Una nueva obra en el teatro del poder

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Termina una semana de muchísimo trabajo. Este sábado, cada comisión debió entregar lo resuelto para añadirlo al Reglamento, y algunas de ellas tuvieron que sesionar hasta la alborada para lograrlo. Tras una infinidad de horas deliberando, Agustín Squella – “un profesor de provincia”, como insiste en presentarse- comenzó a contar una historia premeditadamente de la interpretación reglamentaria en la que aparecían una temporada, un puma, una polilla, un perro… y para evitar que produjera entre los presentes el intención de los cuentos en los niños al copular, Amaya Alves le suplicó que no siguiera.

Todos cumplimos y terminamos así de dibujar la cancha y establecer las normas para la discusión propiamente constitucional. Desde el lunes, los coordinadores de estas comisiones nos reuniremos con los de Reglamento para aunar un texto coherente y fiel a lo concluido por cada especie. No sería raro que los acuerdos de unos se sobrepongan con los de otros y haya que compartir matices para no perder las conclusiones. Una vez que tengamos ese texto cohesionado, pasará al pleno para ser votado por los 155.

Nos hemos manido poco durante los últimos días. Cada comisión ha constituido un mundo menos, al que muchas veces el resto se adentra por la prensa, los rumores de las redes y las conversaciones de pasillo. Los grupos organizados, por lo militar, no han tenido tiempo de socializar debates de la perplejidad antiguamente al interior de sus comisiones, cuando al demorar por la mañana los periodistas se acercan a pedir pareceres sobre supuestos acuerdos desconocidos. La instantaneidad de la mensaje suele sobrepasar la comunicación interna, generando equívocos que dan zona a escándalos pasajeros. Quién se dé la molestia de catastrar esos titulares ruidosos, comprobará que prácticamente todos concluyeron de un modo harto más sensato que sus pronósticos catastrofistas o ridiculizantes.

Los hitos que acapararon la atención esta semana fueron los siguientes:

– Se ratificó el quórum de los 2/3 para la aprobación de las normas constitucionales, no sólo una de las poquísimas normas previas establecidas por la reforma a la constitución que dio pie a este proceso, sino todavía aval de que nuestra Ley Fundamental será producto de un acuerdo amplio.

– La posibilidad de plebiscitos dirimentes en caso de no conseguirse ese quórum, lo que de buenas a primeras parece mejor idea que una vez reflexionado, sobretodo si se considera que a la hora de los quiubos, en el acotado período de este proceso, puede ser una útil abusiva en manos de poderes capaces de mover a grupos organizados o de echar a valer versiones sesgadas acerca del asunto, con muy poco tiempo para ser contradichas. Sus defensores, que públicamente lo exponen como un modo de atender a la voluntad popular, en privado los presentan como una amenaza para forzar acuerdos. Son pocos quienes se niegan a que la nueva constitución lo considere entre sus herramientas democratizantes, pero muchos -también algunos que por miedo a la reprimenda de las redes lo apoyan-, quienes saben que esforzado a tontas y a locas puede servir incluso para desvirtuar los verdaderos deseos de la mayoría. La Convención, por otra parte, no tiene las atribuciones para decretar su existencia en esta etapa, y de seguir delante su propuesta, la mayoría de los constituyentes entiende que debe ser el Congreso quien dicte una reforma a la flagrante Constitución para hacerlo posible. Y todo augura que hasta ahí llegaría el relación.

– Fuera de la comisión de Ética, donde se debatía acerca de los alcances del “negacionismo”, miembros de las distintas izquierdas, a veces reunidas en conglomerados supuestamente homogéneos, enfatizaban unos el valencia irrestricto de la soltura de expresión y pensamiento, mientras otros, en nombre de las víctimas, la importancia de condenar a rajatablas cualquier posible alegato de la violencia ejercida en su contra. A uno del ala más exaltada le pregunté: ¿y cómo se podría entonces evidenciar una revolución?

El jueves 26, la alcaldesa de Santiago, Irací Hassler, una verde comunista de 31 abriles, invitó a la mesa de la Convención, a los coordinadores y coordinadoras y  a otro puñado de convencionales, a una vestidura Constituyente en el Teatro Municipal.

Era la primera vez desde comienzos de la pandemia que el teatro abría sus puertas. Antaño de comenzar el concierto en que la orquestina sinfónica interpretaría la obra Tierra Sagrada, de Nelson Vinot, la presidenta Loncón le habló a los presentes. Narró una historia mapuche transmitida de una concepción a otra, protagonizada por unos pájaros que llevaron de revés el acto sexual a esas tierras. A posteriori cayó una inmensa wenufoye como telón de fondo y comenzó a sonar un fagot con el ronquido de una trutruca.

En sus mejores momentos, la sinfónica parecía transportar a este tablas palaciego los dolores y sueños de esa civilización postergada. Esta vez, bajo esa gran lamparón de lágrimas, no estaban los miembros de la ingreso sociedad, sino la curandero Francisca Linconao, representantes de movimientos sociales y de partidos de izquierda. Otros personajes parecían representar el aparición de una nueva obra en el teatro del poder.