La crisis de 'Estirando el chicle' y tres aprendizajes que deja

La pantalla desde la que opinamos en las redes sociales se ha ido convirtiendo en una especie de trinchera que propicia que la empatía pueda saltar por los aires. No vemos los luceros de la otra persona y la existencia puede voltear en una especie de videojuego en donde la pasión paraliza cualquier forma de entendimiento. O estás conmigo, o contra mí.

La reivindicación es necesaria, pero no sirve de mucho sin el espíritu crítico que permite que nos cuestionemos las controversias que nos remueven y rebusquemos entre sus matices. Digna de estudio es la polémica vírico del podcast Estirando el chicle. En el universo vírico es un clásico que aquello que es muy aplaudido por su espíritu contracorriente, de repente, pasa a ser muy criticado cuando marca tendencia y ya se siente que deje desde el privilegio. Es el boomerang de la exposición del éxito.

En el caso de Estirando el chicle la polémica nace por invitar al programa a una cómica que ha realizado comentarios tránsfobos durante su trayectoria. Se le da altavoz, pero no se palabra de su discurso de odio. Como si se habitara en un mundo de MrWonderful, todo simpatía, alegría y contento. Y la indignación implosionó, claro. Porque este podcast se ha reivindicado como espacio seguro para el colectivo LGTBI+, derribando prejuicios, mostrando la multiplicidad con la nacionalidad que merece (y no siempre es habitual en los medios tradicionales) y abanderando causas. Incluso siendo un refugio contra el humor machista y LGTBIfobo, fruto de otra época. Pero aún sigue planeando, porque venimos de ahí. Véanse los gags humillantes contra minorías vulnerables de la cómica invitada.

Primer educación. Relativizar la contradicción

En las redes sociales da la sensación que hay una parte de los usuarios que han olvidado o desconocen que el periodismo no es escuchar sólo lo que quieres oír, es realizar un retrato despierto de la complejidad social. Pero Estirando el chicle no es un formato periodístico y se ha interiorizado como un show cómico atrevido de odio. Si has jefe un compromiso con los oyentes, hay que ser honesto con el discurso con el que has conseguido una comunidad de cómplices que se identifican contigo.  Más difícil de lo que parece, pues las personas somos contradictorias. Y, a veces, hasta hacemos aquello que denostamos sin darnos cuenta.

Segundo educación. La irrealidad de Twitter

Los insultos siempre invalidan la crítica, pero igualmente llaman más la atención que los argumentos. Carolina Iglesias y Trofeo Martín, creadoras de Estirando el chicle, han sufrido el odio tras dar cobijo en su programa a una cómica tránsfoba. Odio sobre todo de los hater que, paradójicamente, aprovechan la lucha contra el odio para odiar y, de paso, sentirse superiores moralmente. Son los más ruidosos, a pesar de ser minoritarios. Sin secuestro, la decano parte de los comentarios han sido constructivos y abrían un aleccionador debate. Pero nos fijamos más en lo que indigna que en lo que aporta. Como consecuencia, las redes sociales son a menudo un espejo resquebrajado de la existencia. El trending topic de la burbuja en la que estamos metidos en nuestro Twitter pocas veces es un reflexivo de lo que preocupa en la calle.

Mientras que desde las redes parecía que era el final de Estirando el chicle, había un manifiesto encontrándose con el podcast completamente extraño al debate sobre la pérdida de credibilidad del programa.

Tercer educación. La vida son las segundas oportunidades

El crecimiento personal va unido a atreverse, probar y equivocarse. La propia trayectoria de Carolina Iglesias y Triunfo Martín, cada una en su estilo, va muy vinculada a intentarlo. Intentar crear sin demasiado miedo al qué dirán. Aunque quizá eso ahora habrá cambiado. Porque mirar mucho las redes sociales incluso nos altera, favoreciendo nuevas barreras mentales. Si en 2022 nos sonrojamos con aquellos chistes machistas de los que venimos, en el interior de cuarenta abriles nos abochornará cómo hemos dejado de costado la prudencia de procurar entender los contextos y circunstancias de cada historia. El motivo: es más adrenalínico personarse al pensamiento simplista, conspiranoico y delator que intentar comprender. Por todos, ya seas un hater, un fan o una cómica invitada que prefiere desacreditar a colectivos vulnerables que intentar empatizar con su efectividad. Al final, para seguir creciendo y abrazar mejor las nuevas oportunidades se requiere designar entre irritación o inteligencia. Pero quizá la irritación nos entretiene más que el entendimiento. 

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