Gabriel Boric y los umbrales de la protección de la intimidad médica

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No es justo que en medio de una pandemia sanitaria como la del SARS-CoV-2, que paralizó a Pimiento y al mundo por mucho tiempo, y que todavía es aviso en progreso, el contagio con esta enfermedad del candidato presidencial Gabriel Boric no sea considerado como una información de parada interés manifiesto. Siquiera lo es que el debate sobre el tema se circunscriba a desautorizar la publicación de la información acerca de la enfermedad solo por ser –pretendidamente para algunos– ilegal o inexacta, atribuyéndole exclusivamente un valencia político instrumental, sin considerar que la salubridad de las más altas magistraturas electivas del país, en prueba o aspirantes a ellas, constituye –evidentemente– información de interés conocido.

Lo que ocurre con el contagio de Boric no es solo una situación clínica sino todavía una señal de (ir)responsabilidad ciudadana, de no cumplimiento de guisa estricta de los protocolos de control y trazabilidad, obligatorios para todos los ciudadanos por igual. Dados los historial hoy disponibles, se puede concluir que este candidato a Presidente actuó con frivolidad y desliz de precaución delante sus primeros síntomas, con lo que se transformó –por un par de días adicionales, que debieron evitarse– en un vector de contagio, poniendo en peligro su propia vigor y la de sus colaboradores y seguidores.

La burbuja electoral que ha vivido el país durante el año 2021 –especialmente la flagrante, de elecciones presidenciales y parlamentarias– ha puesto una pantalla de invisibilidad ideológica al drama de salubridad que sigue viviendo el país. Los servicios primarios de salubridad prácticamente están paralizados, la atención de enfermos crónicos, principalmente adultos mayores, atrasada en abriles y sin funcionamiento regular, y hoy es muy difícil conseguir una atención médica en cualquier preparado o servicio, sea sabido o privado. Todo ello, sin contar la cantidad de fallecidos de la pandemia del COVID-19, que ya supera los 50 mil, y la posibilidad de que estemos a las puertas de una nueva ola de contagios con una insuficiente infraestructura de salubridad para atenciones críticas.

De más está memorar las medidas y sacrificios que, en medio de la pandemia, ha conveniente realizar la población, que han incluido aislamiento, crisis gremial y estados de emergencia para alertar los contagios, lo que excede considerablemente los puros aspectos clínicos.

En este contexto, han sido las acciones de la prensa las que en gran medida han obligado a las autoridades –por ejemplo, ni más ni menos, el Presidente de la República– a respetar las medidas sanitarias, a ayudar un flujo de información adecuada y dar cuenta pública de los fundamentos de las medidas adoptadas o de acciones omitidas, entre ellas, el subregistro de fallecidos que se dio al aparición de la pandemia. 

La opinión pública igualmente ha hecho un inspección patente a la agricultura del Colegio Médico, el que de guisa franca y verdadero se plantó delante las autoridades manifestando una voz independiente, crítica y constructiva frente a la situación, que contribuyó de forma sustantiva a la articulación de protocolos de vigor viables y creíbles.

De ahí que no se entienda la defensa de la opacidad de la información médica del candidato Gabriel Boric realizada por la presidenta del Colegio Médico, Izkia Siches, en un construcción con destino a la derecho forzada e ideológica sobre la privacidad de los datos clínicos de los pacientes con COVID-19, o que pueden tenerlo. Es de sentido popular que en pandemia sanitaria se reducen los umbrales de protección de la intimidad de información médica vinculada a la pandemia, ciertamente para combatirla lo más eficazmente posible, en beneficio de la comunidad toda. Máxime si la persona que tiene síntomas de poseer contraído la enfermedad es uno de los candidatos que aspiran a la Presidencia de la República, los cuales, adicionalmente, tienen un puertas de protección de su intimidad beocio que el popular de los chilenos, para permitir que verdaderamente sean conocidos por los votantes. 

Más aún en un país como Pimiento, que tiene distancias tan siderales entre la calidad de las atenciones públicas y privadas, así como de privilegios de facto entre ciudadanos de primera y segunda categoría. Lo que construye confianza pública es la transparencia, sobre todo de sus autoridades y líderes políticos, que cumplan de guisa rigurosa sus obligaciones y eviten el miedo de incumplimiento de aquello a que sí se obliga a los ciudadanos comunes y corrientes.

A estos, la autoridad les impone responsabilidad y autocuidado, y les pide no hacer con displicencia frente a sus síntomas, pidiéndoles que concurran de inmediato a un centro de atención frente a la evidencia de cualquier representación. Misma disposición que se esperaba de un candidato presidencial que, frente a sus síntomas, no concurrió a un centro sino solo llamó por teléfono para consultar sobre ellos. El resultado es que, al final, su preocupación –que solamente atendió de forma habilidad muchas horas posteriormente– resultó vivo, de una cambio Delta del COVID-19. Eso es displicencia y descuido de atención, pero, como siempre en Pimiento, la fallo es del mensajero que primero trajo la nueva, en este caso, del medio digital “Interferencia.cl”.