 niños, dice que ha sido refrendador de hechos tan lamentables y dolorosos que darían para escribir un volumen. Emplazado en un sector de suscripción vulnerabilidad, en la población Nueva Esperanza, el establecimiento está muy cercano al terminal agropecuario, más conocido como el “Agro”, una enorme feria donde hay muchos puestos de trabajo, vendedores ambulantes, cargadores de camiones, trabajadoras de puestos y restaurantes.

Hace poco, el corregidor de la ciudad, Gerardo Espíndola, decretó “emergencia comunal” conveniente al colapso que está generando la oleada de extranjeros. Según la policía de Investigaciones, durante 2021, en Arica las autodenuncias de extranjeros por ingreso ilegal han aumentado un 50% respecto de 2020.

La educadora recuerda que tras la pandemia, las fronteras se cerraron y muchos apoderados de cuna peruana y boliviana no pudieron retornar. “Tía, por favor, ¡no me lo borre de la lista!”, le suplicaban temiendo perder su cupo en el carmen. “Comenzamos entonces a llegar a ellos a través de distintos canales de comunicación, principalmente Whatsapp. Fuimos contactando una a una las familias y aquellas que estaban en el extranjero, nos llamaron. Empezamos a trabajar por tunos y les compartíamos las cápsulas con las actividades que podían implementar con sus hijos. Ellos hacían su mejor esfuerzo, pero estaban muy preocupados porque no les fuéramos a cancelar la matrícula”.

Julia recuerda la historia de una mamá boliviana con su bebé que salió del país por un paso no autorizado, para apañarse a sus otros dos hijos que se encontraban en Bolivia.” A ella la llamaron y le dijeron que los niños estaban siendo vulnerados allá. Desesperada no tuvo más remedio que partir a buscarlos. Salió escondida en un camión con la bebé, y me contaba a posteriori que la criatura nunca hizo ningún ruido. Mi bebé no lloraba, sabía a lo que íbamos, a agenciárselas a sus hermanos, me dijo. Y de regreso a Pimiento. hizo lo mismo. Tuvo que caminar por el desierto escondida con sus tres hijos para que otro camión la trajera de dorso a Arica. Son historias fuertes, de madres que llegan acá solas con sus hijos, buscando un mejor acontecer. Nosotras tratamos de ayudarla lo más que se pueda para que no viva con miedo de ser deportada”, cuenta la directora.

Asegura que la pandemia hizo ver de forma más cercana la efectividad que hay detrás de cada clan y recrudeció la pobreza. “Si bien antes la conocíamos, hoy la vivimos y sufrimos con ella. Cuando había toque de queda, había mamás que te llamaban por su hijo enfermo, no se atrevían a llevarlos al centro de salud, porque no están inscritas o están ilegales. Yo les decía que fueran sin miedo. Muchas veces les teníamos que sacar el permiso online para ir al médico, porque ellas no sabían cómo hacerlo, entrar a la plataforma. Nos pasó con una mamá de un niño que no sabía nada de trámites, incluso la tuvimos que acompañar al banco para pagar la multa porque su visa de trabajo había vencido. Me parecía tan injusto, porque con la cuarentena, no se podía salir y les cobraban las multas igual, de 80 mil pesos. Ella vendía gelatina, porque el lugar donde trabajaban en el Agro le cerró las puertas. No la recibía con niños, ¡pero si no tenía dónde dejarlos! Todos los jardines estaban cerrados y no tienen familias que las apoyen”, relata.

Al igual que Maritza Soto, cada vez que Julia ve a una mamá trabajando en el Campo, con un peque al costado, resguardado en una caja de tomates, le da su plástico y le dice “tráigamelo al jardín para que usted pueda trabajar tranquila”.

Alumnos cerro Chuño

Cerro Chuño, donde se construyeron casas en un sector enormemente contaminado con plomo y cuyas familias chilenas fueron erradicadas y trasladadas a otro sector, está habitado de nuevo pero por migrantes. 

“Se demoraron en demoler esas poblaciones y la gente desesperada se tomó las casas. Hoy nadie entra a cerro Chuño, han matado a chicos delivery, ni siquiera pasan micros por ahí. Yo he ido, he subido, porque tengo alumnos que viven ahí. Pero da miedo. Les llevo las canastas de alimentos que entrega la Junaeb, porque los papás no tienen dinero para la movilización. Siento que una tiene esa responsabilidad. Ahora ya no subo sino que les aviso y los espero abajo en la carretera”, señala.

Para Julia Corvacho lo que están viviendo en Arica es un drama que nadie previó. “A nosotras como educadoras nos preocupan los niños y sus familias. Sabemos lo importante que es para estos párvulos recibir una educación temprana y de calidad. Cada día que pasa sin su jardín infantil es un tiempo valioso que se pierde. Nosotras vamos a abrir pronto nuestras puertas porque estábamos haciendo trabajos para formalizarnos de acuerdo a los lineamientos del Ministerio de Educación. ¡Ojalá pronto los tengamos a todos de vuelta!”, finaliza su relato.